• Jueves 22 de agosto de 2019


José Gamas Torruco

José Gamas Torruco

Comparte esta nota

jose_gamas_torruco

Ayer y hoy: la presencia del pasado universitario

Entré a la UNAM, a la Facultad de Derecho, en 1955. Por vez primera sentí, superando un vacío anímico, un desconcierto original, la conciencia de la libertad y su significado. Ser lo que yo quisiera y lograra.

Sentí cuestionada la escolástica preparatoriana, culminación de una educación católica marista (cuya instrucción y guía moral aprecio enormemente) y aparecieron nuevas ideas que, hasta entonces, no significaban más que nombres, siempre referidos sólo como apologistas o enemigos del dogma. Comenzaron en clases y textos las referencias a Descartes, Kant,  Hegel… hasta entonces, lejanos nombres. Aparecieron otros, hasta entonces, desconocidos, y algunos de los que con frecuencia se hablaba: Jaspers, Heidegger, Camus y,  sobre todo,  Sartre; por supuesto Marx, que agrupaba a un sector de inconformes con todo lo que consideraban como filosofía burguesa. Un nuevo mundo de ideas se abría y me hacía sentir   una alegría inusitada…

La pantalla se inundaba de neorrealismo italiano, impregnado de Rossellini y de Sicca. Alejado del Hollywood optimista, ligero y entusiasta de la posguerra. El cine clásico mexicano  comenzaba su agonía, que hasta hoy parece terminar y la censura política y moral se fortalecía.

Nuestra poesía rimada chocaba con nuevas expresiones. Se escuchaba más a Stravinsky que   a Mozart. Hermann Hesse era casi de lectura obligatoria entre las élites estudiantiles; Thomas Mann se conoció después y no fue tan popular. Me costó mucho trabajo al final de mis estudios leer la Montaña Mágica, escrita antes de la Primera Guerra Mundial, pero gracias a ello  comencé a entender la estructura y contradicciones del mundo occidental, que para mí se   abría.

Se conservaron los vínculos con compañeros de preparatoria, siempre cercanos, y se abrían nuevas amistades fincadas en inquietudes comunes. Nos hablábamos unos a los otros como “compañero”, calificativo que también utilizaban los profesores al dirigirse a nosotros. No he encontrado ahora designación más apropiada que implica igualdad, solidaridad e identidad de propósitos entre universitarios, maestros y alumnos. Todos proveníamos de diversas escuelas y medios sociales. Era otro México.

Como estudiantes nos tocó vivir los años optimistas del “desarrollo estabilizador”, con una economía en pleno crecimiento; nos enterábamos con orgullo del universalmente   reconocimiento de la política económica mexicana y de sus resultados como “el milagro mexicano”. Nos formamos dentro de un sistema político autoritario, pero eficaz y moderado, un orden jurídico predominantemente nacional y una economía cerrada al exterior; se presentaban las primeras inconformidades y los cuestionamientos a las desigualdades sociales permanentes aún no superadas. La revolución cubana nos entusiasmó en sus comienzos como también la actitud firme del gobierno mexicano en defensa de los principios de libre determinación de los pueblos y no intervención.

Nos tocó el orgullo de iniciar nuestra carrera en la flamante Ciudad Universitaria. Terminábamos las clases al mediodía, regresábamos a comer a casa en camión de línea y, de nuevo, en la misma forma, a clase vespertina.

Comencé a reconocer verdaderos talentos en una generación brillante de profesores desde 1955 hasta 1960. Había escogido la carrera de Derecho más bien como una vocación indefinida hacia lo humanístico y social, aun cuando mi padre fue un funcionario judicial que murió hace muchos años, en retiro, siendo su último cargo desempeñado el de magistrado de un Tribunal Unitario de Circuito del Poder Judicial de la Federación, donde se había iniciado como actuario. Me señaló el camino de una vida dedicada al trabajo, solidez de principios y rectitud de conducta.

De lo de una idea vaga de la ley y del Derecho pasé a entender lo que era en realidad el mundo jurídico. Tuve la fortuna de recibir la solidez de la Teoría Jurídica con las clases vespertinas de don Eduardo García Maynez, donde la rigidez teórica se dibujaba con la elegancia natural de su explicación cotidiana; la ubicación del Derecho en la sociedad como un fenómeno vivo me fue enseñada en las clases de Sociología de don Juan Pérez Abreu; la liga con la Historia, con el maestro Armas Farías, devoto del derecho romano y conocedor profundo del latín y de la gesta de ese pueblo, desde la leyenda de los gemelos y la loba hasta la estrepitosa caída del Imperio de Oriente, años antes del descubrimiento de América, pero que dejó la enorme huella del Corpus Juris de Justiniano, fuente imperecedera del Derecho latino.

Un poco más adelante llegamos a los terrenos de la política como ciencia, pero también como conducta, que fue siempre impecable de mi maestro Emilio Rabasa. Y, desde luego, el apego al régimen de Derecho sólo logrado a través de la Constitución y de su estricto cumplimiento, con las profundas clases de don Mario de la Cueva y de don Ignacio Burgoa; fui ayudante de ambos en el seminario de la materia en la Facultad.

En 1965 gané la oposición como titular de la cátedra de Derecho Constitucional; fui secretario del jurado Miguel de la Madrid Hurtado, desde entonces amigo y, poco más adelante, jefe. Un político impoluto, un ejemplar mexicano…

 A todos ellos debo mi formación y mi trayecto en la vida como maestro, funcionario judicial, más adelante diplomático y, finalmente, administrador público. Siempre con devoción y permanente dedicación al Derecho Constitucional, mi especialidad y mi pasión.

En esos caminos, ya en el ejercicio de mis funciones públicas, tuve la oportunidad de trabar amistad con tres rectores: Jorge Carpizo, José Sarukhán y Guillermo Soberón. Con Pepe Sarukhán tuve el privilegio de escuchar los planes que tenía sobre una fundación en beneficio de la UNAM; logró consolidar el proyecto, hoy por hoy, en certeras manos. Cumple ampliamente con los propósitos que le dieron origen. Mis recuerdos se han hecho presentes ahora que me ha sido asignado por el señor rector, Enrique Graue, y por el director de la Facultad de Derecho, Raúl Contreras Bustamante, a quien conocí desde muy joven, la dirección de la Fundación Escuela Nacional de Jurisprudencia, A.C., dedicada a cursos de actualización de un sistema jurídico en constante cambio.

Ligado estrechamente con la UNAM, tengo más que nunca presentes los años estudiantiles. Éramos pocos en un espléndido campo universitario, casi todos varones; las pocas niñas formaban un grupo compacto, siempre respetado; algunas de ellas destacaron después en actividades profesionales y otras en cargos públicos. Fueron las pioneras en abrir campo a la equidad de género. Siguen siendo amigas entrañables hasta el día de hoy y, en mi caso, la “compañera Buentello Malo” me ha acompañado como esposa en todos los momentos de mi vida desde hace más de cinco décadas.

Le debo a la UNAM mi vida entera.

 Profesor de Derecho Constitucional. Facultad de Derecho de la UNAM

La Fundación es una organización establecida en favor de las causas y objetivos de la Universidad Nacional Autónoma de México y para fortalecer su imagen como nuestra Máxima Casa de Estudios, tanto en México como en el extranjero.

Suscribete al Feed

¿Quieres comentar?

Dirección: Pennsylvania 203, Nápoles, Benito Juárez, 03810, Ciudad de México.
Powered by: Layer & Soluciones IM