• Lunes 20 de noviembre de 2017


La Universidad me dio todo

La Universidad me dio todo

Un texto de Olga Sánchez Cordero, Mstra. de la Suprema Corte y Consejera de FUNAM

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La Universidad Nacional Autónoma de México me dio todo lo que soy profesionalmente. Nuestra Máxima Casa de Estudios me formó y me dio las herramientas para triunfar en mi vida profesional. Pero no sólo eso, la UNAM y la Facultad de Derecho formaron también a mi esposo, a mi padre y a mi madre, quien dejó la Universidad en el tercer año, porque así se usaba entonces. Las mujeres casadas no podían continuar estudiando en una universidad. Y mi padre le debe también todo a nuestra querida Alma Mater, así como los hermanos de mi padre, que eran 11, entre los cuales hubo dentistas, médicos y economistas. La UNAM también formó a mis tres hijos.

Varias generaciones en mi familia hemos sido formadas en la Universidad, varias generaciones que le debemos todo a esta noble institución. Le debemos todo, en mi caso a la Facultad de Derecho, y en el de mis tíos, a la Facultad de Ciencias, a la Facultad de Medicina, a la Facultad de Economía, y a la Facultad de Odontología, entre otras.

Cuando salí de la Preparatoria del Colegio Francés del Pedregal, en 1966, las condiciones políticas, económicas y sociales en México, y sobre todo la política mexicana, eran totalmente distintas. Era otro país. Yo ingresé a la Universidad al año siguiente, y en ese tiempo la política era diferente, existía una línea jerárquica y directa a partir de la Presidencia de la República hasta el más mínimo servidor público, era totalmente vertical. Recuerdo que eran pocas las expresiones o la posibilidad de expresarte libremente. Eran pocas las revistas, o incluso los periódicos, que podían, inclusive, criticar en algo al gobierno. Todo, todo pasaba por el tamiz de la Secretaría de Gobernación, no había libertad de expresión. Lo que pudiera haber sido considerada como libertad de expresión era sumamente restringida. Incluso las películas que se exhibían en México pasaban también por esa dependencia antes de que pudieran verse en público. En esas circunstancias ingresé a la Universidad en el 67, y para 1968 se conmocionó la juventud universitaria de México. Pero no era un fenómeno exclusivo de nuestro país, era un fenómeno mundial. Un cuestionamiento de las juventudes de aquella época sobre el llamado establishment, una lucha contra la carencia de libertades de todo tipo, en un mundo dividido en dos bloques, y una situación de tensión permanente entre ambos. Por una parte, Europa Occidental y Estados Unidos; y, por la otra, la Unión Soviética, incluidos sus satélites. La Guerra Fría en pleno apogeo. Eran condiciones difíciles y diferentes a las actuales. Cuando entré a la Universidad se detonó el Movimiento del 68; y si bien no fui activista intensa cuando menos simpatizaba con el movimiento, era empática e incluso alguna vez acudí a algunos mercados y a sindicatos a convencer a la población de la bondad del movimiento estudiantil y de nuestra visión del mundo, así como de nuestro cuestionamiento al establishment. Fue un movimiento terriblemente complicado el que surgió en la Universidad Nacional. Sobre todo en octubre del 68, uno de los eventos más dramáticos de la Universidad, el 2 de ese mes, en la Plaza de Tlatelolco. Para mí, que venía del Colegio Francés, ese acontecimiento cambió mi visión del mundo. La Universidad tiene eso: te cambia la visión que tienes de las cosas y del mundo. Te proporciona una cosmovisión distinta. En ese momento la Universidad detonaba un cuestionamiento del poder público, que, como dije, era muy vertical y autocrático, y no nos permitía el ejercicio de muchas libertades. Después de haber luchado por la conquista de estas libertades y de haber cambiado mi visión de la vida, no pude menos que sensibilizarme de las necesidades y aspiraciones de todos los estratos estudiantiles, de la composición pluricultural mexicana que permite la Universidad, a la que ingresan alumnos de muy diversos estatus sociales. La discriminación no se daba en la Universidad, como sí ocurría afuera de sus aulas. Tu compañero podía ser el hijo del Presidente de la República o podía ser el hijo de la persona que daba “bola” a los zapatos en el estacionamiento de la Facultad de Derecho, en la que todos compartíamos las mismas clases. Pero fuera de la Universidad la sociedad mexicana era y es altamente discriminatoria. Muchos pensábamos entonces que en México no existía una discriminación similar a la de los Estados Unidos, sin embargo tenemos otros tipos de discriminación. Aquí la discriminación se produce en razón de la distinta orientación sexual, o por pertenecer a una etnia o a una raza diferente; o por causa de la religión, o por ser extranjero, o por ser adulto mayor, por ser migrante, por ser indígena, por hablar de manera distinta, o por creer de forma diferente. En la Constitución, en su Artículo 1º, se establece categóricamente el derecho fundamental a la no discriminación y a la igualdad. Y eso es lo que te enseña la UNAM.

La Universidad Nacional te enseña a no discriminar; la Universidad te enseña a compartir; a ser empática con todos tus compañeros y a comprender y a ver el mundo diferente.

Y por ello es que, con orgullo, participo como consejera en la Fundación UNAM, porque ello me permite reciprocar un poquito de lo mucho que recibimos de nuestra Máxima Casa de Estudios. Porque estar en la Fundación UNAM me permite apoyar los proyectos que ésta financia en apoyo de la Universidad. Sobre todo a través de su programa de becas para jóvenes que no tienen recursos económicos, aunado a los programas de intercambio académico en otros países, o al apoyo a los centros de idiomas y a los centros de informática, en tiempos como los actuales, en que cada día se globaliza más el conocimiento.

Hoy yo le apuesto a la juventud de mi país, porque tiene más y mejores herramientas que nosotros, porque está mejor preparada que nosotros. ¿Por qué? Porque nosotros no teníamos acceso a la nueva tecnología que hoy los jóvenes tienen a su disposición.

Hoy nadie puede aspirar a ser una enciclopedia ambulante, pero ¿para qué quieres ser una enciclopedia ambulante si tienes todo a tu alcance por medio de Internet, de la “nube” mágica? ¿Quién en Prepa o en mi Facultad hubiera pensado en “la nube de conocimientos”, en “la nube” tecnológica que está en todas partes? Nadie se lo imaginaba. Estamos viendo hoy lo inimaginable. ¿Qué más cosas verán las nuevas generaciones? No lo sabemos, pero por lo pronto hay que apostarle a las generaciones que vienen tras de la nuestra. Nosotros tuvimos nuestra oportunidad, nuestro tiempo y nuestro espacio; ellos tendrán los suyos y tendrán también la obligación de dejarles un nuevo tiempo y un nuevo espacio a los que vienen detrás, y eso es lo que procuro hacer como consejera en la Fundación UNAM.

Olga Sánchez Cordero, Ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación

  Fuente | El Universal


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