fbpx

Fundación UNAM

José Ángel Gurría

En deuda eterna con la UNAM

La UNAM fue una experiencia definitiva. Una experiencia multidimensional, integral, seminal. Influyó en las perspectivas, las ideas y las convicciones en las que se apoyaría el resto de mi vida. Mucho más que salones y profesores, la UNAM es una vivencia sociológica, humana, histórica, política, nacional, fundacional. El ideal de Vasconcelos de que en la UNAM “la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima”, se te mete en la sangre cuando estudias en la UNAM. Es como un despertar y México es el amanecer. Yo tenía apenas 17 años cuando inicié mis estudios en la entonces Escuela de Economía en la Ciudad Universitaria, a fines de los años 60, cuando iniciaba uno de los periodos más turbulentos de la historia contemporánea de México.

La UNAM fue un golpe de diversidad. Era y sigue siendo una cátedra viva sobre la enorme diversidad de México. La UNAM es un microcosmos del país. Te hace conocer a México, a los mexicanos de tantos estados, culturas y estratos socioeconómicos, como parte de un proceso natural, casi orgánico. Te abraza, te absorbe, te implica en sus entusiasmos, te involucra en su pluralidad cultural y socioeconómica sin darte cuenta. En la UNAM vives a México, lo sientes, lo intuyes, lo comprendes, lo aprendes, independientemente de la carrera que hayas escogido. Eso para mí tuvo un valor enorme y un fuerte impacto en mi conciencia social. Me llevó a desarrollar una vocación de servicio público. Yo provenía de una familia de clase media, y a los 17 años había conseguido un trabajo en la Comisión Federal de Electricidad (CFE), como secretario taquimecanógrafo. Pero gracias a que hablaba idiomas, a veces me mandaban a Nueva York a llevar unos pagarés al Chase Manhattan Bank o al Chemical Bank, lo cual me introdujo al mundo de las finanzas internacionales desde muy joven. Yo era un simple mensajero, pero me sentía como Ortiz Mena. Estudiaba en la UNAM y trabajaba en el gobierno. A veces, el equilibrio entre ambos era difícil.

Compartía clases con algunos alumnos que tenían dificultades económicas. Me percataba de las desigualdades que México sufría, que eran y siguen siendo el principal problema del país. Esta experiencia influiría años después en mi decisión de estudiar la maestría en Leeds, una de las universidades con mayor tradición social en Inglaterra. Pero también despertó mi interés por las políticas financieras y hacendarias como instrumentos de desarrollo y equidad. No es coincidencia que uno de los temas que más fuerte he impulsado en la OCDE durante estos 14 años en el cargo de secretario general es el de cómo promover un crecimiento más incluyente y sustentable. Hoy la OCDE es una institución enfocada en fortalecer la equidad y el bienestar social a través de “mejores políticas para una vida mejor”. Lo traje de México; lo traje de la UNAM.

Esa diversidad socioeconómica de la UNAM me permitió también percatarme de su importante papel como fuente de capilaridad social. Y es que la UNAM representaba la posibilidad de movilidad social, a través de la educación, para los jóvenes provenientes de familias de clase media y de bajos ingresos. La UNAM era y sigue siendo uno de los grandes “igualadores” de México. Una especie de ascensor profesional, social y económico. No solamente por las destrezas y habilidades que adquirías a través de los estudios universitarios, sino también por las redes y los apoyos que se brindaban entre profesores, estudiantes y egresados. La UNAM era entonces vivero de funcionarios del gobierno mexicano. Desde mis puestos en la CFE, en Nacional Financiera, en el DDF, en Bancomext, en Hacienda, en Relaciones Exteriores, tuve la oportunidad de recomendar y contratar a algunos de los
mejores promedios de mi generación. Uno llegó a ser director general de Banobras, otro de NAFIN, otros se convirtieron en funcionarios muy importantes en distintas instituciones. Y esto porque la convivencia en la UNAM creaba vínculos, lealtades, hermandad, visión y valores compartidos, solidaridad institucional, que se transformaban en oportunidades. Una verdadera meritocracia.

