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Fundación UNAM

Vicente J. Hernández Abad

La UNAM: Diversas visiones del mundo dentro del mejor de los mundos

Sin lugar a duda, mi emoción y dicha por corear en esa tarde-noche de verano de 1988 mi  primer ¡Goya! dentro del auditorio del Plantel 4 “Vidal Castañeda y Nájera” de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) sobrepasaron, por mucho, mi desconcierto y miedo a lo desconocido, propios de un joven de 14 años quien, avecindado cerca del Centro Histórico del entonces Distrito Federal, cruza en solitario la mitad de la ciudad a través de una ruta jamás recorrida en el transporte público, para encontrarse con un imponente e histórico escenario, marcado por la dimensión del recinto, la sobriedad de las instalaciones (pero, sobre todo, de las autoridades universitarias) y de una oferta inconmensurable de oportunidades de aprendizaje, desarrollo humano y científico.

Mi estancia en la ENP 4 transcurrió, por describirlo de una forma sencilla, entre dos mundos, o   al menos dos visiones diferentes del mundo. La primera de ellas, la de los estudiantes del turno nocturno, al que fui asignado en el año de mi ingreso. Todos  los compañeros de mi grupo   tenían una edad mayor a la mía, y varios eran ya padres y madres de familia, trabajadores de medio turno por la mañana o por la noche en ocupaciones diversas (obreros, choferes, cocineras), con responsabilidades adquiridas y con un enorme ímpetu de mejora para ellos y su entorno. En ese primer contacto, entendí la relevancia de la Universidad de la nación para la trasformación de la sociedad, a la par de la Universalidad de nuestra institución en cuanto a las perspectivas de la realidad que se afrontan en el entorno cotidiano. La segunda visión del  mundo, al que tuve la oportunidad de acceder al iniciar un nuevo ciclo anual dentro del bachillerato, era la del turno matutino en el mismo plantel, en el que mis compañeros, todos de  mi edad o apenas mayores, rebosaban de vitalidad e ilusiones, en un entorno de apoyo familiar casi completo en la mayoría de los casos. Ambas visiones del mundo, el de los preparatorianos mayores del turno nocturno y el de los jóvenes del turno matutino, tenían como punto de convergencia tanto el anhelo de transformación de nosotros como estudiantes, como la excelencia de nuestros profesores, de los que recuerdo con cariño a eminentes universitarios como Carlos Dión, Germán Morales, Inés Barrón, Irene Quiroz, Olimpia Jiménez y Fidel    Corpus. A las tres profesoras debo mi elección y vocación por la carrera de Química Farmacéutica Biológica, así como debo al profesor Corpus mi amor por la música coral, y la adquisición de una de las habilidades que más me ha ayudado a ejercer mi vocación docente: la impostación de la voz (¡Además del honor de cantar en la Sala Nezahualcóyotl con el coro de la ENP!).

Al concluir el bachillerato, mi paso a la licenciatura es marcado por un enorme cambio no solamente geográfico dentro de la vastedad de nuestra ciudad (pasando de la ruta centro- poniente a la centro-oriente, diametralmente opuesta), sino una transformación de mi visión  sobre la Universidad. Un mundo nuevo se me ofreció al ser asignado por pase reglamentado para estudiar la carrera de Química Farmacéutica Biológica en la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP), hoy Facultad de Estudios Superiores (FES) Zaragoza.

