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Fundación UNAM

Francisco Barnés de Castro

Fundación UNAM

Quisiera comenzar esta breve nota, con la que da inicio el cuarto ciclo de comunicaciones de la Fundación UNAM, parafraseando a un muy querido amigo, Gonzalo Celorio. Yo soy una de las personas inmensamente afortunadas que han tenido el privilegio de haber ingresado, hace ya muchos años, a la UNAM y, para mayor fortuna, de no haber egresado nunca de ella, a pesar de mi jubilación formal hace ya casi cuatro años.

Nací en la Ciudad de México en 1946, no mucho después de haber concluido la Segunda Guerra Mundial, hijo de padres republicanos españoles que se vieron forzados a emigrar de su patria al término de la sangrienta guerra civil que derrocó a la Segunda República Española y la reemplazó por una sangrienta dictadura encabezada por el infausto Gral. Francisco Franco. Mi familia, como tantas otras, tuvieron la inmensa fortuna de encontrar refugio en México, gracias al visionario presidente Lázaro Cárdenas, que recibió con los brazos abiertos a decenas de miles de refugiados, no solo españoles, sino también provenientes de otros países europeos que habían sucumbido a las tropas del Tercer Reich, y cuyas vidas peligraban, ya fuese por su raza, por sus creencias religiosas o por su forma de pensar, y también gracias a la cálida y generosa acogida que encontraron en este país, que les permitió encontrar asilo, rehacer sus vidas y que sus descendientes, aun los que no habían nacido en México, nos criáramos y fuéramos considerados como mexicanos de cepa.

Los primeros años de mi vida transcurrieron dentro de la burbuja que abarcaba al estrecho y muy unido círculo familiar, integrado por las familias Barnés y Giral, al cada vez más amplio círculo de amigos mexicanos y españoles que se iba conformando alrededor de la casa paterna y al Colegio Madrid, donde cursé mis estudios preuniversitarios, a la fecha una de las escuelas de mayor calidad y prestigio en México, fundada por el exilio republicano español, junto con el Instituto Luis Vives, la Academia Hispano Mexicana y el Instituto Juan Ruiz de Alarcón. En ellas estudiamos y convivimos los hijos de refugiados españoles con un número creciente de hijos de familias mexicanas, atraídos por su carácter laico, por la calidad de la educación impartida y por los valores de respeto, tolerancia, libertad, solidaridad y responsabilidad que en ellas se promovían. Entre los estudiantes mexicanos de estas escuelas que hoy me vienen a la memoria se encuentran algunas distinguidas personalidades, como Jesús Silva Herzog, Adolfo y Francisco Martínez Palomo, Jorge Tamayo y Mario Molina, nuestro premio Nobel de Química, a quienes tuve el privilegio de conocer y con quienes tuve la fortuna de colaborar en diversos proyectos académicos.

Mi ingreso, en 1963, a la Facultad de Química de la UNAM, entonces Escuela Nacional de Ciencias Químicas, para estudiar la carrera de ingeniería química, me permitió no sólo tener acceso a una excelente educación impartida por un conjunto de distinguidos y muy reconocidos profesores, sino también conocer y convivir con un extraordinario grupo de compañeros que provenían de muy diversas escuelas, públicas y privadas, cuyo trato enriqueció mi visión y conocimiento del país en que me tocó nacer, cuya amistad ha perdurado a lo largo de todos estos años y que han tenido una exitosa vida profesional.

Son muchas y muy gratas las experiencias de esos cinco años de estudios profesionales. Sin duda una de las más importantes fue la de haber sido distinguido por mis compañeros al designarme presidente de la Sociedad de Alumnos en un momento histórico para nuestra escuela, la celebración de sus primeros 50 años de su fundación. Eso me brindó la oportunidad de participar en la organización de los múltiples festejos promovidos por la Dirección, a cargo del maestro Manuel Madrazo Garamendi, por la Sociedad de Exalumnos, encabezada por José Mendoza, presidente y cofundador de Bufete Industrial, y por la propia Sociedad de Alumnos.

