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Fundación UNAM

Alfonso Oñate Laborde

Los murales de la UNAM

La memoria de la UNAM se construye como los murales de Rivera, Siqueiros y O´Gorman. Guijarros dispares, disímbolos recuerdos, perspectivas diversas exigen distancia y visión de conjunto. Apreciación imposible para quien no ve sino un centro de enseñanza, con un educando como recipiendario pasivo a quien se le da información de varia cuando no nula calidad.

Cuando ingresé, Coalcomán, Escuinapa, Mulegé, Tlaxiaco y Uriangato semejaban confeti esparcido sobre la República. Al poco, fueron adquiriendo otra fisonomía y se apropiaron de apellido y finalmente de nombre propio. Más pronto que tarde en sus rostros reconocí a compañeros y amigos.

Egresado de donde las tarimas de los salones obedecían no solo a razones de visibilidad, me sorprendió que de pronto mi apellido fuera precedido por el término “compañero”. Sobrevino el asombro cuando, sin mediar examen, mentores me dispensaban el apelativo de “colega”, para mis oídos “par”.

A menudo recuentos universitarios se enfocan en la facultad del autor y nombran maestros destacados. Yo tuve la enorme fortuna de discurrir por más de un reducto. Desafiaré las traiciones de la memoria para mostrar intersecciones y entresijos no siempre visibles para quienes no tuvieron la oportunidad de formarse y moldearse en la UNAM o quienes sí lo hicieron, pero sólo se asomaron a una Facultad.

El cuerpo docente como colectividad. En ella había destacados y amenos al lado de codiguerosy quienes precisaban actualización.

Mi tránsito por CU fue después del 68 y pude beneficiarme del nutrido y nutriente grupo de transterrados desde la Península Ibérica, así como de la recién llegada diáspora conosureña.

Tuve la fortuna de no verme constreñido. Durante un tiempo poblé dos institutos de investigación, al final ninguno se convirtió en mi morada. El recientemente fallecido Maestro Fix Zamudio me invitó al IIJ como becario y el IIF me brindó la oportunidad de publicar mi primera obra. Mi primer trabajo sobre el Impeachmentde Nixon lo difundió Radio UNAM. Inicié mi labor docente fuera de mi Facultad, en la entonces vecina FCPS. El CELE me brindó la oportunidad de estudiar dos idiomas, al tiempo que disfruté tanto los conciertos de la Sinfónica de la UNAM dirigida por Eduardo Mata, como los cine clubs de filosofía y del CUEC.

Pude favorecerme de seminarios internacionales con profesores de primer nivel al lado de investigadores nacionales de bien ganado prestigio.

De entre las frases desafortunadas de la Constitución de 1917 pocas tan perniciosas como: “Toda la educación que imparta el Estado será gratuita”. Ninguna educación lo es. La superior es bien cara. La educación superior de calidad demanda mucho dinero y la de excelencia requiere de inversiones cuantiosas. Lo que el engañoso texto mal dijo es que el costo de la educación no debía cubrirlo el educando. Para lograr la libertad de enseñanza e investigación, para mantenerse al día, para preservar y difundir la cultura, las instituciones de educación superior requieren nutrir sus siempre exiguas arcas de fuentes diversas de financiamiento.

Precisamente aquí se inscribe la venturosa iniciativa de ya casi tres décadas de la Fundación UNAM que brinda, además de a egresados a cualquier interesado, la oportunidad de contribuir a sostener brigadas de salud comunitarias —tan necesarias en este momento— o brindar becas de manutención a alumnos de alto desempeño víctimas de la actual crisis económica, entre otras muchas contribuciones.

Abogado Consultor y Profesor.

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