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Fundación UNAM

Luis Felipe Rodríguez Jorge

La UNAM: un oasis académico en México

En 1966 terminé la preparatoria en mi natal Mérida y quería seguir una carrera en las ciencias. Había muy pocas carreras científicas en Mérida y lo lógico era irse a estudiar a la Ciudad de México. Pero yo la había visitado un par de veces y se me hacía con demasiado tráfico y contaminación. Así que me inscribí en la carrera de Ingeniería Química en la Universidad Autónoma de Yucatán. Pasé los cursos de panzazo y no quedé satisfecho.

Un amigo muy querido, Ricardo Alayola Rosas, se había ido a estudiar Física a la UNAM y me convenció de que presentara el examen de admisión. Recuerdo que lo presenté a fines de 1966 y acostumbrado al clima cálido de Mérida, me presenté ataviado tropicalmente. Tiritando del frío pude terminarlo y fui aceptado. A partir de 1967 disfrutaba ya de los cursos y de las muchas actividades de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Recuerdo mucho al Club de Cine que organizaba ciclos de grandes directores.

Sin embargo, había algo en el aire que llevaría al movimiento de 1968. Cuando éste estalló yo me regresé a Mérida. Recuerdo que el 3 de octubre mi papá me llevó un periódico donde aparecía a ocho columnas la noticia de la matanza de Tlatelolco.

Poco a poco, la UNAM fue regresando a sus actividades. Nuestra legislación universitaria habla de tres tareas sustantivas. En la Facultad de Ciencias tuve la fortuna de interactuar con grandes representantes de cada tarea. En la docencia tomé clases con don Juan de Oyarzábal. Sus clases estaban coreografiadas hasta el último detalle. En lo que respecta a la investigación, todos estábamos orgullosos de que el Dr. Marcos Moshinsky era maestro de la Facultad. Finalmente, en la extensión de la cultura tuve la fortuna de aprender mucho del Dr. Luis Estrada, figura clave del desarrollo de la divulgación científica. La UNAM auspició y apoya esfuerzos como el Museo Universum y la revista para jóvenes ¿Cómo Ves?

También me beneficié mucho con las actividades extracurriculares. Recuerdo los talleres de literatura que nos dio Miguel Donoso Pareja, donde nos enseñó mucho del oficio que luego, curiosamente, me fue muy útil para escribir mejores artículos científicos. Entre los asistentes había un joven que se veía iba a llegar lejos: Juan Villoro. Muchos años después me daría gran gusto verlo ingresar a El Colegio Nacional.

Habiendo terminado mis cursos, me faltaba escribir la tesis de licenciatura para recibirme. La Dra. Silvia Torres-Peimbert aceptó dirigirme la tesis y me explicó que si quería yo seguir haciendo investigación, tenía que doctorarme. En 1973 no había programas de doctorado de astronomía en México y había que irse al extranjero. Aceptaron mi solicitud en la Universidad de Harvard, donde mi estancia fue muy interesante, de ello contaré en otra ocasión.

Al regresar a México en 1979 experimenté dos problemillas. El primero era que al ser el primer mexicano en especializarse en la radioastronomía (que usa ondas de radio en lugar de la luz visible para estudiar los astros), todos me veían como un bicho raro. El segundo problema era que yo, como observador, empecé a colaborar con el Dr. Jorge Cantó, un destacado astrofísico teórico. Nos acusaban de que trabajábamos en bola, porque mucha gente continuaba publicando como único autor. El tiempo demostró que yo presagiaba cambios. Ahora la astronomía es multimensajero y se estudian los astros con todo lo que se puede. También se trabaja como regla en colaboraciones que pueden ir de unas personas a cientos o inclusive miles.

La Junta de Gobierno me nombró director del Instituto de Astronomía para el periodo 1980-1986. Fueron años muy difíciles. En esa época si alguien era nombrado director, era como recibir el beso de la muerte. La burocracia universitaria era, y sigue siendo, muy pesada y absorbía todo el tiempo que uno le diera. Terminado mi periodo como director regresé de tiempo completo a las labores académicas. Mis dos hijos hicieron sus respectivas licenciaturas en la UNAM y luego estudiaron en el extranjero. La UNAM sigue siendo un oasis académico en nuestro complicado país.

Con el tiempo, la UNAM nos apoyó a un grupo de sus investigadores a desarrollar un nuevo polo en la ciudad de Morelia. Ahí se creó el Centro de Radioastronomía y Astrofísica que luego se transformó en Instituto. Yo y muchísimos mexicanos le debemos buena parte de nuestro desarrollo a la UNAM. En todo este tiempo que ha transcurrido, la Fundación UNAM ha sido una componente indispensable para llevar a cabo las tareas sustantivas de la UNAM. Yo he tenido el gusto de participar en los eventos de divulgación que organizan. Sabemos que reman contracorriente porque México es un país con muy poca tradición de filantropía. Y en esto son también ejemplo a seguir.

Investigador Titular del Instituto de Astronomía y
en el Centro de Radioastronomía y Astrofísica de la UNAM

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