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Sergio Monroy Aguilar

Amor, ciencia y educación pública

La UNAM es, sin lugar a duda, nuestra Máxima Casa de Estudios; por sus aulas han pasado transformadores sociales que han construido lo que nuestro país es el día de hoy: empresarios, políticos, miembros de la sociedad civil, profesores, científicos, etc. Representa, también, la aspiración de muchos jóvenes del pasado, del presente y, seguramente, del futuro, como en mi caso, un mexicano de cincuenta y dos años –cuyo padre era servidor público, músico y poeta– que soñaba con cursar en sus aulas. Mi historia con la UNAM inicia a la edad de siete años: mi padre me llevó a su oficina, en Doctor Lavista, colonia Doctores de la cdmx, y luego de salir de ahí, a las 3 de la tarde, me llevó a Ciudad Universitaria. Durante el trayecto, me comentaba lo hermosa que era la vida universitaria y me contaba historias fascinantes y llenas de un gran amor por la institución. Al llegar, me mostró los principales lugares, según su juicio, entre ellos, la hermosa Biblioteca Central, y me dijo: “en no mucho tiempo, tú estarás estudiando aquí”, sus palabras fueron proféticas.

Desde ese momento –segundo año de la primaria–, todas mis energías se concentraron en la consecución de esa meta. Para 1985, hice el examen de admisión y fui aceptado en el Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Oriente, en la generación 1986. Así, descubrí un novedoso sistema de estudios: pocas clases, todas ellas participativas, mucha lectura y la búsqueda constante de la conformación del pensamiento crítico. Ahí conocí a muchos compañeros, tocaba la guitarra y cantaba –si se podía decir que eran cantos esos berridos–, tomaba cursos formales e informales, y un profesor al que aún admiro, Armando Blanco Patiño, me mostró por primera vez la economía. Antes de conocer esta disciplina, quería ser físico, por mi admiración de siempre a Albert Einstein, pero lo que platicaba con el profesor Armando me abrió una curiosidad insaciable por lo que era la ciencia económica y su poder. Antes de terminar el CCH, asistí por una semana a la Facultad de Ciencias y a la de Economía, para cursar dos clases y tomar una decisión. No tengo que decir que ganó la Facultad de Economía.

Así pues, entré a la Facultad de Economía y a menudo me encontraba con varios compañeros del bachillerato en los pasillos, entre ellos, Alejando Olvera, mi compadre y compañero de mil batallas. Con el paso del tiempo, conocí a Norma Angélica Gallardo, Verónica Orozco, Maximiliano Gracia y muchos amigos entrañables más, a quienes no menciono simplemente porque nombrarlos me llevaría muchísimas hojas. En las aulas de la Facultad, conocí amores, desamores, amigos y rivales, todos parte importante de mi formación no sólo profesional, sino humana. Retomaré una frase de mi compadre Alejando: “cómo no amar a la UNAM, si nos dio amigos entrañables, amores maravillosos –él se casó con Verónica–, educación, amor al conocimiento y hasta nos dio de comer”; lo cual es cierto, porque muchas veces tomábamos galletas y café del aula de profesores.

Por otra parte, mis maestros eran todos unos profesionales: Gastón Sosa nos guiaba en la elección de docentes con su clásica pregunta: “¿qué quieres: aprender o pasar?”; Rogelio Huerta Quintanilla, de quien fui adjunto, me enseñó el amor por la teoría y que ésta no tiene sentido si no está vinculada con la realidad; Virginia Poo es quien me ayudó a superar mis límites y de quien aprendí que para ser economista no basta con saber de economía; José Vargas nos dio asilo en su cubículo –nuestro centro de operaciones– y, además, una de las grandes cátedras sobre la vida; y cómo olvidar a mi entrañable Fernando Noriega Ureña, quien no sólo fue mi profesor, mi mentor y mi guía, sino que me enseñó el amor por la teoría económica y por la formalidad en el análisis, y que siempre se preocupó por mi formación, no sólo profesional. De nueva cuenta, tengo que dejar de citar nombres de mis profesores, muchos de ellos, compañeros en los Coloquios de Economía Matemática y Econometría, otros más aún los recuerdo con mucho afecto y cariño.

Tengo que decir que la vida universitaria no es fácil, está llena de retos, calamidades, sinsabores, frustraciones, etc. Muchas cosas pasan en tu vida de universitario y entre más años estés en las aulas, las historias se multiplican; yo, puesto que soy “hecho en la UNAM”, puedo decirles que así es. Pero ninguno de esos malos momentos se compara con la satisfacción recibida al decir: “soy Puma” ni con las alegrías y los logros que la UNAM te permite alcanzar.

Al terminar la carrera, entré al INEGI y estuve ahí trabajando casi por siete años; después me fui a estudiar la maestría en la UDLAP y luego el doctorado en el COLTLAX, ambos becado. He estudiado en universidades públicas y privadas, como puede ver, estimado lector; pero es un placer decir: “soy ex alumno de la UNAM y somos buenos estudiantes porque la UNAM nos formó bien”. Tengo una gran responsabilidad respecto al avance de la ciencia económica. Hoy soy Profesor Investigador del Departamento de Ciencias Económicas de la Universidad Autónoma del Estado de Quintana Roo; me dedico a investigar temas como la distribución del ingreso, el crecimiento, el desarrollo, el derecho y la economía, el capital social, entre otros. Por mi formación en las aulas de nuestra Máxima Casa de Estudios, tengo un compromiso social, lucho por un México más justo y mejor; eso es lo que los verdaderos universitarios son. No soy mejor ni peor que ninguno, soy piel morena y sangre azul, soy hecho en C.U., soy simplemente un mexicano más que estudió en la UNAM; y es necesario reconocer que sería imposible tener esta gran universidad sin Fundación UNAM.

Profesor investigador en el Departamento de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Quintana Roo

Fuente: https://www.eluniversal.com.mx/

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  1. Federico Escalante Gallardo dice:

    Muy interesante grandes recuerdos vienen a mi mente al dar lectura estos párrafos.

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