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Nancy Pérez García

Soy producto de la mezcla de dos grandes pueblos. Por un lado, mi madre es de un barrio originario de la Ciudad de México (CDMX): Xochimilco, lugar que me permitió crecer entre tradiciones, dentro de una comunidad que tiene especial amor a la tierra y a la familia. Disfruté mi infancia paseando entre el ir y venir de los canales, entre los sembradíos de las chinampas del abuelo y la deliciosa comida de mi adorada abuela. Por el lado de mi padre, conocí el tema que se convertiría, al paso del tiempo, en mi proyecto de vida. Él nació en el estado de Guerrero, desde donde muy joven debió migrar a la capital del país. Sin embargo, eso no limitó nuestros viajes cotidianos a aquel pueblo mágico entre las montañas, ni admirar la belleza de la naturaleza, sus costumbres, la humildad de su gente, el valor que mi abuelo daba a la palabra. Soy una persona afortunada por las familias en las que me crie.

Para mis padres, la UNAM siempre fue el destino al que debía llevar el camino educativo de sus cuatro hijos. Desde muy niña, me habían dado la gran responsabilidad de abrir brecha hasta donde ellos creían que era la meta. Mis hermanos y yo teníamos que ingresar a la Máxima Casa de Estudios, al espacio al que ellos habrían querido llegar, pero sus condiciones familiares no se los habían permitido, a pesar de su inteligencia y tenacidad. En esos días recuerdo mucho las pláticas con mi papá, de sus expectativas, del mundo por conocer, de la importancia de entrar a la Universidad; me insistía en lo necesario de aprender un idioma y en su confianza en mí. Yo sentía mucha presión de no defraudarlos, por un lado, y de ser el apoyo que ellos esperaban para mis hermanos, por el otro.

Cuando ingresé al Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Sur, se abrió el universo para mí, pero al mismo tiempo me sentía en casa. Todo me parecía maravilloso: la diversidad de personalidades que convivíamos, la libertad, el tiempo de ocio para poder hacer lo que quisieras, desde irte a las caballerizas a platicar, a la biblioteca a investigar, a Ciudad Universitaria a aprender algún deporte o a la zona cultural a escuchar un concierto. Había para todos y para todo, tú decidías qué camino seguir. La cercanía a C. U. propició desde un inicio estar inmersos en las demandas de los alumnos. Los boteos para apoyar las causas estudiantiles o a los compañeros necesitados eran parte de lo cotidiano. En esos años, a través de una beca de la UNAM pude acceder al aprendizaje del idioma inglés.

Mi papá siempre platicaba de política conmigo; eso fue perfilando mi interés en llegar a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), en donde me incorporé a la carrera de Relaciones Internacionales. Desde mi ingreso me impliqué en la conformación de grupos estudiantiles interuniversitarios, en los cuales aprendería de participación ciudadana y observación electoral, teoría y práctica en todo momento. Por invitación de mi querido profesor de Teoría Social, magistral en sus clases, me sumé a una asociación civil donde tomamos parte estudiantes de la UNAM y de la IBERO para organizar, entre otras cosas, actividades con los candidatos a la Primera Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal en las instalaciones de la Universidad o ejecutando procesos electorales y ejercicios de conteo rápido independiente.

Cómo olvidar la huelga. Recuerdo alegatos con mis padres cuando me quedaba a pernoctar en la Facultad. Fueron mis incipientes luchas de autonomía en casa para ejercer mi derecho a la participación, en ese caso, mi derecho a formar parte de un movimiento social que estaba ocurriendo en mi Universidad. A mi mente vienen discusiones y desacuerdos con el “Moch” sobre las formas en las que se conducían las acciones en la Facultad y aprendí “a la brava” que la participación activa te da la autoridad en la toma de decisiones.

Pasados los meses, salió una convocatoria de la Secretaría de Relaciones Exteriores de un Programa de Prácticas Profesionales en el Exterior. Participé y fui seleccionada. Lo que era un viaje de un par de semanas en el Consulado de Orlando, Florida, se convirtió en un año de trabajo con la comunidad de mexicanos migrantes radicados en esa localidad y dedicados en su mayoría a la pisca de cítricos. Ahí se definió mi proyecto de vida: velar por la causa migrante en una organización civil. Para ello fue muy importante conocer parte del sistema consular mexicano y a funcionarios de primer nivel, que me acogieron e involucraron en el servicio público. Mi día a día consistía en salir a trabajo de campo, ir a los condados donde se encontraba la gente para entregar matrículas consulares o ir a las cárceles donde estaban paisanos detenidos, para entrevistarlos previo a su deportación. Esta última experiencia fue la que detonó la causa social que abrazaré de por vida.

Así regresé y reforcé la idea de que la riqueza del saber estaba en ponerlo en práctica y conocer a las personas y sus contextos. Me titulé de la licenciatura y me incorporé al gobierno federal, lo que me permitió identificar las limitaciones que las propias instituciones tienen, ya sea por sus regulaciones, sus estructuras o las dinámicas del personal. Años más tarde volví a las aulas a hacer la maestría en Cooperación Internacional para el Desarrollo en el Instituto José María Luis Mora y cuando concluí retomé el trabajo en la sociedad civil. La experiencia previa en la administración pública facilitó que el diálogo y la construcción de propuestas de marcos normativos y programáticos que encabecé fueran realistas, lo que dio paso a que algunas iniciativas avanzaran en la agenda de migración y protección internacional, no sólo en México sino a nivel regional. En estos años desarrollé un importante liderazgo como referente en el país en dichas materias.

Las responsabilidades profesionales y la maternidad me hicieron, temporalmente, pausar mis estudios de posgrado, pero por fin este 2024 obtuve el grado de doctora en Economía por el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Regresé al gobierno, ahora local, en la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, donde toda la experiencia acumulada ha favorecido el acompañar procesos de articulación y potenciar el crecimiento internacional de la institución.

La UNAM me dio la oportunidad de tener un desarrollo personal e intelectual y será siempre parte sustancial de mi vida. Me permitió, por un lado, el acceso a la movilidad social que mis padres anhelaron para sus hijos, todos profesionistas, dos de ellos con posgrados, y pioneros en lograrlo dentro de ambas familias; y, por otro, dotarme de las herramientas para realizar mi proceso de autonomía, de aprender a cuestionar, de saber que el conocimiento es infinito, de imaginar, de construir, de ser solidaria, de reforzar mi conciencia social e innumerables cosas más. Y lo más importante, en la Facultad conocí al padre de mis hijos, con quien formé un hermoso hogar: León y Valentina son nuestros motores de vida y los cuatro nos reconocemos como familia Puma de corazón.

Celebro estas treinta y un décadas de existencia de la Fundación UNAM y agradezco esta invitación para viajar en el tiempo retejiendo mi historia. Sin duda el apoyo invaluable de la Fundación a los alumnos, a los investigadores y a los exalumnos marca para muchos un paso decisivo para poder iniciar o continuar sus proyectos. Gracias infinitas a mi Alma Mater. Que miles de personas más encuentren en la educación pública, gratuita y laica la gran oportunidad de vida que yo hallé en la UNAM.

Defensora de derechos humanos. Actualmente colabora en la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México y está a cargo de la Secretaría Ejecutiva de dicho organismo.

Fuente: eluniversal.com.mx

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