La UNAM me inculcó un sentimiento de que teníamos que ir más allá de nuestras licenciaturas, que teníamos que ir más allá de la propia UNAM. Teníamos un profesor, Luis Humberto Gaytán Rojo —Dionisio Meade era su adjunto—, que nos decía: “Aquí van a aprender muchas cosas, quizá van a aprender algo de economía, pero para triunfar en la vida, para que sus carreras de economistas realmente florezcan y trasciendan, van a necesitar aprender inglés, viajar al exterior, estudiar cuando menos una maestría, quizá un doctorado”. Esto fue hace más de 50 años. Era un visionario y tenía razón. La UNAM era una fuente muy importante de conocimiento y experiencias, pero había que ir más allá. Por eso conseguí la beca para hacer la maestría en Leeds. Recuerdo que me tuve que ir con un certificado de estudios provisional porque no podía titularme, ya que en el último semestre de mi carrera (1972) otro movimiento estudiantil tomó Rectoría durante varios meses, destruyeron documentos y archivos, y paralizaron la Universidad. Y es que la UNAM también era eso, un epicentro de la efervescencia política y social de México. Nos brindaba la oportunidad de vivir la historia de México, de ser protagonistas. Yo empecé la carrera en 1968, justo cuando empezaba el movimiento social que buscaba un cambio democrático y que fue reprimido brutalmente. Murieron cientos. La UNAM jugó un papel central en el movimiento. Y a nosotros nos tocó vivirlo de cerca. Perdimos parte importante del primer año de clases por las manifestaciones y las confrontaciones. Por cierto, cuando el ejército tomó la UNAM, se llevaron detenidos a muchos, entre ellos a la directora de la entonces Escuela de Economía, Ifigenia Martínez —hoy senadora— y a quien entonces era mi jefe en la CFE, Antonio Mortera, que estaba ahí como miembro del jurado de un examen profesional. Me acuerdo que fui a la cárcel a llevarle cigarros y tortas. Días después lo soltaron. México entero estaba traumatizado. Pocos días después se inauguraron los Juegos Olímpicos, que fueron como un linimento social.

Entre 1968 y 1972 perdimos un año entero de clases, pero la experiencia de estar tan cerca de la lucha social y política del país nos enseñó más de lo que pudimos haber aprendido en el salón de clase. En mi caso me gravó el tema de la justicia social en mi conciencia profesional. De hecho decidimos que mi generación, la 1968-1972, se llamaría “Generación Tlatelolco”, porque esos eventos nos marcaron a todos profundamente. La UNAM nos permitió vivirlos y sentirlos y desarrollar una sensibilidad especial hacia “la Política”, con “P” mayúscula, tanto por la parte político-electoral, como por la parte de las políticas públicas.

Por supuesto que era difícil estudiar en medio de tantos acontecimientos. Pero a la vez era un gran estímulo. Era emocionante ser parte de todo aquello. Recuerdo que, en medio de la huelga, me preguntaban que por qué no me cambiaba a la Ibero o al ITAM o a la Anáhuac, todas excelentes universidades privadas. Algunos de mis compañeros se salieron. Pero yo dije no, yo no me voy, yo me quedo aquí. Sentí que ese era mi lugar, que yo pertenecía ahí, que tenía que perseverar y contribuir ahí, en la UNAM. Y esa es otra de las cosas importantes que te deja el estudiar en la UNAM, un sentido profundo de pertenencia, de orgullo institucional que te acompaña toda la vida. Te sientes parte de un equipo, de una familia y siempre traes puesta esa camiseta. El grito de “Goooya” te acompaña en todos tus logros. Recuerdo que yo le iba a las Chivas, por mis vivencias de infancia, pero cuando llegué a la UNAM, los Pumas se me filtraron por la banda izquierda del alma. Años después, ese sentido de pertenencia se convierte en un sentimiento de solidaridad con la UNAM, con mi alma mater; en deseos de ayudarla a mejorar, de apoyarla desde la posición que has alcanzado en tu vida profesional, pues se lo debes a ella.

