• Viernes 22 de noviembre de 2019


Augusto Gómez Villanueva

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La Universidad quedó grabada en mi alma

Para un joven provinciano, entrar al antiguo recinto de la Universidad localizado en las calles de Justo Sierra sería traspasar no solamente una parte de la geografía de México, sino una   especie de túnel del tiempo.

El traslado a la capital sólo era posible a través de los vagones de pasajeros del ferrocarril que partió de la ciudad de Aguascalientes en una travesía cargada de ilusiones, en el que se sumaban el temor y la esperanza para trascender de una adolescencia en la que las primeras experiencias estudiantiles eran un repaso de vivencias en las aulas del Instituto de Ciencias de mi tierra natal, al Internado número 6 de Durango y el Heróico Colegio Militar.

Mi única opción para continuar los estudios de bachillerato era ingresar a la Preparatoria Nocturna de la Universidad Nacional Autónoma de México, fundada por el Lic. Lombardo Toledano, y cuyo director, entonces, era José María de los Reyes.

Los amigos y compañeros que habían culminado su secundaria en los internados para hijos de obreros y campesinos, que habían logrado encontrar su oportunidad para continuar sus   estudios en la Ciudad de México, se dispersaron en varias instituciones de enseñanza superior, y en la Escuela Nacional Preparatoria, otros tantos en el Instituto Tecnológico Nacional, la Normal de Maestros, el Colegio Militar o en la de Ingenieros y de Transmisiones en   instituciones militares.

Para lograr el ingreso a la Universidad había que acudir a las oficinas improvisadas en aquel vetusto edificio colonial, en el que se adaptaron las ventanillas de recepción de solicitudes y registro a los solicitantes de ingreso a cualquiera de las escuelas y facultades de la propia Universidad.

Llegar ante la ventanilla requería incorporarse a largas colas de jóvenes provincianos o del Distrito Federal, que se asomaban a lo desconocido a través de una cadena burocrática cuya meta era ser recibido por Margarita Peña y las hermanas Enriqueta y Yolanda Ojeda, que no se daban abasto por una presión multitudinaria de todos los estudiantes anhelantes de ingresar a   la Universidad.

Fue así como reencontré a viejos compañeros del internado, amigos de Aguascalientes, y a dirigentes estudiantiles que aparecieron interesados en lograr nuestra simpatía y compromiso para formar parte de sus seguidores en las contiendas estudiantiles por las sociedades de alumnos.

Personajes legendarios, como Helio Carlos Mendoza y Hugo Ponce de León, que habían sido líderes estudiantiles en la huelga que trepidó la Universidad por la demanda de la salida del rector Zubirán y el advenimiento de Luis Garrido.

Impregnados de las luchas que les antecedieron por la agitación que originó la caída de Brito Foucher. Era la Universidad a la que acudían cerca de 30 mil estudiantes para cursar la Preparatoria Diurna y Nocturna; las facultades de Derecho, Medicina, Comercio, Economía, Ciencias, Veterinaria, Filosofía y Artes Plásticas, en las que predominaba una inclinación humanista porque apenas se abrían paso las escuelas en las diversas ciencias que apuntaban ya hacia la enseñanza de las grandes transformaciones del siglo XX. Una nueva generación en la cual se formaría el grupo de mexicanos que trascenderían en la vida política, científica, filosófica y cultural en el México moderno.

Era la Generación del Medio Siglo, a la que le correspondió nutrirse en las aulas del conocimiento académico, pero también vivir inmersos en los acontecimientos del gran cambio originado por la sustitución de presidencialismo militar por el civilismo universitario de Miguel Alemán Valdés. La elección de don Adolfo Ruíz Cortines repercutió hasta las aulas  universitarias en los debates convocados por Vicente Lombardo Toledano, como representante de la izquierda mexicana y los aguerridos “enriquistas” que hicieron retumbar los salones universitarios con la autoría de protestas que identificaba a los grupos que asomaban el rostro de las primeras generaciones que formarían parte de sus dirigencias.

La post guerra y el inicio de la Guerra Fría eran sinónimo de la bomba nuclear y la conquista espacial.

En el salón del “Generalito” de la Escuela Nacional Preparatoria escenificaban los concursos de oratoria en los cuales se perfilaban, desde entonces, las corrientes ideológicas del México que había logrado transformar la violencia revolucionaria en la lucha por el poder civil, substituida   por las ideas para esclarecer los mejores caminos que permitieron el desarrollo de la   democracia frente a la alternativa del fascismo y el régimen socialista. La revolución cubana de los años 50 despertó afanes guerrilleros, sobre todo de los maestros rurales, alumnos de las prepas, facultades y escuelas de ciencias sociales.

Fuimos la generación que nos tocó, a lado de Nabor Carrillo, los graves momentos que  pusieron en riesgo la estabilidad de nuestra institución; el paso a la Ciudad Universitaria, el conflicto de los camiones en 1956, y las huelgas que sacudieron el país, en el que la suma de las alianzas sindicales, de los maestros, telegrafistas y telefonistas, ferrocarrileros, petroleros y electricistas sacudió al Estado Social Revolucionario para abrirle paso al democrático con el advenimiento del presidente Adolfo López Mateos.

 La Universidad quedó grabada en mi alma, el recuerdo de la algarabía juvenil; el barrio universitario como un enjambre humano pleno de vitalidad y entusiasmo; la imagen de Palillo uniformando la camiseta azul y oro de los Pumas; las porristas con su capitana Fany Cano y el grito sonoro y prolongado del: “¡Cachún, cachún, ra ra ra! ¡Universidad!”

Si me preguntaran cuál es la herencia que recibí de la Universidad, no podría reconocerlo en  una adjetivación. Para mí, la Universidad fue algo más grande que no tiene definición; ni en la voz sabia de los maestros ni en el compañerismo de mis condiscípulos que le dio sentido a mi vida; pero, sobre todo, a mi deber de servir a México y trascender, más allá del tiempo, en una definición de los valores morales que me permitieron tener una idea de la nación y del Estado; una dimensión de la cultura y una comprensión de la solidaridad universal en la justa dimensión del hombre.

Con estas letras de imborrables recuerdos dejo constancia de mi gratitud hacia Dionisio Meade García de León, quien en su carácter de presidente del Consejo de la Fundación UNAM se ha propuesto abrir las páginas de la memoria histórica de nuestra centenaria casa de estudios a través de esta ejemplar institución altruista, que ha enaltecido sus nobles propósitos al abrirle nuevos caminos de la academia universitaria a la juventud de México.

Presidente de la Comisión Nacional de Procesos Internos de la CNC

La Fundación es una organización establecida en favor de las causas y objetivos de la Universidad Nacional Autónoma de México y para fortalecer su imagen como nuestra Máxima Casa de Estudios, tanto en México como en el extranjero.

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