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Fundación UNAM

César Roel Schreurs

Mi doble vida en la UNAM

Mi paso por la UNAM me marcó para siempre, fue uno de los episodios más intensos que he vivido. Tuvo para mí un doble significado como César Roel y como César Costa.

Recuerdo que a todos los alumnos de primer ingreso, nos rapaban, yo todavía era el cantante de los Camisas Negras, así que les pedí a mis compañeros del grupo que por favor usáramos unos sombreros para no verme tan mal, ya que teníamos un contrato firmado para unas presentaciones en el Teatro Esperanza Iris, donde debutamos al mismo tiempo la Sonora Santanera y nosotros. Después de esas presentaciones el grupo se desintegró y me avisaron que una compañía discográfica buscaba un cantante; de inmediato pedí cita y me acompañó el tecladista de los Rebeldes del Rock. Le decían el Tibio, porque su mamá era de Aguascalientes y su papá de Río Frío; me aceptaron y desde ese día he corrido atrás de César Costa hasta el día de hoy.

Tuve la fortuna de estar en el lugar y momento adecuado y ser protagonista y víctima de este movimiento mundial que se llamó rock & roll, que fue una toma de conciencia de identidad de la juventud a nivel mundial, iniciada, creo yo, por la extraordinaria película “Rebelde sin Causa”, protagonizada por James Dean y dirigida por Elia Kazán, que fue el detonador de esta toma de conciencia, convirtiéndose el rock & roll en su lenguaje y forma de expresión. Mi primera grabación logró un impacto nacional e internacional, así que mi estancia en Ciudad Universitaria distaba mucho de ser discreta, aunque yo dejaba a César Costa siempre en el estacionamiento.

Venía del Centro Universitario México y anteriormente del Colegio Alemán Alexander von Humboldt, al que le debo una extraordinaria disciplina de estudio. Veníamos de la Preparatoria un grupo compacto de amigos, comprometidos con el estudio, así que tomamos el grupo No. 1, con una selección de extraordinarios maestros. A pesar de que algunas queridas compañeras que pasaban lista me ayudaban cuando salía de gira o tenía filmaciones, algunos exámenes los presentaba extraordinarios y alguno a título de suficiencia por faltas de asistencia. Mis giras eran como estar en un circo de tres pistas, todo era nuevo para mí, me subía en un camión con mi alterón de libros y mi almohada y me bajaba al mes o mes y medio haciendo tres funciones diarias, una en cada ciudad, mal comidos, mal dormidos, pero feliz de ser parte de un movimiento musical a nivel nacional, además de ganar dinero, porque en esa época era incipiente la industria del espectáculo. No faltaban las veces que algún maestro me decía: “Compañero ¿usted es el que canta “UOO, UOO?”. “Sí maestro, soy yo”, le respondía. “A ver, pásele a cantarla”, me decía y yo le suplicaba: “Maestro, mejor le doy la clase”. Pero ya mis compañeros con tal de acortar la clase pedían al unísono: “Que cante, que cante” y ni modo, allí estaba yo en el Aula Pallares para regocijo de mis compañeros y vergüenza mía.

