Juvenal Lobato Díaz
La UNAM y yo
Mi historia en mi querida UNAM inició cuando vi en la puerta de Orientación Vocacional de mi secundaria (Escuela Secundaria Oficial No. 161) un cartel con las fechas de inscripción para realizar el examen de ingreso a la preparatoria. La fecha en que me tocaba hacer ese trámite fue el lunes siguiente al día en que murió el corredor de autos Ayrton Senna da Silva, y lo recuerdo así de claro porque de camino a Avenida del Imán para hacer dicha gestión administrativa justamente pasábamos mi mamá y yo frente a lo que después supe que era el Estadio Olímpico Universitario, y en el radio del taxi que tomamos se escuchaba la noticia (no se me olvida que fue una fortuna lo que nos cobró). Me acuerdo también de que le dije a mi madre: “Mira, ma, qué bonita escultura”; hoy tengo conocimiento de que es la obra de Diego Rivera La Universidad, la familia y el deporte en México.
Me inscribí, presenté mi examen (en una escuela de la colonia del Valle cuyo nombre no recuerdo) y fui aceptado, pero al final el nivel medio superior lo estudié en el CECyT 12 (Voca 5 Jacarandas) del IPN.
Para ingresar a la UNAM a cursar la carrera de Derecho tuve que volver a realizar el examen de admisión y revalidar tres materias: Ética, Lógica y Derecho, y decidí hacerlo presentando los exámenes respectivos en la DGIRE (Dirección General de Incorporación y Revalidación Escolar). En septiembre de 1997 tuve mi primera clase en la Facultad de Derecho de la Máxima Casa de Estudios.
Sin embargo, mi historia con mi querida Universidad quizá se resuma en cómo experimenté la huelga de 1999.
La huelga de la UNAM de 1999-2000 la viví como he vivido prácticamente todos los eventos de mi existencia: de manera intuitiva. Fue muchos años después, y hoy mismo lo sigo haciendo, cuando dimensioné lo que aquel suceso histórico dejó en nuestra Alma Mater, en el país y, sobre todo, en quienes, como yo, hoy sabemos que sin la Universidad no seríamos lo que somos, pero tenemos la certeza de que no seríamos mejores (como dijo Juan Ramón de la Fuente).
El 19 de abril de 1999, un grupo del curso de Derecho Administrativo del profesor Alfonso Nava Negrete (fundador del hoy Tribunal de Justicia Administrativa de la Ciudad de México y magistrado de la Sala Superior del otrora Tribunal Fiscal de la Federación) salimos rumbo a Veracruz, al tradicional viaje que este docente organizaba con sus alumnos.
Creo que nadie de quienes íbamos sabíamos la forma en la que nos cambiaría la vida la huelga en la que concluyeron los días previos de efervescencia universitaria por la reforma al Reglamento General de Pagos. Entre otros, según mi memoria, en ese viaje iba Simón Levy, Rafa García, Mario Iván González y Mónica Schaffino. De mi generación también recuerdo a Mariana Benítez (hoy diputada federal), Zamira Zapata y David Barajas (ambos con trayectorias destacadas en el ámbito corporativo), así como Alex Paz, Gustavo Zavala, Jimena Gómez, José Luis Mosqueda, Erika Arias y Dulce Abarca; y, no de mi generación, pero también destacado, Alejandro Madrazo.
Al volver, no regresamos a la Universidad: regresamos a una vida que, por lo menos para mí, fue muy diferente. Tuvimos clases extramuros en el sur de la Ciudad, lo que para alguien que vivía en el norte de Ecatepec era una travesía diaria (aún más que llegar a C. U.).
Recuerdo que recién mi papá me había apoyado para comprar un vochito guinda 78… Bueno, creo que yo le aporté algo, pero en realidad él cubrió el gasto. En él pasaba por algunos de mis compañeros a las colonias Polanco y Roma (no tenía idea de dónde estaban estos lugares).
Mis maestros en ese cuarto semestre, el cual cursaba al estallar la huelga, eran José Dávalos (Derecho Individual del Trabajo), Miguel Ángel Zamora y Valencia (Contratos), Fernando Serrano Migallón (Derecho Constitucional), el ministro Juan Silva Meza (Delitos Especiales), entre otros.
