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Fundación UNAM

Federico Reyes Heroles

En la entraña

Suerte, fortuna, quizá. Pero también herencia, el hogar, las amistades paternas y las propias.

Siempre fue la UNAM, por supuesto había otras opciones, pero los recuerdos y pláticas de mi padre sobre su carrera, sobre sus grandes maestros, Martínez Báez, De la Cueva, Alfonso El Chato Noriega, Mantilla Molina y muchos otros, algunos de los cuales él frecuentaba e iban a comer a casa, eran el mejor argumento. Era la UNAM que estaba por todas partes, mi padre daba clases en su Facultad, Derecho, de Teoría del Estado, a las siete de la mañana, ya era un relevante servidor público, pero el esfuerzo valía la pena. Era la UNAM, de eso no había duda.

Terminé preparatoria en el Colegio Alemán y venían nueve largos meses de espera para entrar a la UNAM. No podía flojear, no podría flojear, era la consigna, así que tomé dos medidas. La primera: inscribirme en la Universidad Iberoamericana, a Sociología, para tener un horario regular y, la segunda, pedir autorización en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales para poder asistir como oyente. Viví los dos mundos esa temporada, pero la duda nunca me visitó, era mi decisión: iría a la UNAM.

Corría 1975, Allende había caído, el cono sur estaba devastado por golpes, Uruguay, Argentina, Brasil y ahora Chile. A la computadora de la UNAM, algo, extraño y casi esotérico en esos tiempos, le debo un monumento pues abrevió mi extenso nombre de forma impronunciable: Reyes H. Glez. Garza Federico J. Y por eso para todos me convertí en El güero. Número de matrícula 7575 771-5. Nadie conocía mi ascendencia. En 1976, mi padre fue designado secretario de Gobernación y El güero asistía a clases en un extraño, cómodo y reconfortante anonimato. En los pupitres se encontraba Madera, la publicación de la Liga 23 de septiembre. Tiempos violentos, asesinaron a Hugo Margáin Charles, brillante director de Filosóficas. Ezra Shabot, gran amigo y entonces compañero de cubículo, cuenta que él tardó años en saber quién era mi padre. Yo era uno más con Rayuela bajo el brazo.

De nuevo la suerte, la funesta suerte, las dictaduras conosureñas expulsaron a grandes pensadores de sus países. Muchos de ellos se refugiaron en México y la UNAM les abrió sus brazos. Por mi Facultad desfilaban dando clases Clodomiro Almeyda, Fernando Henrique Cardoso, Ruy Mauro Marini, Gerard Pierre Charles, entre muchos otros, uruguayos, argentinos, brasileños, haitianos, chilenos, costarricenses, de todo. América Latina llegó a CU. Por lo general, pensadores de izquierda, pero de una izquierda que reflexionaba sobre sus fracasos, sobre el porqué de los golpes y dictaduras, una izquierda, en lo general, democrática. Dos de ellos marcaron mi vida: don Carlos Quijano, de Uruguay, el gran editor de Marcha, una publicación semanal muy crítica fundada en 1939 que él dirigí; y Armando Cassígoli, narrador, poeta, catedrático que me llevó a través de Francis Bacon a la epistemología, mi disciplina como maestro por muchos años. No había vuelta atrás, la epistemología me fascinó: saber qué es el conocimiento y cómo se genera será siempre una aventura apasionante.

Allí hice grandes amistades, Jaqueline Peschard y David Pantoja, Gerardo Estrada, Patricio Marcos, John Saxe Fernández, Octavio Rodríguez Araujo y Paulina Fernández Christlieb, recién fallecida, Judith Boxer, maestros ellos. Pero también muchos compañeros como Gina Zabludovsky, María Amparo Casar, Ezra, a quienes sigo frecuentando. Estudié Ciencia Política, (Filosofía Política) y a la par Sociología. Me recibí en la primera disciplina y el mismo día de mi recepción comencé mis estudios de licenciatura en la Facultad de Derecho. La lista de maestros en esa Facultad merecería otro espacio. Durante cerca de 10 años fui beneficiario de la UNAM como alumno. Allí me formé con lecturas y debates, pero también con la vida institucional de mi universidad, consejos técnicos, movimientos estudiantiles, Consejo Universitario, Junta de Gobierno, etc.

