• Martes 19 de septiembre de 2017


Apoyo a la excelencia

Apoyo a la excelencia

Un texto de: María Teresa Gómez Mont

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Era la parte final del año 2000, acababa yo de ingresar por segunda vez a la Cámara de Diputados en la LVIII Legislatura por el Partido Acción Nacional y una de las frustraciones que traía en mi bagaje de pendientes era hacer algo por la Universidad Nacional Autónoma de México, pues en la LVI Legislatura lo habíamos intentado, especialmente los egresados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y al final los tiempos nos habían vencido, así que esta vez desde el principio tenía claro que debíamos hacer una convocatoria amplia a todos los egresados de la UNAM y ponernos a trabajar al respecto. En primer lugar llamé al rector Juan Ramón de la Fuente y le hice saber de nuestras intenciones. Él tomó la iniciativa y nos invitó a desayunar a los diputados del PAN al Vivero Alto, éramos 35 diputados que de inmediato nos comprometimos a sacar adelante las iniciativas de ley que pudieran apoyar a nuestra máxima Casa de Estudios y él, con la audacia que le caracteriza, nos dijo que iba invitar a los diputados del PRI, que contaba con 30, y a los del PRD, que sólo tenían dos, y que después él nos haría una propuesta. Fijamos fecha para que fuera a desayunar a la Cámara con todos nosotros, y a las pocas semanas nos visitó. Lo recibimos casi 70 diputados que le hicimos saber que esa era su bancada y que estábamos unidos y dispuestos a trabajar por la UNAM.

Él sabía perfectamente a lo que iba y de manera contundente nos dijo: “Lo que el rector y la UNAM les pide es que nos ayuden con el presupuesto”. Con toda humildad nos explicó el por qué de ello y salimos dispuestos a dar la batalla. Yo que me había formado políticamente en la oposición sentía que sabía cómo hacerlo pero el primer obstáculo salió de mi propio grupo parlamentario, especialmente los financieros, que claramente me decían que no había recursos, situación que complicaba el compromiso. Se lo comenté a Felipe Calderón quien era el coordinador y me dijo: “Ve a tratarlo con el Presidente Fox”, y casi sin darme cuenta ya estaba sentada frente a él planteándole la necesidad; le había llevado un libro editado por la Coordinación de Humanidades de la UNAM, que era mi tesis de maestría sobre la Libertad de Cátedra, que venía a ser uno de los factores decisivos en la fundación del PAN.

El Presidente me dijo algo demoledor: “No hay”. “Los diputados -me dijo- no quieren aprobar la reforma fiscal, así que tendremos que ajustarnos a lo que hay, pero a ti, como me trajiste un regalo, voy a ver qué regalo te doy”. Yo salí convencida de que no habría y cuando regresé a la Cámara, la situación era para los universitarios de lucha frontal por ampliar el presupuesto a la UNAM. Aunque yo era consciente de que era prácticamente imposible que se cumpliera el compromiso, nos dijimos, los diputados panistas, que no íbamos a claudicar. No fue fácil, esta era una demanda que tenía muchos frentes y nosotros estábamos en uno de ellos, aunque supiéramos que lo más probable era que la perdiéramos, pero quizás nuestra posición, ya como partido en el gobierno, contribuyó a que días después el Secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz, nos informara que habían encontrado una bolsa de la que se podían obtener más recursos para la UNAM.

Esta fue una batalla que dimos muchos, por supuesto que los diputados universitarios, las mismas autoridades de la UNAM y por supuesto los funcionarios públicos que se sensibilizaron al respecto. Nosotros, los del PAN, probamos a la vez, que se podía ser parte del gobierno pero que al mismo tiempo no debíamos claudicar en nuestras convicciones.

