• Sábado 16 de febrero de 2019


Acerca de ciertos charcos, pésimamente ubicados

Acerca de ciertos charcos, pésimamente ubicados

Apuntes para un intento de diario de lectura. Por Gabriel Rodríguez Liceaga

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1.

George Orwell nos habla de un personaje a quien van a fusilar. En el trayecto rumbo al sitio de la ejecución ese hombre se topa con un charco de agua puerca. Él esquiva el charco y prosigue su camino rumbo a la inaplazable muerte. En esta sencilla eventualidad está resumido y explicado el corazón de ese hombre, su definitiva comprensión única del mundo que aún habita. Porque también los hay de los otros. Algunos a los que no les importaría mojarse el calzado o ensuciar las pantorrillas en la antesala de la ráfaga asesina.

Pienso, por ejemplo, en una anciana con delantal que camina por la colonia Cuauhtémoc. Dependiendo la hora, pasea a un perro distinto. A todos los trata con particular cariño: les habla con diminutivos, recoge sus cacas, los persigna. Ellos la miran sacando la lengua. Quizá viva de pasear perros. Las mascotas de su vecindad. O tal vez lo haga gratis. O tal vez son todos suyos pero ya no tiene fuerza para pasearlos al mismo tiempo. Me intriga esa dama. Me imagino que ella sería capaz de embarrarse los pies en el charco con tal de que sus perros no lo hagan.

Pienso, es otro ejemplo, en un hombre que con lágrimas en los ojos borra las anotaciones a lápiz que alguien más hizo en un libro que compró usado. Un libro –improvisemos– de Juan José Arreola. Casi aseguro que a él no le incomodaría cruzar el charco así como va.

Desde la ventana de mi cuarto en casa de mis padres se veía de jueves a sábado una putita en la esquina. Hablo de 1995. Yo fui testigo de, al menos cinco, de sus apresuradas mamadas. Siempre me llenó de juvenil ternura verla abrir su paraguas cuando el cielo comenzaba a amagar con lluvia. Ahí, guarecida, seguía buscando clientela entre todos los bólidos que avanzaban sobre la Calzada de Tlalpan. Me gusta creer que ella (es decir él) sí esquivaría el charco.

Ahora ideo un hombre. Está apesadumbrado y con un trago en la mano porque ingresó espía al facebook de la mujer con quien tuvo un hijo, un hijo por el que no se ha interesado en lo más mínimo. Revisó ya una a una las fotos que fiscalizan el crecimiento de su niño. El crío ahora es un hombrecito. Lo ve disfrazado de Iron Man, lo mira conociendo al mar, lo mira bebiendo agua de limón. También ve los retratos del fulano que sí lo está cuidando y educando, aquel a quien el pequeño llama “papá”. Afirmo sin temor a equivocarme que ese hombre no evitaría el charco de agua estancada rumbo al muro de fusilamiento.

Otro: un chavo en el metro, dieciocho años a lo sumo, es vagonero. Cada que vende cierto número de cajas de chicles tiene en las manos una liga. Utiliza su pulgar como resortera y arroja el proyectil a las ventanas del transporte en movimiento. Interesado siempre en golpear los rostros de tanto pasajero que no le ayuda a persignarse. Él, opino, sí se ensuciaría en el charco.

El 22 de diciembre de 1849, Fiódor Mijaílovich Dostoyevski es llevado al patíbulo. A la mera hora y casi de último minuto, el Zar le perdona la vida. En este caso fue el charco quien se desbordó de tanto Dostoyevski.

También pienso en los hombres que llevan preso al sujeto que origina este texto. ¿Todos ellos debieron embarrarse de lodo las piernas para así dramatizar el acto del preso que no lo hace? ¡Carajo! No lo sé. Podría pasarme el resto de mi vida resolviendo esa pregunta.

2.

Tanto autor como personaje, vamos de la mano rumbo a la muerte. Quizá́ hay que preguntarnos todo el tiempo, a la hora de escribir, si el ser que estamos intentando crear se empaparía las piernas. O si no lo haría. Ambas son opciones igual de fascinantes, igual de humanas.


 

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