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Fundación UNAM

Acerca de “El Confeccionador de Deseos”

Cuando le pregunté a Aniela Rodríguez si era buena escritora de cuentos, no me respondió “sí” o “no”, como suelen hacerlo aquellos autores a quienes le arrojo tan estúpida pregunta aprovechándome de la plataforma frágil del cuarto tequila. Aniela me respondió torciendo la boca, con una mueca más bien difícil de descifrar. Utilizando un verso de su libro de poemas “Insurgencia”, explico que aquella cara suya me pareció:

“Una preguntita de opción múltiple cuyas respuestas llegan hasta la letra equis”

Cuando se trata de leer cuentos de autores activos siempre saco, a manera de colador,  algo que le leí a Flannery O´Connor en unas fotocopias tristemente extraviadas. En resumen: pensar que un cuento se divide en estructura, lenguaje, personajes y trama, es tan soso como pensar que un rostro se conforma de nariz, ojos, boca y orejas. Un cuento es la mezcla en movimiento de todos sus elementos. Hay que aspirar a escribir cuentos que sean, a la par, un gesto de terror y clemencia, un rostro que provoca enloquecedora ternura. O bien un gesto inexplicable como el que Aniela, autora de “El confeccionador de deseos” me dedicó cuando le pregunté lo antes citado.

En mi opinión y hablando desde el más elemental asombro del lector, sí, Aniela Rodríguez escribe buenos cuentos.

El libro, editado por Ficticia, pone codo a codo a un total de diez textos. Todos ganadores del Premio Chihuahua de Literatura 2013.

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En efecto, como me advirtió su autora, se leen rápido, pero debido a que cada uno de ellos plantea un pequeño universo narrativo, es fundamental visitarlos desde el imperio de la re lectura. Conforme uno avanza en las páginas le sobrevienen unas ganas irresistibles de regresarse uno, dos párrafos. De volver a leer. De entender el cuento al cien por ciento. Hay en cada uno un enigma, una envoltura agarrada con uñas y dientes al caramelo que recubre.

A mi parecer escribir no es otra cosa que traducir al mundo en palabras. Así de simple. Palabras bellamente hiladas. Así de complicado. Un escritor observa una nube y piensa que puede describir mejor que nadie su discreto paso de navío a dinosaurio. Mejor uso ejemplos empleados por Aniela.

Si se trata de hablar del atuendo del mismísimo Satanás, dice: El condenado venía hecho un señorón, mancuernas de oro apretándole los puños y en la sonrisa quién sabe cuántos solecitos abotonados.

Otro ejemplo, igual de precioso, si se trata de una pareja que decide embarazarse, Aniela Rodríguez propone: Fue de José la idea de ponerle nombre a m barriga.

Y con este tipo de líneas primorosas, la autora va desplegando una serie de historias dentro de las que destaco la del menso gatito Mandala en “Omisión de una caída”, el miedo d un hombre a la lluvia en “Historia de un diluvio” y una versión pueblerina de El Bebé de Rosemary en “El hilo más delgado”. En esas tres historias destaco una agradabilísima insatisfacción por parte de la autora, ella quiere contarnos con sus propias palabras, haciendo gestos ambiguos y sordos en cada cuento, con cada protagonista.

Sin embargo la cuentista detrás de “El confeccionador de deseos” comete un terrible error. Uno bastante común entre los escritores de hoy en día. Está viva. Y esto quiere decir que de ella esperamos, sus lectores, muchos cuentos más. Que fortifique su prosa, que amanse sus recursos, que nos atrape con su participación en tan generoso género, en resumen: que nos lleve hasta la letra equis planteada en su poema de juventud.

Invito pues al lector de este balbuceo a acercarse al trabajo de una escritora mexicana que no adolece de los tropiezos comunes de tantas autoras de sus características: no escribe sobre sus sentimientos ni sobre ideologías de internet. Narra, confecciona, atrapa.

Y ahora, el quinto tequila.


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