Allí encontré mi primer empleo con Judith Boxer, fui maestro durante casi 20 años, trabajé en Rectoría como asesor durante el rectorado de Guillermo Soberón, gran rector, fui investigador en el Instituto de Investigaciones Jurídicas durante cinco años, donde conocí a Jorge Carpizo, a don Héctor Fix Zamudio, a Rolando Tamayo, al brillante Ulises Schmill, a la querida Cuca María del Refugio González, a Álvaro Bunster, un gran penalista chileno y muchos más. Fui subdirector de la recién fundada Dirección de Asuntos del Personal Académico (con todo y crisis devaluatoria que pegaba a nuestros becarios en el exterior) y allí trabé amistad con Alejandro Rossi y Luis Aguilar Villanueva. También traté a muchos directores, entre ellos a ese orgullo nacional llamado José Sarukhán, entonces director del Instituto de Biología. Allí aprendí a ser burócrata —en el mejor sentido de la palabra—, a entender jerarquías y formas, y vaya que la UNAM es formalista. Después tuve el privilegio de dirigir la Revista de la Universidad. Jorge Carpizo era rector enfrentado con un movimiento estudiantil pujante y duro. Alfonso Millán negociaba con los estudiantes y me invitaba con frecuencia a su casa a esos encuentros informales. Negociar, tender puentes, entenderlos y que nos entendieran era la consigna. Terminábamos de madrugada. En 1985, Jorge Carpizo me pidió asumir la Coordinación de Humanidades, yo tenía 30 años, acepté por un sólo año y lo cumplí, quería investigar, escribir. Viví las maratónicas sesiones del Consejo Universitario que iniciaban a las 5 de la tarde y terminaban a las 5 de la mañana, desayunábamos en Rectoría para regresar a trabajar un par de horas después ya duchados.

Mi primer libro lo publicó la UNAM y después tuve a mi cargo reorganizar las publicaciones.

He mantenido contacto con muchos rectores, en momentos buenos, malos y pésimos, simplemente como amigo de la casa. Me tocó —en suerte— acompañar al rector De la Fuente como miembro de la Comisión de Garantías para el rescate de la UNAM, del terrible paro de 1999. Allí estuve junto con grandes universitarios, como doña Clementina Díaz y de Ovando, Miguel León-Portilla, Alejandro Rossi, René Drucker y Joaquín Vargas. Organizamos el plebiscito, acompañé al rector a hacer la entrega de los resultados entre cientos de aguerridos estudiantes que nos rodeaban. Ante la negativa de los representantes a tomar el documento, lo guardé subrepticiamente, para asombro del rector. Después me preguntó, por qué. Esa hubiera sido la nota, le dije, “Lo rechazan”, me imaginaba como cabeza de algún periódico. Lo evitamos, “Se perdió”. Tuvimos reuniones los dirigentes y fuimos acosados físicamente en varias ocasiones. Fernando Serrano Migallón era nuestro asidero jurídico.

Después tuve otro gran honor al ser designado miembro del Patronato y allí me topé con Julio Millán, Bernardo Quintana, Alejandro Carrillo Castro y, por supuesto, con un gran universitario, el ingeniero José Manuel Covarrubias, un referente ético. Me refugié varios años en la Facultad de Filosofía y Letras en la Cátedra Extraordinaria Simón Bolívar. Nunca obtuve mi plaza, me duele, pero los mejores momentos de mi vida profesional los he pasado vinculado a la UNAM. Ir un fin de semana a escuchar a la OFUNAM o a la Orquesta de Minería es un privilegio. Qué orgullo ser universitario.

Llevar la UNAM a más mexicanos, como lo hace la Fundación UNAM, es hacer patria. Reunir los recursos para mantener a esa gran casa disponible para mexicanos de todos los estratos y niveles de ingresos, abrirles esa posibilidad es cambiarles la vida, es cambiar a México ofreciéndoles una muestra de lo mejor de nuestro país. Miles de vidas transformadas cada año, se dice rápido, pero supone una gran muestra de nobleza.

Qué puedo decir, a la UNAM le debo lo que sé, mi formación axiológica, mis referentes éticos, muchas de mis amistades, mi amor a México no se explica sin ella. Está en mi entraña.

Escritor y comentarista político

3 thoughts

  1. Además de contar con los conocimientos compartidos por el Gran Mexicano que fue su padre, el construyo su camino, llena de éxitos emanados de sus intereses y aprendizajes tomados de los Maestros y amigos con los que compartió y comparte su vida. Como universitario demuestra el gran amor y agradecimiento a nuestra Casa Máxima de Estudios. Lo felicito por todo aquello que ha compartido en sus exposiciones, libros, entrevistas gracias, y por reconocer en la UNAM los orígenes de generaciones que hemos buscado contribuir con México..

  2. Excelente artículo Maestro Federico Reyes Heroles!! Si, es un orgullo ser universitario!! Yo también formó parte de ésta gran universidad y mi consignia siempre ha sido, realizar el mejor de mi trabajo en cualquier lugar que trabaje dejando en alto a mi Alma Mater!! Y cuando fui estudiante, siempre luche porque ésta universidad permaneciera abierta para todos aquellos Mexicanos que tuvieran la ilusión de estudiar y no tuvieran recursos. Yo también, todo lo que soy, se lo debo a la UNAM.Ella transformó mi vida. Goya, Goya, Universidad!!

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