• Domingo 15 de septiembre de 2019


Hoy por ti, ayer por mí

Hoy por ti, ayer por mí

Un texto de Oscar Espinosa Villarreal, licenciado

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En muchas ocasiones he comentado que la posición más gratificante que he ostentado a lo largo de mi vida profesional ha sido la de presidente de la Fundación UNAM, cargo que ocupé seis años, simultáneamente con otras responsabilidades públicas y políticas. Haber tenido la posibilidad de regresar a mi Universidad algo de lo mucho que me dio fue una oportunidad maravillosa. Pero quizás más que eso, el haber podido conocerla tan profundamente a lo largo de esos años y a través de tan destacados universitarios haya sido lo más enriquecedor.

Si ya era yo un “puma” de corazón, después de haber visto a detalle todo lo que nuestra alma mater es y lo que hace por nuestro México, me hicieron admirarla, respetarla y amarla aun más.

Recuerdo el entorno en el que nació la Fundación UNAM, a convocatoria de un gran universitario, el doctor José Sarukhán. Recién se había perdido la batalla por el establecimiento de un sistema que permitía el cobro de cuotas a aquellos alumnos con capacidad de pagarlas, proyecto que muchos universitarios, como yo, veíamos con simpatía. Nos sentíamos frustrados. El petate del muerto había vuelto a hacer de las suyas y debido al temor a una reacción social inmanejable se había decidido no ir adelante con el tema. Nunca antes habíamos estado tan cerca de lograr algo tan lógico y justo que consistía en que aquellos que tuviéramos la capacidad de pagar nuestros estudios, lo hiciéramos, no así aquellos que estuvieran imposibilitados para contribuir.

La mayoría de esos universitarios somos fervientes creyentes de que la gratuidad en la educación pública iguala oportunidades y promueve ―como lo ha hecho destacadamente la UNAM― la permeabilidad social. Pero sosteníamos que ello en ninguna forma se opone a la idea de que aquellos que puedan hacerlo contribuyan a sufragar los gastos en que se incurre para educarlos. Especialmente si se toma en cuenta que ocupan espacios y que por ello gran cantidad de personas que lo necesitan verdaderamente no pueden ingresar a la UNAM.

Estando así las cosas y con la convicción de que no cabía el darse así como así por vencido, el rector Sarukhán convocó a una comida en las instalaciones universitarias a alrededor de 100 egresados de la UNAM, que en aquel entonces ocupábamos posiciones relevantes en diversos aspectos de la vida social, cultural, académica, económica, artística y política de México, para proponernos que diéramos forma al proyecto de crear una Fundación de la UNAM que pudiera ser el vehículo a través del cual canalizáramos apoyo económico y moral a nuestra querida Universidad, lo cual, si bien no era un sistema formal de cobro de cuotas, sí podría ser un vehículo para atraer donaciones importantes, complementando así el siempre insuficiente presupuesto de la UNAM. Yo era en aquel entonces director general de Nacional Financiera.

Sobra decir que todos los asistentes respaldamos la propuesta con gran entusiasmo y al grito de un ¡GOYA! universitario sellamos nuestro compromiso con la excelente propuesta, nos sumamos a nuestro rector y nos pusimos incondicionalmente a sus órdenes. Un grupo más pequeño de compañeros trabajó desde ese mismo día con el doctor Sarukhán, quien, a nombre de ellos, me llamó unas horas después y me informó que mi nombre se había manejado para presidir el Consejo Directivo y coordinar los trabajos de inicio de nuestra Fundación. Obviamente agradecí el inmenso e inmerecido honor y una vez que lo consulté con el Presidente de la República, quien me había designado al frente de NAFIN, comuniqué al señor rector que quedaba atento a sus indicaciones para lo que se determinara.

Así fue que empezamos a trabajar de inmediato. Se propuso lo que sería el primer consejo directivo, siendo ese mi primer gran privilegio (de muchos que vendrían después): coordinar los trabajos de hombres y mujeres universitarios, todos ellos, a no dudarlo, con muchos más méritos que yo. Bien vale la pena su mención, para ilustrar lo que digo respecto a su talento y valía, pero más importante aún, para hacerles un merecido reconocimiento, ya que sin ellos nada hubiera sido posible:

Donato Alarcón Segovia, Angel Borja Navarrete, Benito Bucay Faradji, José Carral Escalante, Teodoro Cesarman, Isaac Chertorivski, Rolando Cordera Campos, Germán Dehesa, Clementina Díaz de Ovando, René Drucker Colín, León García Soler, Alfredo Harp Helú, Javier Jiménez Espriú, Ricardo Legorreta, María de los Angeles Moreno, Beatriz Ramírez de la Fuente, Francisco Rojas Gutiérrez, Ernesto Rubio del Cueto, Enrique Rubio Lara, Guillermo Salas Peyró y Carlos Slim Helú.