Las clases de Derecho Individual del Trabajo las tomamos, en medio del frío y de los corredores matutinos, en el Parque Hundido, a las 7 de la mañana. Karla Quintana Osuna (seguramente saben a quién me refiero, a propósito del tema de las personas desaparecidas) siempre me ha dicho que ella se despertaba casi a la hora, pues vivía cruzando Insurgentes, y yo salía de Ciudad Cuauhtémoc, Chiconautla, varios minutos antes de las 5 de la mañana.
Después de concluir ese semestre extramuros seguíamos sin volver a la Universidad; pasaron casi ocho meses más para hacerlo. En ese tiempo sólo me dediqué a trabajar en la carnicería y taquería de mi mamá y mi papá, un ritual semanal que se hizo costumbre. Particularmente recuerdo los viernes: me paraba a las 4:30-5:00 de la mañana y me subía, casi durmiendo, a la camioneta Ford 3500 roja, que por lo general mi papá manejaba, con uno de mis tíos o primos al lado, para ir a Zumpango y Tizayuca a comprar, ya fuera en casas o en alguna granja, diez o quince cerdos para después llevarlos al rastro y regresar en la tarde por ellos para desbaratarlos y venderlos el fin de semana. Los desayunos de esos días son inolvidables, primero, por lo rico que sabían (sobre todo los caldos de gallina frente a la base aérea de Santa Lucía –cerca de donde hoy está el AIFA– y los tacos de guisado de la cuenca lechera en Tizayuca, Hidalgo) y, segundo, por las expresiones en las caras de quienes estaban en los lugares al ver a tres tipos sucios y apestando a estiércol de cerdo.
Seguí la huelga por las noticias. El maestro Serrano (en ese momento no sabía que sería uno de mis mentores) fue nombrado abogado general en noviembre de 1999. Sin conocerlo mucho pensé que su nombramiento había sido una buena decisión y el tiempo lo confirmó. Una mañana de domingo, el 5 de febrero del 2000, cuando estaba empezando a vender los tacos de carnitas, mi papá se me acercó para decirme: “Sube a ver la tele, la PFP está entrando a la Universidad, a C. U.”. La historia después de eso la sabemos: regresamos a las aulas.
Terminé la carrera en septiembre de 2002 y comencé a dar clases en la Universidad Iberoamericana, en la División de Educación Continua, en noviembre de ese mismo año.
Mi examen profesional fue el 16 de noviembre de 2004, con la tesis Inconstitucionalidad del sistema de retención y entero de Impuesto sobre la Renta en materia de ingresos por intereses. Doce años después, la Suprema Corte de Justicia de la Nación coincidió con los argumentos ahí planteados, y la mamá y la hermana de la doctora Socorro Marquina obtuvieron una resolución favorable en un juicio de amparo que promovimos. Mi asesor de tesis fue el maestro Miguel Ángel Vázquez Robles (otro de mis guías).
En mayo de este año mi despacho, especializado en temas fiscales y constitucionales, cumplió trece años. Antes fui socio de uno de mis mentores, Fernando Pérez Noriega. Por otro lado, el pasado 7 de febrero cumplí veinte años de dar clases en mi Alma Mater y ahora estoy inscrito en el doctorado.
Todo lo anterior no hubiese sido posible sin el apoyo de la beca que me concedió Fundación Telmex durante la carrera. Por ello, cuando me volví docente tuve claro que parte de los ingresos que obtenía por esa actividad debía donarlos y, sin duda, la opción era Fundación UNAM.
Muchos jóvenes, como yo en su momento, no podrían estudiar sin esta clase de estímulos. La función social de Fundación UNAM debe apoyarse siempre, pues representa un factor importante para la movilidad social de los alumnos. No quiero terminar sin agradecer a todo el personal de Fundación UNAM, siempre atento y dispuesto a ayudar a todo aquel que se acerca.
Sin la UNAM no sería el mismo, pero seguro no sería mejor.
Abogado y profesor universitario.
Fuente: www.eluniversal.com.mx