Quiero compartirles algunas de las experiencias vividas en la UNAM que me dejaron huella. Me encontraba en clase del maestro Recasens Siches en Filosofía del Derecho y ya casi para terminar, afuera de la clase, se oyeron gritos fuertes de “Esquirol, Esquirol”. En eso, Carlos llegó muy tarde a la clase, un compañero al que todo el mundo le temía, pero yo tenía la fortuna de caerle bien y se sentó junto a mí y me dijo: “Vienen por ti”. “¿Por mí?”, pregunté. “Son del Comité de Huelga, sal pegado a mí”, indicó. Y dos compañeros norteños que estaban atrás de mí me dijeron: “No te preocupes, nosotros salimos atrás de ustedes”. Pues así lo hicimos, obviamente salí como estampilla. Afuera había unos 50 o 60 alumnos haciendo una especie de valla, afortunadamente nadie me tiró un golpe ni trataron de detenernos. Al llegar a mi auto, les dije:
“Háganme el favor completo, hoy tuve la suerte de contar con ustedes, pero mañana, del miedo, no voy a venir, consíganme una reunión con el Comité de una vez para aclararlo”. Esperé unos minutos, vinieron por mí y en la entrada de la Facultad habría unos 200 alumnos y a voz en cuello para que todos escucharan, me acusaron porque en una publicación había salido una declaración mía en contra de la huelga; yo me había cuidado mucho de no hacer ninguna declaración porque me enteré de las agresiones que habían sufrido algunos otros compañeros más por algunas declaraciones que habían hecho. Gritando, les dije que si había alguna declaración firmada por mí, yo me hacía responsable; yo sabía que no lo había hecho, así que no hubo prueba para incriminarme y se acabó la discusión, nos dimos el abrazo de Acatempan, dando por terminado este escabroso episodio, no sin estar profundamente agradecido a mis queridos compañeros por su solidaridad y protección que hicieron posible que al día siguiente estuviera yo en la UNAM de nueva cuenta.

Recuerdo esos largos y fríos pasillos en épocas de exámenes, tratando todavía de afirmar alguna ficha que no tenía segura y el intercambio con mis compañeros para paliar los nervios. Se me habían juntado dos exámenes, uno de ellos era de Criminología, con el maestro Alfonso Quiroz Cuarón, y estaba yo muy preocupado cuando me dijo el maestro: “Compañero, usted no me haga examen”; le pregunté por qué. Me dijo: “Mejor hágame un trabajo sobre farmacodependencia”. Yo estaba feliz porque me daba más tiempo para mi otro examen. “¿Específicamente sobre qué drogas?” le pregunté, y me dijo: “Mariguana y cocaína”.
Hice un buen trabajo, pasé mis dos exámenes y seguí con mi doble vida. El medio artístico es maravilloso porque te da una gran libertad, todo lo tienes a la mano y te brinda la oportunidad de decidir qué hacer de tu vida, lo cual implica grandes riesgos, he sido testigo de experiencias maravillosas y de otras tremendas.

Como al año y medio fui a buscar a su casa al maestro Alfonso Quiroz Cuarón y le dije: “Maestro, fui alumno suyo”. Me dijo: “Claro que sí César, pasa, siéntate, ¿qué se te ofrece?”

“Maestro vengo a expresarle mi más profundo agradecimiento porque no tiene idea del regalo que me dio con el trabajo que me encargó”. Me respondió: “Claro que tengo idea, por eso te lo encargué, sabía yo que estás en un medio difícil y que te iba a ser de gran utilidad”.

Nunca olvidaré este acto de generosidad, de humanismo, al obsequiarme esta maravillosa herramienta que es el conocimiento. Había un compañero en las giras muy simpático y muy golfo y a veces en la tercera función, después de muchas horas de carretera y enorme cansancio, me decía: “Cesarín, tengo coca ¿no quieres darte un pase?” Le respondía: “No gracias, prefiero hacer sentadillas o lagartijas, la coca es peligrosa” Y le explicaba las consecuencias negativas y la dependencia que te crea, pero me decía: “No Cesarín, es muy fácil dejarla, yo la he dejado como 100 veces”. La UNAM para mí era un remanso del cual nunca me despegué, ya que en las giras mis libros eran mis grandes compañeros en los interminables kilómetros que recorríamos a lo largo de toda la República Mexicana.

