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Fundación UNAM

William Lee Alardín

Aprendizajes en la UNAM y Fundación UNAM

Ingresé a la Universidad Nacional Autónoma de México en el otoño de 1987 a través de la Facultad de Ciencias, porque para hacer Astronomía, que es lo que yo quería hacer, uno por lo general primero tiene que estudiar Física. Tuve la suerte de contar con una familia, muchas amistades y un magnífico profesor de Física y Química en la preparatoria que me alentaron en esta idea. En los cuatro años que pasé en las aulas de la Facultad cursando las materias del plan de estudios, puedo decir que adquirí, a través de mis maestras y maestros y de mis compañeras y compañeros de generación, todas las herramientas necesarias para desenvolverme profesionalmente. Y esto no se limita a las integrales de línea, la mecánica cuántica, las funciones especiales o los experimentos de electrónica, sino a lo que significa ejercer una profesión donde el hilo conductor es el cuestionamiento, el aprendizaje, la discusión abierta, cambiar de opinión cuando a uno le demuestran que está equivocado, y pasar un buen rato con amigos en una conversación abstracta, por ejemplo. Por supuesto, de la adquisición en el momento de algunas, muchas o pocas, de esas capacidades uno no se da realmente cuenta sino hasta mucho, mucho tiempo después.

Hacia el final de los semestres dedicados a las materias, finalmente pude pasar más tiempo en contacto directo con lo que me había traído a la Facultad en primer lugar, y en Manuel Peimbert, hoy Investigador Emérito de nuestra UNAM, en el Instituto de Astronomía, encontré a un investigador y una persona ejemplar, de muchas maneras. Mentor, maestro, biblioteca ambulante con una memoria prodigiosa y una facilidad extraordinaria para extraer lo esencial de una discusión o un problema, el Dr. Peimbert fue mi director de tesis de licenciatura entre 1991 y 1992. Con él aprendí lo que era dedicarle tiempo a un problema hasta que casi se vuelve uno el experto mundial, porque nadie sabe más de lo que trata en la tesis que uno mismo (excepto en este caso Manuel Peimbert). Ya en el posgrado uno sí se convierte en el experto en el tema sin excepción, si todo sale bien.

Viéndolo ahora en el espejo retrovisor, lo que aprendí en esa fase es que la UNAM es una institución donde hay trabajo académico de altísima calidad en comparación con cualquier otra en el mundo y con presencia y relaciones académicas internacionales. Y esta normalidad, adquirida de las clases en la Facultad y de mi trabajo de tesis, era el punto de partida en el Instituto de Astronomía, era lo que se esperaba de los colegas, de los estudiantes y de quienes querían trabajar ahí. Me pareció en ese momento lo natural, pero me queda claro ahora que es una condición y un nivel que se debe primero construir y después mantener, que requiere dedicación, tiempo, institucionalidad y rigor constante. Es mucho más fácil deshacer que hacer, otra lección procesada a lo largo de los años.