Ya en el año 2001, me llamó el rector de la Fuente; me invitaba a ser integrante de Fundación UNAM; era un acto de gran generosidad por parte del rector pero con sinceridad sentía que yo no reunía el perfil, así se lo hice saber y él, con paciencia, me dijo que para mí iba a ser una muy buena experiencia el compartir con personalidades muy destacadas que entre sus haberes tenían el haber estudiado en la UNAM.

De eso ya han pasado 13 años, primero el presidente fue Isaac Chertorivski y entonces comenzó mi aprendizaje y fue a partir de ese momento que gracias a la UNAM tuve la oportunidad de convivir con una serie de personalidades que han ido marcando mi vida, a lo mejor ellos ni siquiera se dan cuenta: el aprendizaje al apreciar de ellos, su propia sabiduría y también su plena disposición para ser factor de crecimiento, desarrollo, y oportunidades para los estudiantes que menos recursos económicos tienen, y que a la vez tienen una comprometida disposición para poner todo de su parte y contribuir al cambio cultural que marcará en las vidas de los alumnos en un salto extraordinario entre lo que fueron sus padres y pueden ser ellos.

La función primordial de Fundación UNAM es hacer hasta lo imposible por generar recursos económicos para ser destinados a pagar las becas de estudiantes universitarios cuyas familias tienen un ingreso menor a cuatro salarios mínimos y que tienen excelentes calificaciones. Los muchachos saben que tienen que mantener sus calificaciones lo más cercano a 10, pues si bajan o reprueban se les retira la beca. Lo maravilloso de ellos es que nunca las pierden y eso viene a ser una indiscutible riqueza para la UNAM y para el país. También, y para mi sorpresa, conocí el programa de la Secretaría de Educación Pública llamado PRONABES destinado a fortalecer las becas. Por cada peso que aporta FUNAM la rectoría da otro peso y PRONABES da otro más, así que todo se va cuadriplicando.

Concluyó la gestión del doctor de la Fuente y con él concluyó también la gestión de Isaac Chertorivski. Asumió la rectoría el doctor José Narro Robles, quien nombró presidente de FUNAM a Rafael Moreno Valle y ratificó a algunos miembros del Consejo entre quienes estaba yo. En mi interior seguía sintiendo que estaba usurpando una posición que debía estar ocupando alguna persona con mejores atributos y con la gran generosidad de los dos recibí el nombramiento de secretaría del Consejo, yo muy motivada, seguía aprendiendo gracias a la UNAM. Vale la pena mencionar que cada presidencia impone sus propia personalidad, Rafael decidió que sesionaríamos en los diversos planteles de la UNAM y en cada comida contaríamos con la participación de alguno de los directores de facultades, escuelas o instituto de investigación con quienes conversaríamos sobre la posibilidad de que los ayudáramos. Esta experiencia ha sido más que enriquecedora; ya salimos fuera de México, Alfredo Harp, nos llevó a sesionar a Oaxaca y hace sólo unas semanas lo hicimos en el Centro Astronómico Nacional en San Pedro Martir, Baja California, donde casi pudimos hablarle de tú a las estrellas. Con Rafael se decidió ampliar servicios como los de odontología que salieron a dar servicio social a lugares más remotos y dar, por ejemplo, dientes a personas que habían perdido la capacidad de comer y masticar. Se hicieron obras, se amplió la UNAM, se formaron nuevos centros de lenguas, se fortaleció la movilidad, alumnos que se graduaron con honores tuvieron la oportunidad de continuar sus estudio en el extranjero.

Como todo lo que empieza acaba, Rafael cumplió su ciclo y desde hace unos meses quien preside FUNAM es Dionisio Meade quien ya está imprimiendo su sello consolidando las propuestas de los dos anteriores directores e implementando las propias que son muy prometedoras.

Mientras tanto, yo sigo pensando que la oportunidad que me dieron los rectores y los presidentes es algo que ha marcado mi vida, como la marcaron mis maestros, como lo hicieron mis compañeros.

María Teresa Gómez Mont, doctora en Ciencia Política

Fuente: EL UNIVERSAL


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