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Patricia Kurczyn Villalobos

Fundación UNAM: Testimonio

Como egresada de la Facultad de Derecho, me siento, además de privilegiada y orgullosa, emocionada y amparada en todo lugar y tiempo por mi Alma Mater: la Universidad Nacional Autónoma de México. La emoción que me estremeció al entrar por vez primera a sus aulas impidió que advirtiera la frialdad de la construcción carente de la gracia arquitectónica de otras facultades. Esa emoción permanece y aún me estremece como profesora de la misma    Facultad, y se repite tan solo al pasar frente a la Ciudad Universitaria. Tuve el gusto de ser    parte de las primeras generaciones del maravilloso campus, hoy Patrimonio de la Humanidad. Era 1961 y los parques que se extendían al lado de las aulas, “las islas”, fueron aliento matutino para apreciar la belleza de la vida y la concesión que ésta me brindaba para abrevar los conocimientos de la ciencia del derecho, como el instrumento pilar de la vida en sociedad bajo  los cánones de la justicia. Me apasionaba adentrarme en las leyes y la doctrina, buscar y rebuscar entre los principios del derecho romano, cruzar siglos bajo el manto de la filosofía y también de la sociología, hasta llegar a una de las más importantes aportaciones del siglo XX:    el desarrollo del llamado derecho social como una tercera rama, híbrida o sui generis que sin contravenir al amante de la justicia, al riguroso jurista romano Ulpiano irrumpiera en su clásica distinción entre el ius publicum y el ius privatum otra rama: el derecho social que fue ensanchando su espacio a través de principios convertidos en leyes para atender lo que hoy identificamos como vulnerabilidad de personas o grupos, con el afán de encontrar la justicia,  valor que a la fecha se persigue, se construye, se defiende y se anhela. Escuchar a los grandes maestros para descubrir ese maravilloso mundo de leyes, particularmente el de la construcción social, marcó mi primera etapa de formación profesional entre 1961 y 1965 en cátedras inigualables y en recintos de la UNAM.

La procesión jurídica continuó en 1965, con mi ingreso como auxiliar de investigador —al entonces Instituto de Derecho Comparado, hoy de Investigaciones Jurídicas—, en tareas para clasificar libros y revistas e invitar a distinguidos juristas a reseñarlos; ello me permitió  acercarme a grandes juristas del mundo y familiarizarme con los pioneros del desarrollo del derecho social que definitivamente me cautivaría. Debo anticipar que los maestros que mayor influencia ejercieron en mi formación jurídica fueron Mariano Piña Olaya, profesor de Derecho  del Trabajo I (relaciones individuales y derecho de la seguridad social), con quien 15 años después me casé y formamos nuestra familia. Pero este encuentro también lo fue con el  derecho positivo laboral y con la docencia al haberme nombrado su adjunta en 1968, año en   que iniciaba mis estudios de doctorado truncos —temporalmente— por los tristes y sabidos acontecimientos en la historia universitaria. Otro profesor que influyó en mi vida profesional fue Roberto Molina Pasquel, que impartía Derecho Comparado y que me hizo feliz al distinguirme con la invitación a trabajar en el ya citado Instituto de Derecho Comparado, del cual era director  y en el cual continúo hasta la fecha. Su invitación marcó el horizonte de mi vida profesional. Ahí tuve la gran oportunidad de conocer al profesor español Niceto Alcalá-Zamora y Castillo, procesalista de renombre mundial, que con gran paciencia dirigiera mi tesis de licenciatura   sobre proceso laboral. Mi segunda etapa formativa ocurre en el posgrado que inicié por   segunda ocasión en 1994, con Néstor de Buen Lozano, español también, gran maestro laboralista, como asesor de mi tesis de doctorado, cuyas enseñanzas, por cierto, continúan después de su fallecimiento.

La formación universitaria me hizo profesional en el derecho pero definitivamente me concientizó sobre la desigualdad social y con ello llegó la urgencia de crecer en lo individual para disponer de más y mejores factores para poder unirme al esfuerzo de otros tantos universitarios por fortificar al sector social y nivelar la balanza de la justicia.

He sido investigadora de tiempo completo por 26 años en el Instituto de Investigaciones Jurídicas, profesora de Derecho Individual del Trabajo en la Facultad de Derecho y jefe de la División de Estudios de Posgrado; he tenido el gran gusto de fundar la Revista Latinoamericana de Derecho Social, que actualmente se ubica en los índices más importantes, con el reconocimiento de la propia UNAM y de Conacyt. Con este breve narro pretendo describir cómo el espíritu UNAM, ese que habla por nuestra raza, impregnó cada una de las etapas de mi vida permitiéndome formar y guiar a mis hijos, Karla y Juan Pablo, y ahora a mi nieta Paulina, así como a muchos alumnos. Como exalumna y académica estoy profundamente agradecida con   mi Universidad, con la seguridad de que a su amparo pude sembrar semillas que hoy han germinado exitosamente. Con ello tuve la oportunidad de honrar a la Universidad Nacional Autónoma de México que continúa como pilar y refuerzo de nuestra patria. Estoy convencida de que el sello de nuestro escudo y lo que representa, definitivamente, ha marcado y marcará a México para bien de mexicanas y mexicanos.

La UNAM es institución pública y gratuita; nido de sabiduría, la llamaría, y rico manantial de  ideas que han generado y generan un soporte científico y humanista para nuestra patria. La Universidad, hoy autónoma, la más grande de la nación, ha sido soporte de la educación universitaria a nivel nacional y es una de las atracciones más importantes en la educación superior y en la investigación. Su seno acoge a toda clase de estudiantes que manifiesten su deseo de estudiar y que deben honrar a esta noble comunidad, pero no todos gozan de condiciones suficientes para ello, por lo que es necesario buscar y generar apoyos y estímulos que les permitan incorporarse a esta colectividad. La pobreza no puede seguir siendo motivo de otros rechazos o impedimentos para disfrutar de los derechos humanos, entre ellos el de la educación.

La Fundación UNAM merece un reconocimiento especial por la labor que realiza desde hace 26 años para tales cometidos y para permitir que las oportunidades se amplíen y multipliquen con diversas estrategias de apoyo que robustecen los derechos humanos y la democracia. Los    invito a conocer algunos de sus logros, o ejemplos con la visita a su portal www.fundacionunam.org.mx

 Comisionada del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI)

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