fbpx

Fundación UNAM

Arturo Mendoza Ramos

Mi nombre es Arturo Mendoza Ramos y soy director del Centro de Estudios Mexicanos de la UNAM-Sudáfrica. Me encuentro adscrito a la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción (ENALLT) de la UNAM como profesor titular “A”, y soy miembro del SNI desde 2019. Nací en la Ciudad de México el 14 de abril de 1978 y crecí, junto con mis seis hermanos, en el seno de una familia de clase media. Mi padre, decorador; mi madre, ama de casa. La dimensión de la familia nos puso muchos retos económicos pero agradezco dos aspectos fundamentales que mis padres me inculcaron: educación y valores. Con estos dos fuertes pilares, me desempeñé siempre como alumno de excelencia e integridad a lo largo de mi trayectoria académica.

Mi historia con la UNAM se remonta a mis años en la secundaria, cuando mi hermano mayor ingresó a la UNAM a estudiar Física. Posteriormente, mis otros dos hermanos mayores también ingresaron a la UNAM a estudiar Biología y Arquitectura, respectivamente. Ya desde entonces se había sembrado en mí el deseo de ser Puma. Cuando concluí mis estudios de educación media superior, obtuve el promedio más alto de mi generación, por lo cual recibí ofertas de becas para cursar estudios superiores en diversas universidades privadas de reconocido prestigio de la Ciudad de México, Puebla y Querétaro. Sin embargo, mi mayor ilusión y reto era acceder a la Facultad de Arquitectura de la UNAM, de tal suerte que me preparé incesantemente para presentar mi examen de admisión. Para mi beneplácito, obtuve el puntaje más alto del grupo de alumnos que presentó el examen para la carrera de Arquitectura y así logré cumplir uno de mis mayores sueños: ser estudiante de la UNAM.

En 1997 ingresé a la carrera de Arquitectura en la UNAM lleno de ilusiones y deseoso de conocer un mundo distinto a aquel en el cual me había desenvuelto durante los trece años de educación básica y media superior en un colegio privado del Estado de México. Sin embargo, el comienzo de mi vida universitaria no fue fácil. Con el fin de estar un poco más cerca del campus CU, decidí mudarme a la casa de mis fallecidos abuelos paternos ‒ubicada en una colonia popular cercana al Centro Histórico‒, donde viví durante mis años universitarios junto con mis otros hermanos. Además de aprender a ser independiente, me vi en la necesidad de trabajar en un centro de atención a clientes de tarjetas telefónicas durante los fines de semana y días festivos para poder cubrir mis gastos diarios de manutención y escolares. Durante tres años, laboré los sábados de las 15:00 a las 22:30 horas, y los domingos y días festivos de las 7:00 a las 15:00 horas. También me enfrenté, en algunas ocasiones, a una realidad común a la de muchos estudiantes universitarios: no tener el dinero suficiente para tomar el transporte público para ir a la universidad. Un año más adelante, recibí una beca de Fundación UNAM para alumnos de alto desempeño académico y fue así como logré juntar dinero para comprarme mi primera computadora, escáner e impresora. Mis años universitarios se vieron enriquecidos con la gran diversidad de alumnos que recorren los pasillos de los edificios y recintos universitarios, y forjé amistades entrañables con compañeros de la Facultad. El crisol de la vida universitaria también me permitió, aunque con reservas y escollos, descubrir, entender y aceptar mi preferencia sexual, y afrontar mi vida con orgullo y dignidad sin menoscabo de mis valores y creencias. Aprendí a disfrutar de la vida universitaria al máximo asistiendo a eventos culturales, conciertos y muestras de cine ‒que en aquel entonces se proyectaban en el teatro Carlos Lazo de la Facultad de Arquitectura‒; tomando clases de Italiano y Alemán; y aprovechando las instalaciones deportivas para ir a la alberca y su gimnasio adyacente.

Sin embargo, la acontecida huelga universitaria en 1999 coartó temporalmente mis estudios universitarios durante casi un año y marcó de manera definitiva el derrotero que seguiría en mi formación académica y profesional. Ávido de conocimiento y de poder seguir aprendiendo, acudí al Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE) ‒única entidad académica abierta durante la huelga universitaria‒ para consultar su oferta académica en arte y literatura. Al revisar sus cursos, encontré un folleto sobre su diplomado en Enseñanza de Español como Lengua Extranjera. Desconocía hasta ese momento la existencia de este programa, pero cautivó mi atención, así que decidí ahorrar dinero y a finales de ese año, me postulé y llevé a cabo las pruebas correspondientes para ingresar a él. En enero de 2000, mientras la huelga se recrudecía y su objetivo primordial se desdibujaba, comencé mi diplomado para ser profesor de Español como Lengua Extranjera. Entré en el fascinante mundo de la lingüística aplicada a la Enseñanza del Español como Lengua Extranjera, terreno desconocido para mí, y ahí conocí a entrañables amigas y a dos formidables académicas que marcaron mi vida personal y profesional: la doctora Martha Jurado Salinas y la doctora Rosa Esther Delgadillo Macías.

