Fundación UNAM

La Fundación UNAM

Estaré agradecido por siempre a la Universidad Nacional Autónoma de México por los dones invaluables que me brindó. Entre las experiencias que cambiaron mi vida está sin duda la de haber pasado por sus aulas: tres años como estudiante de la Preparatoria número uno, entonces con sede en el majestuoso Colegio de San Ildefonso; cinco años en la Facultad de Derecho y dos años más en la División de Estudios Superiores, ambas en Ciudad Universitaria. Asimismo han dejado en mí imborrable huella los años como profesor de la ENEP Acatlán, como investigador en el Instituto de Investigaciones Jurídicas, y como coordinador de la Maestría en Política Criminal y del Programa Universitario de Derechos Humanos.

No resisto la tentación de presumir a los lectores el lugar donde cursé la preparatoria. Fundado en el siglo XVI, el Antiguo Colegio de San Ildefonso, además de funcionar como institución educativa, daba alojamiento a unos 100 estudiantes de la Universidad y de otros colegios jesuitas.

Como al paso de los años resultó insuficiente, fue ampliado entre 1712 y 1740. Expulsados los jesuitas del país, el Colegio vivió malos años hasta 1867, cuando, por instrucciones de Gabino Barreda, se creó allí la Escuela Nacional Preparatoria, que más tarde fue la base de la Universidad Nacional, instituida en 1910 por Justo Sierra. El edificio es una de las más bellas joyas arquitectónicas coloniales de América Latina.

La fachada está dividida verticalmente por pilastras de chiluca y recubierta con tezontle. En sentido horizontal se distinguen dos plantas. El conjunto tiene dos monumentales portadas talladas de cantera, relieves de tecali y estípites de apoyo.

El de la portada del Colegio Grande representa la imposición de la casulla a San Ildefonso. La portada del Colegio Chico luce el patrocinio de San José a los jesuitas y una Virgen del Rosario. El interior está compuesto por tres patios: el del Colegio Chico, el de pasantes y el del Colegio Grande.

El patio mayor es de planta cuadrada, con siete arcos por banda y tres plantas comunicadas por una escalera de varios tramos. Ahí se encuentran el salón general de actos, llamado El Generalito, con una sillería soberbia que perteneció al coro de la antigua iglesia de San Agustín, obra del tallador Salvador de Ocampo, y la capilla que funcionó como biblioteca. En 1906 se construyó el Anfiteatro Simón Bolívar, obra del arquitecto Samuel Chávez.

Mención aparte merecen los murales del Colegio. La Creación, de Diego Rivera ―realizado con ayuda de Jean Charlot― en el Anfiteatro, representa a las musas griegas y a las virtudes con los rostros de Lupe Rivera, Nahui Ollin y Frida Kahlo. En el patio del Colegio Grande se aprecian obras de José Clemente Orozco: La Trinchera, La Huelga, La Destrucción y El Viejo Orden.

El mural que más me impresiona de todo el inmueble, también de Orozco, se encuentra en el cubo de la escalera: Hernán Cortés y la Malinche, sentados juntos, gigantescos, desnudos, serenos, mirando al espectador con la mirada crepuscular de quienes acaban de hacer el amor, la mano blanca y varonil de él apoyada con ternura en el muslo moreno y voluptuoso de ella: el nacimiento del México mestizo, es decir, de nosotros los mexicanos.

Hay también deslumbrantes trabajos de Jean Charlot, David Alfaro Siqueiros, Fermín Revueltas, Fernando Leal y Ramón Alva de la Canal. (Para esta descripción mi memoria se auxilió ampliamente de Antiguo Colegio de San Ildefonso, en el patrimonio recobrado de la extraordinaria cronista Ángeles González Gamio, Departamento del Distrito Federal, México, 1992, páginas 107 a 116).

Después pasé a la Facultad de Derecho, en la deslumbrante Ciudad Universitaria, enorme y majestuosa, con amplios espacios verdes, salas de cine donde se podían ver las películas que no se exhibían en la cartelera comercial, un hermoso jardín botánico, salas de conciertos y conferencias, el magnífico Estadio Olímpico, los campos deportivos, la alberca también olímpica, las islitas, los espléndidos murales de grandes artistas mexicanos, la bellísima Biblioteca Central. Me tocó vivir, en mi primer año como estudiante de Derecho, el Movimiento Estudiantil de 1968.

Los recorridos por las calles de la ciudad eran a la vez emocionantes y divertidos. Nos sentíamos héroes por marchar enarbolando banderas de democracia, libertad y justicia, por luchar contra el autoritarismo del régimen, y por exigir la libertad de los líderes sindicales Demetrio Vallejo y Valentín Campa que llevaban una década en prisión, y de nuestros compañeros y profesores presos por su militancia en el movimiento.

Lo explica Luis González de Alba: “De Vallejo y Campa apenas ayer habíamos oído hablar, pero qué divertida era la fiesta, las calles hechas nuestras, el carnaval, la pereza, el tráfico detenido, el desmadre, la súbita hermandad entre desconocidos, la siempre ajena ciudad ahora apropiada, la seguridad y la protección cálida proporcionada por la solidaridad que nos envolvía”. (Luis González de Alba, Las mentiras de mis maestros. Editorial Cal y Arena, México, página 105).

Lo más importante, claro, fueron varios de mis profesores de la Prepa y de la Facultad. Varios de ellos me inculcaron el amor al saber, estimularon mi curiosidad intelectual, me reafirmaron en los valores éticos que toda mi vida he procurado seguir, y algunos me despertaron la pasión por su asignatura, me descubrieron mundos.

Por todo eso me sería imposible no amar a mi Universidad, y por ese amor no puedo sino sentirme conmovido y agradecido por las generosa labor que realiza desde hace más de 20 años la Fundación UNAM, promoviendo campañas para obtener fondos y apoyar diversos programas, así como más de 200 proyectos específicos en dependencias universitarias.

Entre los programas que reciben recursos de la Fundación UNAM, no pueden dejar de señalarse los de becas para estudiantes de alto desempeño académico y bajos recursos económicos, becas de excelencia académica para la movilidad estudiantil, apoyo alimenticio a la Facultad de Química, adopta un aula, brigadas de salud bucodental, uso de muebles históricos propiedad de la UNAM y exposiciones, diagnóstico y tratamiento temprano de lactantes con problemas neurológicos del Instituto de Neurobiología.

Movidos por su auténtico espíritu universitario y por su buena índole, los integrantes de la Fundación UNAM saben que la Universidad Nacional Autónoma de México es una institución de primera importancia para el progreso del país en todos los órdenes, a la que nunca le sobran recursos y que, como lo enseñó en el siglo XVII el poeta inglés John Dryden: un acto generoso es el mayor placer de un espíritu elevado.

Luis de la Barreda Solórzano, coordinador del Programa Universitario de Derechos Humanos UNAM


Fuente | El Universal


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