En tercer año, por exceso de trabajo, giras sobre todo en centro y Sudamérica, filmaciones, programas de televisión y grabaciones, tuve que interrumpir mi carrera universitaria, fue una experiencia traumática que me afectó profundamente porque estaba convencido de las bondades de terminar mi carrera de leyes, pero la carga de trabajo era exhaustiva al grado que terminé en el hospital para poder recuperarme. El desgaste emocional y el manejo de la popularidad y la fama era grande y tuve que echar mano del yoga y cualquier disciplina que me ayudara a digerir todo lo que estaba viviendo. Lo superé pero llegó una de las decisiones más difíciles que tuve que enfrentar en mi vida, mi carrera artística iba viento en popa y tenía que decidir si regresaba a la UNAM o no. Estaba con enorme aceptación en toda Latinoamérica, empezaba a presentarme en Europa, sobre todo en España, ya había grabado en Roma y tenía contratos firmados con un año de adelanto. Pero mi mejor lado me decía que regresara a la Universidad, y por el otro que ya tenía una carrera prometedora. No fue nada fácil, pero ganó el lado bueno; me inscribí y volví, ya sin mis compañeros originales, pero con una gran experiencia que me había dado la carrera artística viviendo a una gran velocidad y de manera vertiginosa.

Aun ahora me felicito por esta decisión, porque hubiera sido una tristeza dejar trunca mi carrera universitaria. Me volví más experimentado para organizar mis tiempos y prioridades y me pude recibir con una tesis titulada “Coproducciones Cinematográficas Internacionales”, un tema que yo estaba viviendo.

La UNAM, y en especial la carrera de leyes, me fueron despertando la capacidad de sentir empatía y solidaridad con las demás personas y poco a poco me fui interesando en participar en labores sociales. Así, desde hace 25 años soy miembro del Consejo Consultivo de UNICEF y Embajador del mismo desde hace 15 años, lo que ha constituido una de las mayores satisfacciones de mi vida, participando en campañas como Regalos del Corazón, Todos a la Escuela, Juntos tú, yo y UNICEF, 10 por la infancia, con presencia en el norte y sureste del país, con la única intención de mejorar la calidad de vida de la niñez y adolescencia en materia de salud, educación y protección de sus derechos.

A la UNAM no sólo le debo el nivel académico de extraordinarios maestros, sino el haber convivido con compañeros de todas partes de la República y de todos los niveles socioeconómicos, lo cual te da un sentido de integridad y riqueza de la pluralidad de nuestro México.

En mi caso, la UNAM fue un gran antídoto para paliar los efectos devastadores del éxito y la fama, el sentido de pertenencia a una universidad de calidad internacional como la UNAM me dio la oportunidad, aparte obtener conocimientos, de tener los pies en la tierra; salí con promedio de 8.6, con un bagaje extraordinario de experiencias. Una carrera universitaria te da una visión de la vida de mayor profundidad y comprensión de nuestra realidad.

Quiero agradecer a la Fundación UNAM por esta oportunidad de compartir con ustedes algunas experiencias de mi doble vida, complicada y divertida, con el cobijo de una universidad libre, incluyente, cálida, que me dio la oportunidad de prepararme para la vida profesional con un conocimiento más profundo de nuestro querido México.

2 thoughts

  1. Tengo 72 años de edad contemporáneo de César Costa, y declaro con orgullo haber sido fan de Cesar, hombre admirable por su conducta alejada de las tentaciones que prevalecen en el medio artístico. Comparto su satisfacción y expongo la mía porque una Institución como la UNAM alma mater de muchos personajes, aunque yo soy egresado de la ESCA del Instituto Politécnico Nacional igualmente es un orgullo haber recibido del POLI, la instrucción valiosa que me permitió ofrecer a mi familia una educación y ética de valores en su calidad profesional. Mis hijas con egresadas de la UNAM Contaduría y Arquitectura.

  2. Extraordinaria reseña de una vida llena de experiencias enriquecedoras. No cabe duda que la vida nos pone en un camino y a veces es difícil elegir. Creo que gracias a una de las películas de César me decidí a jugar futbol americano en la UNAM y seguir estudiando ingeniería.
    Gracias por compartir tan interesante historia. Das ist sehr gut!

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