A finales de ese año, me gradué del diplomado y en enero de 2001 recibí una beca de la entonces oficina de movilidad internacional de la UNAM para cursar un semestre académico en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Waterloo en Ontario, Canadá. Vivir en Canadá era otro sueño que tenía desde mi juventud. Quería saber cómo era vivir en otro país con un clima tan distinto al nuestro pero, sobre todo, tenía un gran anhelo por conocer un país abierto a la diversidad sexual y a favor de los derechos de minorías, migrantes, grupos marginalizados e invisibilizados. No obstante, un semestre de estudios no fue suficiente; así que, con el fin de seguir adelante, solicité a la UNAM una extensión de un semestre más. La UNAM me concedió un semestre adicional, pero sin apoyo complementario para mi estancia, por lo que decidí buscar trabajo para sufragar mis gastos de manutención. Encontré trabajo en una cadena de cafeterías cerca del lugar donde vivía. Para poder estudiar y trabajar, solicité el turno nocturno de las 22:00 a las 7:00 horas. Así fue como transcurrió mi segundo semestre académico: cansado por el trabajo y el estudio, pero contento de poder hacer mi sueño realidad. En la universidad también aproveché para tomar clases de Alemán, Francés, Natación y Patinaje sobre hielo. Debo reconocer que, sin la ayuda de la oficina de intercambios de mi Facultad y de la beca provista por la oficina de internacionalización de la UNAM, no habría podido lograr ese sueño.

Al concluir mis estudios en la Universidad de Waterloo, decidí hacer una estancia de prácticas profesionales en Canadá. Ingresé a un despacho en la ciudad de Cambridge, Ontario, como dibujante y diseñador. Durante un año realicé mis prácticas profesionales y, a finales del 2002 regresé a México para concluir mis estudios de Arquitectura en la UNAM. Con el fin de poder cubrir mis gastos y concluir la carrera, comencé a impartir clases de Español en el Centro de Estudios Multidisciplinarios del CEPE Polanco. Ahí impartí cursos durante varios años, al igual que en la Embajada de Canadá y el Consejo Británico. Con grandes esfuerzos y vicisitudes, me gradué de la Facultad de Arquitectura en 2005. Desde mi llegada a México, impartí también cursos de verano en el CEPE y colaboré con el Centro en el diseño de material didáctico para la Enseñanza de Español como Lengua Extranjera. En 2008, participé en la publicación del libro Español para extranjeros Intermedio 3 (Nivel B2+) de la Serie Así Hablamos; y en 2013, junto con la doctora Martha Jurado Salinas del CEPE, publiqué el libro Estrategia Ñ. Guía completa de preparación para exámenes de certificación de español como lengua extranjera.

Mis deseos por continuar mis estudios en la vertiente de la lingüística aplicada eran contundentes, mas no así mi autoconfianza de contar con el perfil adecuado para entrar a la maestría. Tras un par de años de titubeos, decidí aplicar a la maestría en Lingüística Aplicada ofrecida de manera tripartita por el Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras (CELE), la Facultad de Filosofía y Letras y el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Como es costumbre, las pruebas de selección no fueron fáciles para ingresar en este programa de alta exigencia académica del CONACYT; no obstante, con una excelente trayectoria académica y un perfil sólido en mi formación como docente de Español como Lengua Extranjera, logré ingresar a la maestría en 2009. Mis estudios de posgrado me permitieron desarrollar las herramientas necesarias para profesionalizarme en dicha rama de la lingüística. Asimismo, tuve la oportunidad de conocer a invaluables amigos con quienes compartí gratos momentos. En 2011, concluí satisfactoriamente mis estudios de maestría con mención honorífica y fui el primer estudiante de la generación en titularse. Nuevamente, sin la gratuidad en la educación y el apoyo económico del CONACYT, no habría podido alcanzar esta meta.

A inicios de 2012, regresé a Canadá a impartir cursos en la Universidad de Guelph en Ontario, como parte de un programa de colaboración que en ese entonces tenía la UNAM con dicha universidad para dar clases de Español a estudiantes universitarios. Mi estancia en Guelph ‒ciudad cercana a la ciudad de Waterloo, donde había vivido una década antes‒ me hizo recordar vivencias, sanar viejas heridas, resarcir algunos conflictos internos que aún tenía con respecto a mi preferencia sexual y madurar. Los recuerdos que tengo de esta experiencia son de los más gratificantes y placenteros de mi vida.

