• Martes 21 de noviembre de 2017


Por qué nos gusta tanto ganar

Por qué nos gusta tanto ganar

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Desde niños, la gran mayoría de nosotros lidiamos muy bien con ganar y no tan bien con perder. No solo viene en nuestra información genética, también es algo que se nos enseña desde pequeños –para bien o para mal. Los ganadores son figuras de éxito, motivo de orgullo. De los perdedores, pocos se acuerdan.

Muchas teorías científicas afirman  que el deseo de ganar va de la mano con la teoría evolutiva, pues luchar por sobrevivir ha sido sin duda una característica de las especies que aún siguen vivas. Quien no compite no obtiene lo necesario para vivir. Ello ha provocado que nuestro organismo haya creado mecanismos que hacen del ganar un acto sumamente placentero, mientras que perder se asocie a una experiencia totalmente negativa.

Cuando obtenemos un triunfo, desde deportivo, en un juego de mesa o bien en el aspecto laboral, como un ascenso, la sensación de triunfo hace que nuestro cerebro y nuestro cuerpo emitan reacciones de forma armónica, lo cual genera una sensación de placer. Nuestros reflejos se hacen más rápidos, pensamos de forma más eficiente, sentimos bienestar y fortaleza y al final la euforia. Ésta proviene de la liberación de dopamina, misma que estimula los centros de placer del cerebro. Después se liberan endorfinas, mismas que actúan en todo el organismo, minimizando el agotamiento, bloqueando el dolor y haciéndonos sentir lo más cercano a invencibles.

Por otra parte también se liberan adrenalina y testosterona en el torrente sanguíneo, aportando aún más a la sensación de bienestar. Los bronquios se dilatan, el corazón late intensamente y lleva más oxígeno y nutrientes a músculos y cerebro. Esa es la explicación científica de la victoria.

Ahora, en el otro extremo, perder provoca efectos bastante desagradables en el organismo. Primero que nada, es abrumador. Pensar en el tiempo, esfuerzo e ilusiones invertidas (en el caso por ejemplo de un deportista) para fracasar en la única oportunidad que se tiene, como es el caso de una gimnasta, resulta terrible. Cuando perdemos, todas las sustancias que nos han mantenido activos y luchando, dejan de producirse casi instantáneamente. La dopamina y la endorfina reducen significativamente su presencia en la sangre, lo cual hace que comencemos a sentir el agotamiento y por ende, a sentirnos mal. Con ello sobreviene la liberación de la hormona del estrés, el cortisol. Ésta, sumada a la adrenalina que ya está presente en la sangre, provoca que sintamos ansiedad e incluso miedo. Todo ello, aunado a nuestra reacción psicológica puede orillarnos a sentir incluso terror u una parálisis temporal (no absoluta) de nuestras extremidades.

Cuando perdemos el nervio vago provoca que los latidos del corazón disminuyan y sean de menor calidad, lo cual se traduce en una reducción de la irrigación sanguínea. La ausencia de irrigación llega a todo nuestro cuerpo, incluidos los intestinos, por lo que experimentamos esa sensación de vacío en el estómago. Los músculos resienten la falta de sangre y comienzan a mostrar debilidad.

Y por si fuera poco, el cerebro nos da el tiro de gracia. El hipocampo cerebral registra todas las sensaciones negativas, para que no olvidemos la derrota ni cómo nos hizo sentir. La amígdala por su parte asocia la sensación de derrota a un sentimiento profundo de angustia. Entonces, el recuerdo de haber perdido será terrible, con la finalidad de evitar que cometamos el mismo error. Por supuesto esto no es definitivo, pues nuestro sistema, tan maravilloso como es, con el tiempo genera mecanismos de defensa ante el sentimiento de derrota y borra o suaviza las malas memorias para minimizar el trauma.

Evidentemente a todos estos procesos bioquímicos se agregan también motivaciones externas y sociales, como los deportes, la preparación y por supuesto un buen trabajo de coaching en casos específicos de atletas de alto rendimiento, que a veces deseamos existieran también para nosotros los mortales.

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