• Sábado 21 de julio de 2018


Apuntes para un intento de diario de lectura

Apuntes para un intento de diario de lectura

Por Gabriel Rodríguez Liceaga

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UN CRONISTA EN CADA HIJO TE DIO

Desde mi humilde punto de vista a partir de la muerte de José Emilio Pacheco el título del gran conocedor de la Ciudad de México se lo están peleando Vicente Quirarte y Héctor de Mauleón. Poeta y periodista, cada uno por su lado, cantan y cuentan las historias de nuestra vorágine urbana. Vaya, en ambos casos, la palabra “conocedor” se queda corto.

En las páginas de Elogio de la Calle, Vicente Quirarte construye una geografía literaria del D.F. ¡Así como suena! Una historia de la grandísima ciudad a partir de lo que se ha narrado de ella. La Ciudad de México se vuelve personaje. La conclusión final de dicho libro es providencial y pone el dedo en la yaga: le pasa la estafeta a las mujeres. Ahora les toca a ellas descubrir la ciudad heredando el rico taconeo de la Duquesa de Job. Dice el maestro Quirarte que caminar es hacer un mapa interno.

Héctor de Mauleón. tiene tres libros de crónicas debajo de su fotografía en las solapas. Yo leí en su momento las de El tiempo repentino. Emocionantes, claras, cariñosas, ¡vivas! Quiero enfocarme en este balbuceo en un libro suyo que ahora mismo ronda la vecindad cruel de las mesas de novedades: La ciudad que nos inventa: crónicas de seis siglos.

¡Seis siglos son muchos chilangos!

El proyecto, de entrada, es literal y metafóricamente: monumental. Qué bendición. Cual miembro ulterior del Ateneo, Héctor de Mauleón sale a recorrer la ciudad. Quiere abrazar el árbol que quizá sea el del poema de Taboada pero la mirada de un policía se lo impide, extraña el ruido de los trenes, apura su chela para huir de la Bucareli de los plantones, se enoja porque en pleno edificio histórico del centro ahora hay una tienda llamada Astral Freaks. El autor camina y hace un primoroso mapa interno. Odiseo que no reconoce Ítaca, leemos su andar añorando una mejor retención de lo leído.

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El personaje Godín de Vicens en El libro Vacío propone que uno debe de escribir a sus protagonistas como si estuvieran a punto de escupir en el suelo, aunque no lo hagan en todo el relato. Las crónicas de Mauleón están tan documentadas y atesoran tanto la anécdota, la edificación o la eventualidad, que no es necesario leer cómo el “personaje” aguarda a que el semáforo de peatón se ponga en verde. ¡Está vivo el cronista! Se pierde en la muchedumbre, desvía el camino para perseguir por un rato un par de pompis, mira las nubes lejanas para ver si está por llover. Pero ninguna de esas circunstancias son descritas en las crónicas.

Tanto camina Héctor de Mauleón en su libro que incluso me viene siguiendo: rumbo a mi desamparado trabajo en Santa Fe escucho una entrevista de radio que le hacen en vivo. Él, justificando el título de su tomo comenta que la ciudad nos dice a donde enamorarnos, a donde morir, a donde ir a estar triste, a donde comer. Y es cierto. Pienso, caminando entre las cruces de gente que murió en accidentes de auto en zona del D.F. donde todo se vale menos ser peatón, la ciudad es una imposición. Nos inventa. ¿O no será que nos reinventa? No se está quieta la ciudad hoy en día. Por culpa de una desquiciante maldición, las ciudades jamás alcanzan un estado de perfección. Los lugares donde fuimos felices ahora son tiendas oxxos o cosas peores. Quizá haya una forma de sosegar esta inestabilidad citadina: y es adorando su historia.

El resto de mis días le deberé al señor de Mauleón el haberme desmentido de creer que a la calle de Madero le puso así Villa. Gracias a él ahora sé que los leones a la entrada de Chapultepec estaban destinados a adornar la obra negra que llamamos unánimemente Monumento a la Revolución. Desde un piso 15 me meto a Google Maps. Tecleo Torre Mayor. Arrastro al muñequito y lo dejo caer en la reja al lado de la llamada Suavicrema. Ahí están ambos leones, mirando a la gente cuyo rostro ha sido adulterado para evadir cuestiones de uso de imagen. ¡Somos nosotros! Fantasmas a priori de una ciudad que no entendemos. En La región más transparente del aire, Fuentes propone: “Nací y vivo en México D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia, todo se vuelve afrenta”

La ciudad que nos inventa es esa bofetada. Urge que nos caiga el veinte. Conocer a la ciudad que nos rodea no consiste en saber cuáles son “las diez mejores tortas del DF” o en “recorrer la Roma como turista”. A la Ciudad de México hay que hacerla nuestra antes de que nos mastique. Hoy, antes de enclaustrarme en mi domicilio, iré a ver de cerca de esos leones. Novo lo dijo: cada rincón de la metrópoli está aguardando a su cronista.


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