En 2013, regresé a México convencido de continuar con mis estudios doctorales en la UNAM. Para mi sorpresa, el proceso de selección fue aún más difícil que el de la maestría, pero gracias a quienes confiaron en mi trabajo y en mi capacidad de llevar a cabo la investigación, fui aceptado en el programa doctoral en Lingüística, en el área de evaluación y certificación de lenguas extranjeras. Agradezco encarecidamente a mi tutora, la doctora Alina María Signoret Dorcasberro ‒a quien admiro profundamente por su tenacidad, liderazgo y visión‒, por su confianza en mi trabajo y el apoyo que me brindó en todo momento para desarrollar mi investigación. A finales de ese mismo año, comencé a dar clases de Inglés y a trabajar en la Coordinación de Evaluación y Certificación del entonces CELE. Al año siguiente, en 2014, ingresé al Subprograma de Incorporación de Jóvenes Académicos de Carrera (SIJA) de la UNAM con una plaza de Profesor Asociado “C”. Pese a la extenuante carga de trabajo en el CELE y el doctorado, disfruté pródigamente esta parte de mi trayectoria académica, años en los cuales también tuve el gusto de conocer a invaluables amigos y colegas. En 2018, me titulé con mención honorífica del doctorado y, nuevamente, fui el primero de la generación en graduarse. A raíz de mis estudios doctorales, publiqué siete artículos académicos en importantes revistas nacionales e internacionales y, en 2019, fui condecorado con la medalla Alfonso Caso, reconocimiento que otorga la UNAM a destacados estudiantes de posgrado por sus méritos académicos.

A inicios de 2018, tras una serie de entrevistas con directivos y coordinadores de diversas instancias de la UNAM, fui seleccionado y comisionado por el rector de nuestra Máxima Casa de Estudios, el doctor Enrique Luis Graue Wiechers, para fungir como responsable del Centro de Estudios Mexicanos de la UNAM en Sudáfrica. Dicho Centro se encuentra hospedado en la Facultad de Literatura, Lenguas y Medios de la Universidad de Witwatersrand en la Ciudad de Johannesburgo, puesto que una de las consignas es la enseñanza del español en el Departamento de Lenguas Modernas. Nunca me imaginé que mi pasión por la enseñanza del español y la lingüística aplicada me permitirían llegar a confines tan lejanos. Tras casi cuatro años como director de la UNAM-Sudáfrica, debo confesar que me siento sumamente satisfecho y orgulloso de todas las actividades académicas y culturales que dirijo en la sede. Esta gran labor se debe a la acertada política de internacionalización de la actual administración, y gestionada a través de la Coordinación de Relaciones y Asuntos Internacionales (CRAI) de la UNAM. Dentro de las actividades que dirijo, destaco las siguientes: a) impulso a la movilidad académica de estudiantes y personal académico de la UNAM; b) desarrollo de congresos, conferencias, coloquios, seminarios y talleres; c) establecimiento de proyectos conjuntos de investigación y docencia en todas las áreas del saber; d) enseñanza del idioma español y su certificación internacional como segundo idioma; y e) promoción de la cultura mexicana en toda su riqueza y diversidad. Todo este trabajo es fruto del compromiso y esfuerzo del excelente grupo de colaboradores de la UNAM-Sudáfrica.

En estas últimas líneas, me gustaría destacar la importancia de contar con una educación gratuita y con el apoyo de becas complementarias a estudiantes de bajos recursos y excelencia académica. Sin educación gratuita, miles de mexicanos quedarían fuera de la posibilidad de cursar estudios en instituciones de educación superior a nivel nacional. Apoyos económicos complementarios como los de CONACYT y Fundación UNAM incentivan a los estudiantes a priorizar sus estudios en lugar del trabajo. CONACYT, mediante becas a nivel posgrado, y Fundación UNAM, a través de apoyos económicos a estudiantes de licenciatura de excelencia académica provenientes de familias de escasos recursos. Confieso que mis logros académicos nunca habrían sido posibles sin los apoyos antes mencionados. Asimismo, agradezco a mis padres, hermanos y familiares, así como amigos, colegas y todas aquellas personas que han valorado y confiado en mi trabajo. Finalmente, agradezco infinitamente a la UNAM las numerosas oportunidades brindadas para cursar una educación de máxima calidad pero, sobre todo, por haberme permitido formarme como académico con valores cívicos y morales.

 

Director del Centro de Estudios Mexicanos de la UNAM-Sudáfrica

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.