Un consejo multifacético y multidisciplinario, de lo más participativo, y comprometido, el cual para sus sesiones siempre contaba con la mayoría de sus integrantes. Ya se imaginarán los lectores que con un consejo así cada sesión fue en sí toda una experiencia.

Nuestro primer logro, a no dudarlo, fue contar con Eduardo Dosal de la Vega como director general, otro gran universitario con una carrera exitosa en el campo de la Contaduría Pública y la consultoría. Su prestigio y experiencia fueron fundamentales para el desarrollo de nuestras actividades.

Con una primera aportación de 10 millones de los llamados entonces “nuevos pesos” por parte del Gobierno Federal a modo de capital semilla, la Fundación UNAM quedó constituida el 8 de julio de 1992 y de inmediato empezamos a trabajar.

Se estableció por parte del gobierno federal el compromiso de aportar un peso por cada otro que nosotros recaudáramos y ello representó un aliciente adicional.

Se conformaron diversas comisiones con la participación de nuestros consejeros: planeación, imagen, procedimiento financiero, selección de asociados y becas. A partir de las conclusiones de dichos grupos y sugerencias recogidas entre la comunidad universitaria, siempre con la activa participación del rector y sus colaboradores, se echaron a andar diversos programas, como el de Iniciación temprana en la investigación y la docencia, el de becas-reconocimiento a estudiantes distinguidos para estancias en el extranjero, el de becas y becas crédito para la actualización y superación del personal docente de la UNAM, el de clínicas odontológicas o de laboratorios de cómputo o mi favorito, el de apoyo económico a alumnos de alto desempeño, por mencionar algunos.

Pudimos constatar en los hechos lo que para todos en México significa la UNAM y todo aquello que es capaz de lograr nuestra alma mater, los nobles sentimientos que despierta y la forma en que cuenta incondicionalmente con cada uno de sus egresados. Cada día sumábamos a alguien en lo que hacíamos, no recuerdo ningún caso en el que se nos haya negado apoyo por parte de organizaciones sociales o privadas, de personas, de empresas o de ONG. Poco a poco se nos fueron acercando directivos de las más diversas áreas de CU para proponernos proyectos de verdad interesantes y trascendentes. Al poco tiempo ya estábamos invirtiendo en cosas tan diversas como apoyar a estudiantes aquí y en el extranjero, a maestros universitarios y realizando otras inversiones físicas como restaurar instalaciones odontológicas, establecer un hospital equino en Veterinaria o echar a andar muchos laboratorios de cómputo en diversas facultades, por mencionar algunos ejemplos.

Se cumplen ya 20 años de actividades de nuestra querida Fundación UNAM y con ello queda acreditada la visión que tuvo el entonces rector José Sarukhán Kermes, a quien corresponde un mérito enorme. Pero también a cada mujer y a cada hombre que posteriormente a nosotros han participado en la Fundación.

Sólo el trabajo continuo y la renovación constante pueden mantener cada día en mejor forma a la Fundación UNAM. Lo que se haya hecho es obra de cada universitario que ha comprometido un donativo y a cada directivo, maestro, investigador, trabajador o alumno que han sumado esfuerzos para materializar proyectos.

Lo más importante, desde mi punto de vista, es que queda acreditado todo lo que la UNAM necesita a cada mexicano, egresado o no de ella, y la extraordinaria fuerza y energía que existe en la suma de los miles de mexicanos que nos debemos a la Universidad Nacional.

Los innegables logros hasta el día de hoy son sólo una pequeña muestra de lo que necesita hacerse. Este vigésimo aniversario debe servir para promover una toma de conciencia nacional acerca de lo mucho que la UNAM puede y debe esperar de sus hijos. Soy un convencido de que no hay proyecto más trascendente para la vida de nuestro país, que el que cada día se ve y se siente a través de la existencia de la UNAM, sin duda, el gran proyecto de México. Ayer por mí, hoy por ti.

Oscar Espinosa Villarreal, licenciado

Fuente | El Universal


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