• Sábado 21 de julio de 2018


La UNAM, mi mejor opción

La UNAM, mi mejor opción

Un texto de José Octavio Reyes Lagunes, Ingeniero Químico egresado de la UNAM, exitoso empresario.

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La UNAM es la escuela, pero elevada a su máxima expresión. La escuela que te da no sólo la parte técnica en la que se aprende a ser ingeniero o abogado, sino que la Universidad es, además, la escuela en donde aprendemos a conocer a México, todo lo que existe en nuestro país, ya que convivimos con todas sus realidades y, gracias a ello, maduramos y llegamos a aprender lo que después nos hace factible estar en condiciones de ejercer la profesión que en su momento elegimos. No quiero decir que otras universidades no lo hacen, pero sé que la UNAM, la CU, sí te da eso, lo cual es invaluable. Creo que esa es la esencia misma de la escuela, lo que pretende ser y lo que debería ser. Por eso creo que la UNAM es la escuela por excelencia.

En mi casa, la UNAM era la única opción. Nunca me pasó por la mente que hubiera otras alternativas y esa era la única elección viable para mí en ese momento. Forma parte de esas grandes decisiones que uno va haciendo a través de su vida, y que cuando las ves en retrospectiva no tienes muy claro cómo fue que las hiciste y que, en mi caso, salió muy bien. Estoy muy contento de haber estudiado mi licenciatura en la Facultad de Química de la UNAM, que es una de las escuelas más reconocidas en México.

En esa época, la carrera tenía ya un grupo grande de estudiantes y de egresados. Allí conocí a muchos amigos, tengo grandes amigos de la Universidad, amigos con los que he convivido, con los que he crecido y con los que me sigo viendo con frecuencia. Y la mayor parte de ellos felizmente tuvieron una vida profesional muy exitosa, no sólo en el campo de la Ingeniería Química, sino en muchos otros, ya que los ingenieros químicos estamos metidos en todas partes y con mucho éxito profesional.

De mi época de la Facultad recuerdo, entre otras cosas, salones de ciento y tantos alumnos, exámenes en auditorios en donde nos tomaba cinco horas presentar una prueba. Recuerdo también que casi todos fumábamos y no sé cómo le hacíamos porque éramos ciento y tantos alumnos metidos cinco horas en un examen y todos fumando. No sé cómo no lo resentíamos, pero esas vivencias te daban un cierto sentimiento de pertenencia, de camaradería, que te permitía sobrevivir aquellos exámenes kilométricos, con un profesor que tenía fama de ser muy duro o te tocaba otro que tenía fama de no serlo tanto y que se endurecía en el camino.

Recuerdo que teníamos maestros muy buenos, algunos habían estudiado fuera del país y regresaban a darnos clases, a pesar de que eran muy jóvenes. Tuvimos también maestros que tenían una muy larga trayectoria académica y otros que eran decanos de la profesión y que fueron los primeros en haber iniciado ese camino. Y ello nos permitió vivir experiencias muy diversas y entrar en contacto con puntos de vista diferentes, lo que me lleva nuevamente a subrayar que en la Universidad se vive la idea de lo universal. Eran profesores que venían de haber estudiado su doctorado fuera del país y que siendo hombres relativamente jóvenes aún, nos compartían ideas y visiones muy novedosas. Algunos otros tenían 30 años de dar clases y habían visto diversas cosas de nuestra disciplina desde sus comienzos y se sabían todos los trucos. Todo eso enriquecía enormemente la experiencia de quienes siendo aún muy jóvenes —en ese entonces entrabas a la Universidad como a los 18 años más o menos, y terminabas por ahí de los 23 años— recibíamos esa formación educativa que nos resultó una experiencia enormemente enriquecedora para todos.

Yo creo que por ello, apoyar a la Fundación UNAM es un asunto de elemental justicia. Me parece que es sólo retribuir un poco a lo que la Universidad nos dio a muchos y que, además, nos lo dio gratis. Mis papás no eran ricos, pero sin duda podían haber pagado más de lo que en ese entonces te costaba inscribirte en la UNAM, que era prácticamente gratuita. Todo lo que la Universidad te daba era sin pedir casi nada a cambio. Entonces me parece que si tú como egresado de la UNAM tienes la oportunidad de retribuir en algo por lo que recibiste, es muy justo hacerlo, pues evidentemente los recursos con que cuenta la UNAM siempre serán insuficientes.

La Fundación UNAM nos pide muy poco a cambio de lo mucho que siempre nos dio la Universidad. Creo que todos los universitarios piensan igual, ya que todos estamos igualmente agradecidos con la UNAM.

Por: Jose Octavio Reyes Lagunes, Ingeniero Químico

Fuente | El Universal


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