• Lunes 23 de julio de 2018


El fantasma de la casa de campo, Un caso desconocido de Sherlock Holmes

El fantasma de la casa de campo, Un caso desconocido de Sherlock Holmes

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UNA BRUMOSA NOCHE me dirigí al 221B de Baker Street para visitar a mi amigo, el señor Sherlock Holmes. Durante años ambos nos frecuentamos casi a diario, sin embargo, desde mi matrimonio solamente había podido verlo un par de veces.

Antes de subir a la habitación del primer piso donde él vivía, pregunté a su casera, la señora Hudson, si Holmes se encontraba ocupado. Con un movimiento de cabeza ella me hizo notar la estridente música que venía de arriba. Entonces recordé que cuando mi amigo no tenía ningún caso entre manos, solía tocar de manera obsesiva el violín para tranquilizarse.

Entré al estudio sin hacer ruido y me senté a esperar. Pese a encontrarse de espaldas, se percató inmediatamente de mi presencia e interrumpió aquella interpretación de Paganini.

–¡Watson!– exclamó con sincera alegría– Me da gusto tenerlo por aquí. ¿Qué tal la vida de casado?
–No tengo motivo de queja, respondí.
–Hace bien, la señorita Morstan… perdón, la señora Watson… es una mujer maravillosa. Es usted muy afortunado.
–Ciertamente lo soy– repuse complacido.

La capacidad de observación de Holmes le permitió adivinar en las facciones de mi rostro que aquella visita no tenía un carácter social.
–Y bien ¿cuál es el problema, Watson?
–Yo no dije que tuviera un problema.
–Por favor, amigo mío, dejemos a un lado las evasivas; lo conozco demasiado bien. Dígame qué le preocupa.

Así, mientras Holmes fumaba su pipa favorita, expuse la razón de mi presencia. Le conté que un tío de mi esposa Mary le había heredado hacía unos seis meses una casa de campo en Hampstead. Era una quinta un tanto descuidada pero habitable. Su principal defecto era que se encontraba bastante apartada de la civilización, en medio de un gran valle. Otro inconveniente era la ausencia casi completa de servidumbre. Fuera de una cocinera que iba medio día, el único empleado del lugar era Carruthers, un anciano que había estado al servicio del tío de Mary durante más de veinte años y cuyos deberes consistían en arreglar el jardín, hacer pequeñas reparaciones y vigilar la propiedad.

–Pues bien, el jueves pasado Mary y yo decidimos dejar nuestro hogar en Londres e instalarnos en aquella casa de campo. Queríamos pasar unos días tranquilos, lejos del bullicio citadino–

Le expliqué.

–Sin embargo, las cosas no salieron como ustedes esperaban ¿no es así?
–Efectivamente, al poco tiempo comenzaron a ocurrir algunos hechos que nos llevaron a sospechar que alguien más, aparte de Carruthers y de nosotros dos, se encontraba en el lugar.
–¿Un ladrón?
–No precisamente… Me temo que se trata de una presencia sobrenatural.
–¿No me digas que ahora crees en fantasmas? –me interrumpió Holmes con una sonrisa irónica.
–Es que no encuentro otra forma de explicar lo sucedido.

A petición de Holmes, narré los hechos tal como los recordaba. Él me escuchó en silencio y, de vez en cuando, me interrumpía para solicitar alguna precisión.

Le informé que poco después de nuestra llegada estaba yo en el segundo piso mirando a través de la ventana con un potente catalejo. Observaba a Carruthers, quien cazaba conejos para la cena. Después de acechar a uno de estos animales durante largo rato, disparó su escopeta y bajó de inmediato el arma. Había fallado. Sin embargo, alrededor de un segundo después escuché el sonido de un disparo. No podía ser el arma de Carruthers, pues éste, como ya dije, había bajado la escopeta.

–¿A qué distancia se encontraba Carruthers de ti?– preguntó Holmes.
–A unos quinientos metros, más o menos.
–¿Y escuchaste el disparo de su escopeta?
–En realidad no. Solamente vi a través del catalejo cuando apretaba el gatillo. Pero el otro disparo, el que sonó a continuación, ese sí lo escuché.

Después le conté a Holmes la visión que tuvo Mary. Una mañana muy temprano ella hacía la limpieza en una de las habitaciones cuando, de pronto, vio una figura humana de contornos borrosos proyectada en la pared. Lo más impresionante es que aquella figura se encontraba flotando cabeza abajo. Yo paseaba en ese momento por el jardín y, al escuchar el grito de Mary, entré a la casa de inmediato, pero no vi nada. El espectro había desaparecido.

–¿La habitación tenía ventanas?, inquirió Holmes.
–No, ninguna.
–¿Alguna abertura?
–Sí, una grieta en el muro. Pero era pequeñísima; apenas un poco mayor que el diámetro de un lápiz. Ni siquiera un ratón podría haber pasado por allí.

Finalmente narré la desagradable sorpresa que nos llevamos Mary y yo al abrir una de las botellas de vino que su tío había guardado en la cava durante varias décadas. Al parecer alguien se había estado bebiendo aquel finísimo Beaujolais y lo había sustituido por algo que sabía horrible.