Cuando estudias y trabajas en el extranjero y la comparas con otras universidades, te das cuenta de las ventajas, pero también de las carencias y los déficit de la UNAM: en materia académica, presupuestal, digital, la falta de profesores de tiempo completo, la precariedad de algunas de sus instalaciones, y te pones a ayudar. Recuerdo que cuando fui funcionario de Hacienda fortalecimos la Asociación de Ex-Alumnos de la Facultad de Economía. Conseguimos un financiamiento para dotar de un patrimonio a la Asociación a través de una operación de “SWAP” de deuda por educación. Con eso aseguramos la permanencia de la Asociación, la cual ha becado a través de los años a muchos cientos de estudiantes de excelencia académica, único criterio para obtener las ayudas. La Asociación además apoya a los estudiantes a través de clases de inglés, de computación, de distintas disciplinas de la carrera, hasta clases de español, para ayudar a los muchachos a mejorar sus habilidades de redacción y expresión oral. Ahora, cuando voy a México en misión, con frecuencia me encuentro a alumnos o exalumnos que recibieron becas o cursos de la Asociación, que nos agradecen el apoyo. También creamos becas para profesores, para estimular la creación de investigadores de tiempo completo. Yo presidí la Asociación durante varios años y me siento muy orgulloso de ese trabajo. En enero de 2020, durante mi visita oficial a México, firmamos un convenio de colaboración entre la OCDE y la UNAM, en presencia del rector y del director de la Facultad de Economía, y lanzamos la primera Cátedra OCDE-UNAM para que expertos de la OCDE puedan compartir sus conocimientos y experiencias con los alumnos y profesores de la UNAM. Y es que la UNAM nos da la oportunidad de materializar aquel ideal que exaltaba Ortega y Gasset en su Misión de la Universidad, de vincular ciencia, investigación y evidencia con política y políticas públicas para mejorar la realidad de la gente. Por cierto, por eso hay que apoyar a la Fundación UNAM, que tiene precisamente estos propósitos. Todo eso y más me dejó la UNAM. Las vivencias, las experiencias, las violencias, la sensación de que eres parte de un proceso histórico crucial, la pasión por el progreso social y un espíritu de superación, de que tienes que ir siempre más allá. Pero también de que siempre hay que volver la vista atrás y acordarse de lo que nos dio la UNAM.

La UNAM fue fundamental para mí en otros aspectos. La mejor decisión de mi vida fue casarme con Lulú Quintana, distinguida oftalmóloga, entonces estudiante de medicina de la UNAM, quien dedicó toda su vida profesional a servir a los más pobres, enfermos de la vista, en el Hospital de la Luz. Llegó a ser la directora médica del hospital, donde atendían a 350 pacientes al año. Su vocación de servicio la adquirió en la UNAM. Varios de mis jefes y mentores estudiaron en la UNAM. Trabajé y trabé amistad con varios rectores de la Universidad. Inclusive hoy —gran coincidencia— mi consuegro es el rector de la UNAM (lo cual hace muy difícil irle a las chivas).

No podría explicar lo que soy ni mi paso de ser joven a ser hombre, a ser un profesional, a ser funcionario público sin la constante que siempre fue la UNAM. Yo participé muy activamente en la restructuración de la deuda externa de México, lo que nos permitió reducir su monto y su costo. Con la UNAM tengo una deuda eterna que aumenta día con día y que nunca podré pagar.

Secretario General de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)

2 thoughts

  1. Es un gusto tener compañeros Universitarios de este Nivel que dan brillo a nuestra institución, Debemos tener y seguir este ejemplo y tratar de imitarlos para igualarlo y superarlo, de momento este compañero ya puso en alto el nombre de nuestra Querida Universidad Nacional Autónoma de México.
    Gracia a José Ángel Gurria

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *