• Sábado 21 de abril de 2018


Apuntes para un intento de diario de lectura

Apuntes para un intento de diario de lectura

Por Gabriel Rodríguez Liceaga

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20 de Julio.

Abandoné la lectura de “Memorias de un Vagabundo” de Paul Bowles. Llegué justo a la mitad un tanto harto.

El autor me fascina. Su novela “El Cielo Protector” fue uno de los hallazgos del 2011 y una de las novelas que más recomiendo a gente que está apartada de la lectura como un oficio. Al principio uno cree estar leyendo una novela de viajes y la historia de una infidelidad burda, pero conforme las páginas suceden el lector nota que entre las manos tiene un abismo. Todo va a dar a un despeñadero. El párrafo final nos condena a regresar a la novela, no hay escape de este libro.

Sin embargo con la autobiografía de Bowles no conseguí emocionarme del todo. Me harté de leer los ires y venires de un norteamericano resuelto comiendo gratis y viajando intercontinentalmente entre párrafos a sus bobos veintitantos años. Capaz se pone buena. Jamás lo sabré.

bowles

Tiene también Paul Bowles un libro de cuentos intitulado “Un Episodio Distante” al que acudo de vez en cuando para ver si por fin consigo descifrar sus diferentes enigmas.

Me atrevo a declarar que Paul Bowles pasó la mayor parte de su vida en la hipster Tanger tratando de huir de su condición ineludible de norteamericano para volverse un escritor sin nación. Lo consiguió. A reserva de que ustedes opinen lo contrario.

26 de Julio.

Borges dejó a un lado Los Miserables. “No falló Victor Hugo, fallé yo”, dijo al respecto. Se perdió de una novela monumental que está presente en cada una de mis sonrisas.  Pero bueno, tampoco le hizo tanta falta.

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Deberíamos tener todos en casa un librero especial en donde vamos colocando los libros cuya lectura abandonamos. Como un recordatorio constante de nuestro fracaso como lectores. ¿Y si colocamos ese librero justo arriba de nuestra cama? En tablas a manera de estante. De manera que, conforme se vaya atiborrando de ejemplares, se vayan soltando los tornillos que lo mantienen arriba Uno coloca ahí un tomo de considerable paginado y las maderas se van doblando, pandeándose amenazadoramente. Hasta que los libros que pudieron más que nuestra paciencia, los que dejaron claras cuáles son nuestras limitaciones humanas y espirituales -esos libros- acaben por desnucarnos.

O al menos meternos un buen susto ya de viejitos.


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