–¿La cava donde estaba el vino era adecuada?— quiso saber mi amigo.
–Por supuesto, respondí. Era un sitio seco, oscuro y con la temperatura idónea.
–¿Cómo se encontraban colocadas las botellas?
–Alineadas en anaqueles, como en los bares.
Holmes permaneció en silencio durante unos segundos y luego sonrió. Su rostro reflejaba una expresión divertida.
–Bueno, bueno– dijo en tono irónico. De acuerdo con tu relato nos enfrentamos a un fantasma que, para no aburrirse, dispara armas, flota de cabeza en las habitaciones y además le gusta el vino. ¿No es así?

–Yo sólo te cuento lo que sucedió, repuse ofendido. Y mientras no encuentre una explicación más razonable para estos extraños sucesos, sospecharé que se trata de manifestaciones de ultratumba.

–De acuerdo, dijo Holmes, volviendo a adoptar una actitud seria. Te propongo analizar por separado los tres sucesos de los que me has hablado. Primero tenemos el caso del disparo. Tú viste a través de un catalejo a Carruthers disparar su rifle, pero no escuchaste la detonación sino hasta un instante más tarde. Ello te llevó a suponer que alguien había disparado otra arma inmediatamente después. Pues bien, querido amigo, lo que tenemos aquí es un problema científico, el cual se relaciona con una rama de la física denominada acústica. Recuerda que el sonido viaja a distintas velocidades dependiendo del medio en el cual se propague (líquido, sólido o gaseoso). En el aire su velocidad es de 331 metros por segundo. Tú te encontrabas más o menos a medio kilómetro de allí, lo cual significa que el sonido producido por la escopeta de Carruthers tardó en llegar a tus oídos un poco más de un segundo. Por eso creíste que se trataba de otra arma la que había sido disparada. Es un caso similar al del rayo y el trueno. Ambos fenómenos ocurren al mismo tiempo, sin embargo, dado que la luz viaja más rápidamente que el sonido, primero vemos el rayo y poco después escuchamos el trueno.

–Pero ¿qué me dices del fantasma que flotaba cabeza abajo y que desapareció en una habitación sin ventanas?

Las herramientas de Sherlock Holmes

Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, no ignoraba el valor que tenía la ciencia dentro del trabajo detectivesco, por lo que dotó a su personaje de una insaciable curiosidad científica y de conocimientos en diversas áreas del saber humano. De hecho, en el pequeño estudio de Baker Street, donde Holmes habitaba, había numerosos instrumentos de laboratorio, como matraces, tubos de ensayo, mecheros Bunsen, frascos con sustancias y un microscopio. Estas herramientas le resultaron de gran utilidad en su lucha contra el crimen y, de manera particular, para enfrentar a su archienemigo, el doctor Moriarty.

-Para explicarlo tenemos que pasar a otra rama de la física: la óptica. Se trata del fenómeno denominado cámara oscura. Es muy sencillo: si en el muro de un recinto vacío haces un pequeño agujero, la luz que entre desde el exterior proyectará en el extremo opuesto la imagen de los objetos exteriores, los cuales aparecerán cabeza abajo, igual que tu fantasma. Éste es un efecto conocido desde hace muchos siglos. Lo usaban los pintores para dibujar paisajes y es el principio básico de las actuales cámaras fotográficas. Seguramente la habitación donde Mary vio al fantasma es una especie de cámara oscura natural. Cuando el Sol alumbra por la mañana la luz entra por la pequeña grieta de la que me hablaste y proyecta una imagen sobre la pared opuesta.

–Pero, entonces ¿quién era el fantasma?

–Tú dijiste que paseabas por el jardín. Quizá te encontrabas exactamente junto a la pared donde estaba la grieta y en ese momento alumbró el Sol.

–¿Quieres decir que el fantasma era yo?

–Muy probablemente.

Las explicaciones de Holmes me hicieron sentir avergonzado. Hubiera preferido callar; sin embargo, deseaba llegar hasta el fondo del asunto y me atreví a preguntarle cómo explicaba lo del vino.

-Para entenderlo debemos dejar la física y pasar a la química. No sé si sepas que en la mayoría de las bodegas en las cuales se guarda vino durante mucho tiempo las botellas se colocan acostadas. De esta forma el corcho siempre está en contacto con el líquido y así conserva su flexibilidad y no se encoge. En cambio, cuando se guarda mucho tiempo una botella en posición vertical, el corcho no está en contacto con el vino y, con el tiempo, se reseca y contrae. Al hacerse más pequeño, el corcho ya no ajusta bien en la boca de la botella y permite la entrada del aire al interior. Entonces ocurre un fenómeno conocido como oxidación, el cual consiste en la alteración de los componentes del vino al contacto con el oxígeno. El resultado es una bebida demasiado fermentada, con un sabor pasado y ácido.

–Como el vinagre— interrumpí.

–Exacto— dijo Holmes.

Después de darle las gracias a Sherlock me despedí de él. Me sentía aliviado pero, al mismo tiempo, un poco ridículo. Dos fenómenos físicos y uno químico nos habían llevado a mi esposa y a mí a creer en la existencia de espectros. Cuando se lo conté a Mary ambos nos reímos de nuestra ingenuidad y comenzamos a interesarnos más en esas ciencias ya que, con el perdón de Holmes, en lo que se refiere a la medicina yo soy una autoridad.

Fuente: ¿cómo ves? Revista de Divulgación de la Ciencia de la Universidad Nacional Autónoma de México.  

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