Al terminar mis estudios de posgrado en la Universidad de Wisconsin-Madison en los EU, el Instituto de Astronomía me ofreció un contrato como Investigador Asociado, y en el verano de 1998 ingresé a trabajar a la UNAM. Lo considero la mayor de mis fortunas profesionales. Durante los siguientes años me pude dedicar con toda libertad, esa que veía en las profesoras y en los investigadores cuando era estudiante, a lo que a mí me apasionara, de la manera que mejor lo considerara haciendo uso de las magníficas instalaciones de la Universidad y aprovechando la posibilidad de interacción con colegas de México y de otros países. En los primeros años me dediqué a continuar la línea de investigación que había desarrollado como estudiante de doctorado más bien de índole teórica y trabajando en pequeños grupos. Sin embargo, poco a poco me fui involucrando cada vez más con colegas del propio Instituto y de universidades de otros países en el desarrollo de instrumentos y telescopios para nuestro Observatorio Astronómico Nacional (OAN), ubicado en la Sierra de San Pedro Mártir, en Baja California, dentro de un Parque Nacional. El sitio es una verdadera joya, uno de los cuatro mejores lugares en el mundo para la observación astronómica. Heredero del Observatorio Astronómico Nacional fundado en 1878 y que en algún momento ocupó el alcázar del Castillo de Chapultepec, en 1929 el OAN pasó a formar parte de la UNAM y en 1968 se transformó en lo que hoy es el Instituto de Astronomía. Y fue precisamente a través del Observatorio, instalado en Baja California desde principios de los años 70 y de su desarrollo, en el cual ya tenía una responsabilidad en calidad de director del Instituto, puesto que la Junta de Gobierno me honró con esta designación en 2010, que tuve mi primer acercamiento con Fundación UNAM. Fue una intervención puntual, necesaria para el Instituto y generosa de parte de la Fundación para que con su apoyo se pudiera contribuir a concretar la instalación de un proyecto de energía y telecomunicaciones para el Observatorio. A través de nuestra interacción constaté de primera mano la enorme amplitud del trabajo de la Fundación con la Universidad: becas, premios, proyectos de investigación en todas las áreas, vinculación con la sociedad y las empresas y colaboraciones internacionales, todo guiado por la voluntad de contribuir al desarrollo de la UNAM en base a su misión, articulada claramente en la Ley Orgánica con el objetivo de impartir educación, realizar investigación y dar difusión a la cultura en beneficio de nuestro país. Hoy la Fundación UNAM hace posible que miles de estudiantes puedan continuar con su formación académica y personal, abre horizontes y coadyuva para que los resultados del trabajo realizado en la Universidad y el conocimiento generado en sus aulas, oficinas y laboratorios pueda llegar a la sociedad mexicana para su mayor beneficio.

No tengo temor a equivocarme cuando pienso y digo que la UNAM es una institución única y singular en su tipo, y que difícilmente hay otras que tengan el impacto o merezcan localmente el lugar que tiene nuestra casa de estudios. Las habrá con mayor presupuesto, las habrá con vocaciones más especializadas que las hagan destacar en su ámbito, y las habrá más grandes (pocas), pero me parece que ninguna tiene la trascendencia social, cultural y científica que tiene y ha tenido la UNAM para México. La UNAM es factor de movilidad social, de crítica constructiva constante hacia el poder, de autocrítica para la sociedad y motor de igualdad en todos los temas. Las grandes discusiones y cambios en el país siempre se han visto reflejados en la UNAM, y ésta ha sabido impulsarlos, asumirlos, transformarlos, contribuir a ellos y trascenderlos siempre con argumentos, conocimiento, tolerancia, respeto, autocrítica e institucionalidad.

Hoy México vive tiempos complejos por desigualdades acumuladas, por expectativas de crecimiento que no se han hecho realidad, por factores internos y externos en lo económico, social, tecnológico y demográfico y porque aún nos queda mucho camino por recorrer en la consolidación de nuestras instituciones democráticas. Más recientemente, la pandemia que aqueja al mundo ha puesto a prueba a la sociedad de una manera que no habíamos visto en nuestras vidas y que esperamos no volver a ver, aunque sabemos que podría recurrir si no modificamos nuestra manera de actuar en lo individual y en lo colectivo.

Pero no hay soluciones mágicas. La única solución a todos estos problemas es la preparación, la generación y la aplicación productiva de conocimiento en todas las áreas sin distinción, la educación y el fomento al pensamiento crítico y fundado. Es en todo este contexto que es importante reconocer el valor que tiene la UNAM, lo mucho que ha aportado y aporta todos los días a la sociedad y, por lo tanto, lo crítico que se vuelve para México contar con esta institución sólida, comprometida y que con la fuerza de la razón y la discusión abierta y plural, día con día contribuye a que tengamos un mejor país para las generaciones futuras. De la mano con Fundación UNAM sabemos que seguiremos juntos por este camino.

Coordinador de la Investigación Científica de la UNAM

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