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Fundación UNAM

Nadia López García

La UNAM y yo

Recuerdo que en el bachillerato, una maestra nos habló de la universidad más grande de todo México: “allá en la UNAM, hay camiones que te llevan de un lugar a otro, hay muchas bibliotecas y tienen muy buenos maestros. Es una universidad de ensueño”, eso nos dijo y así fue, la UNAM se convirtió en todo un sueño para mí. Cada que tenía un dinerito iba a rentar media hora de internet y buscaba todo lo que pudiera sobre ella. Me impresionaba ver las fotografías de los murales y saber que es la mejor universidad de México y una de las mejores de América Latina y del mundo entero.

Así que, sin dudarlo, comencé a estudiar y a prepararme para hacer mi examen de ingreso a la UNAM. Estudié muchos meses de forma autodidacta, sin comprar guías, sin cursos de preparación y sin maestros particulares porque no teníamos dinero, apenas lográbamos salir con el gasto de la casa. Recuerdo que una noche antes del examen viajé con mi papá de Oaxaca a la Ciudad de México para que pudiera presentarlo, jamás había visto tantos autos en toda mi vida; era un mar de gente, tanta, que casi nos perdíamos y no llegaba al examen. Tiempo después, llegaron los resultados, fueron favorables. Sentí una gran felicidad, pero mi camino y travesía apenas comenzaban.

A pesar de que en nuestra Universidad las cuotas son, prácticamente, de centavos e inexistentes, tenía que financiar mis libros y los materiales de la carrera. Entonces comencé a vender ropa y café, fui mesera, limpié casas y lavé ajeno para solventar mis estudios. Todo esto lo cuento porque un día, hace muchos años, sentada frente a la Biblioteca Central, lloré como casi nunca y estuve a punto de rendirme. Lloré de rabia e impotencia, me dolió darme cuenta de que muchas veces tuve que decir que algo no se me antojaba o que no lo necesitaba porque sabía que mis papás no tenían para comprarlo o no podían dármelo. Me di cuenta de que en infinidad de ocasiones tuve que elegir entre echarme un taco o comprar las copias de la escuela. Frente a los murales de mi universidad, llegué a enojarme y dolerme por no haber nacido en un hogar rico, por no tener padres profesionistas y por no tener amistades de dinero que pudieran financiar mis estudios, mis pasajes o invitarme una comida.

Llevé mi dolor a cuestas mucho tiempo y recordé las palabras que una vez una persona me dijo: “las personas como tú no son profesionistas ni universitarias, ya deberías saber eso”. Por un momento las creí, pues pertenezco a una parte del mundo que por años y años ha sido violentada por ser hablante de una lengua indígena, donde el racismo y la discriminación, así como el despojo han hecho que muchos espacios se nos cierren. Sin embargo, contra toda esa violencia, ese dolor y ese quererse rendir cuando las situaciones y los pronósticos son poco alentadores, siempre existirá la solidaridad, el acompañamiento y el apoyo. Por ello, les agradezco a todas las personas que me ofrecieron una palabra, un taco o unos libros, cuando nadaba contra corriente, para que lograra terminar mis estudios y, así, ser la primera mujer en mi familia que concluyó una carrera universitaria.

Me hubiera gustado saber antes de la Fundación UNAM y de todo lo que hace. Les invito a que se acerquen a ella y la conozcan. Y si una Nadia está leyendo esto, que sepa que sin importar su origen, hay alguien que la puede acompañar en sus sueños.

Poeta y promotora cultural Ñuu Savi

Fuente: https://www.eluniversal.com.mx/

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