Este nuevo mundo rompió con mis paradigmas de Universidad, empezando por sus aulas (de contar con bancos fijos de paleta y en conformación de auditorio a un arreglo con mesas  binarias al nivel del profesor), por sus laboratorios y bibliotecas (pasando de prácticas fijas al desarrollo de proyectos guiados por un docente dentro del sistema de enseñanza modular) y, sobre todo, por mis profesores, muchos de ellos recientemente egresados de la licenciatura,   con algunos años de práctica profesional, apenas adentrándose en la industria, la docencia o   en la investigación, pero con gran afán por enseñar y continuar con su propio aprendizaje de manera cotidiana, como es característico de las ENEP-FES. Este sistema me permitió un aprendizaje eficaz y eficiente de mi disciplina, junto con la fundamental interrelación con los profesionales (algunos en ciernes, otros ya consolidados) de las otras seis carreras que en ese momento se impartían en mi Facultad, en un entorno en el que el estudiante entiende la multidisciplina como el escenario natural de su futuro desempeño profesional y con ello cultiva   la tolerancia, la empatía y el trabajo en comunidad. A la ENEP-FES Zaragoza debo también la oportunidad de haber convivido, como alumno, con cientos de compañeros provenientes de los entornos cercanos a la misma, así como de diversos estados de nuestro país, cuyas visiones   del mundo me enriquecieron y permitieron, en conjunto con su excelente calidad académica, su desafiante entorno y la constante capacidad creativa e innovadora de nuestra comunidad, forjar una sólida y solvente personalidad como profesional, que caracteriza a los universitarios egresados del campus de la FES Zaragoza de la UNAM, a los siempre ¡Orgullosos universitarios zaragozanos!

La solidez de mi formación en la FES Zaragoza permitió que me introdujera en otro mundo  nuevo para mí, el de la Investigación dentro de la Universidad, de la mano de la doctora Ángela Sotelo López, profesora Emérita de la Facultad de Química (FQ), con quien tuve una  oportunidad para desarrollar mi trabajo de tesis de licenciatura y publicar mi primer trabajo científico, y cuya tutela me acercó al Posgrado Universitario, en ese momento el Programa de Maestría en Biofarmacia, en el recién estrenado Conjunto “E” de la FQ, en cuyas aulas y bajo la guía también de grandes universitarios, de los que hoy me honro no solamente de haber sido    su alumno, sino de ser un colega que los estima y admira, pude especializarme en las áreas de Desarrollo Farmacéutico y Biofarmacia, mismas que permitieron mi incorporación a la docencia   y la investigación, al regresar a mi amada FES Zaragoza como profesor.

Al conocimiento de todos estos mundos, dentro del mejor de los mundos, que es la UNAM, debo la posibilidad de ser un profesional útil a la sociedad, comprometido con mi país, siempre dispuesto a mejorarlo, aprendiendo a amarlo cada día más y mejor. Este amor se ha traducido para mí en la cotidiana dicha de llevar a cabo con la mayor amplitud a mi alcance las funciones sustantivas propias de nuestra institución, siendo mi orgullo más grande el decir que soy un profesor universitario, quien en casi dos décadas y media como docente, ha impartido clase frente a grupo, de manera ininterrumpida, a más de 2 millares de alumnos, y quien asume   ahora la enorme responsabilidad de impulsar la formación de excelencia, la generación de conocimiento y la difusión cotidiana del quehacer de una comunidad de más de 16 mil universitarios ¡Todo un orgullo, reitero!

En todos esos mundos, en la diversidad de realidades de la UNAM, encontré la confluencia de jóvenes universitarios cuyo principal anhelo es siempre la transformación positiva de la realidad del país; jóvenes que requieren, en no pocas ocasiones, de apoyos diversos en virtud de la realidad social que llegan a atravesar en un entorno económico también complicado.

Para muchos, como lo fue para mí, la Fundación UNAM permite, a través de sus múltiples programas de impulso y fortalecimiento de la Universidad y de los universitarios, la posibilidad de continuar   y concluir estudios de licenciatura. En mi caso, proveniente de un entorno económico difícil, y    en medio de recurrentes crisis económicas, la más importante de ellas para mi familia en 1994, hubiera sido no sólo imposible, sino impensable, cristalizar mi anhelo universitario, si no hubiera tenido el privilegio de ser becario de la primera generación a la que apoyó la muy noble Fundación UNAM. Por lo anterior, no solamente agradezco a la Fundación su apoyo, sino que me he comprometido desde mi primer día como profesional a respaldarla y apoyarla de manera decidida, a fin de que su labor en bien de la juventud universitaria y, por ende, en bien de   México, continúe y se extienda por mucho tiempo y con la mayor cobertura posible, con toda mi convicción de que la Fundación UNAM contribuye a que nuestra Universidad siga permitiendo a miles de jóvenes conocer y mejorar su percepción del mundo dentro del mejor de los mundos.

Director de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza de la UNAM