La lista de eventos que organizamos los alumnos con motivo del 50 Aniversario es amplia y variada: la inauguración de una extraordinaria obra de teatro, “Libertad Libertad”, en el frontón cerrado; un maravilloso concierto de clavicordio de Luisa Durón en el auditorio de la Facultad de Medicina; la puesta en escena de la trágica historia del Dr. Fausto; una olimpiada deportiva en la que participaron una gran parte del alumnado; la novillada de la Gen 62; el lanzamiento de un cohete a la baja atmósfera, que alcanzó a subir más de un kilómetro; un ajedrez humano en el patio central de la Facultad; un baile de disfraces en la antigua escuela de medicina y una extraordinaria exposición de 50 pintores contemporáneos mexicanos que fue instalada en laboratorio de ingeniería química, entre intercambiadores de calor y columnas de destilación, la cual fue inaugurada por el rector Javier Barros Sierra. Sobre esta exposición debo mencionar que, años más tarde, cuando yo era director de la Facultad, un querido amigo, José de Santiago, entonces director de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, sin tener idea de que yo había participado en su organización, me comentó que la exposición fue un parteaguas que abrió las puertas de las galerías a un gran número de los pintores que participaron en ella exponiendo sus obras, que tenían cerradas por el férreo control que todavía ejercían en aquellos años los grandes muralistas.

También tuvimos el privilegio de colaborar con la Dirección y con la Sociedad de Exalumnos en la organización de los dos eventos cumbre de los festejos del aniversario: la magna ceremonia en el Palacio de Bellas Artes, presidida por el presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, y por el rector, Javier Barros Sierra, así como la fastuosa cena baile de aniversario en los patios de la antigua Escuela de las Vizcaínas.

Otra de las iniciativas de aquella sociedad de alumnos fue haber llevado a cabo, creo que por primera vez en la UNAM, una evaluación de los profesores de la Facultad, en la que participaron la gran mayoría de los alumnos, llenando un detallado formulario sobre cada uno de los profesores que les habían impartido clase el año anterior y que debían entregar con su nombre y número de cuenta. Esto nos permitió otorgar un reconocimiento a los 20 profesores que habían resultado mejor evaluados, en una emotiva ceremonia en el auditorio Alfonso Caso de la Facultad de Ciencias, presidida por el rector Javier Barros Sierra, por el secretario General, Fernando Solana, y por el director de la Facultad, Manuel Madrazo Garamendi, quien, afortunadamente para nosotros, había quedado incluido en la lista sin que hubiera habido mano negra, por lo que recibió también un reconocimiento, al igual que sus principales colaboradores:
José Herrán, Javier Padilla, José Luis Mateos y Xavier Garfias. El maestro Madrazo, años más tarde, me refirió que había comentado nuestra iniciativa en el colegio de directores, donde varios de sus colegas, indignados, pidieron nuestra expulsión; una vez que todos habían dado su opinión, el rector Barros Sierra cerró la discusión diciendo que no sólo estábamos en nuestro derecho, sino que era conveniente conocer la opinión de los estudiantes. Ya como profesor, varios de aquellos maestros me mostraban orgullosos el diploma que como Sociedad de Alumnos les habíamos otorgado. Varios años después, siendo director, instituimos en la Facultad la sana costumbre de llevar a cabo una evaluación anual del personal académico por parte de los alumnos.

Otra memorable experiencia que me tocó vivir en aquellos años estudiantiles, concluyendo mi tesis de licenciatura bajo la dirección del Dr. Garfias, fue mi participación en las primeras marchas y protestas del movimiento estudiantil del 68. Me libré afortunadamente de sus consecuencias más funestas al haber tenido que viajar los primeros días de septiembre de ese año a los Estados Unidos para iniciar mis estudios de posgrado.

Gracias al apoyo que recibí de la Facultad de Química y del Conacyt cursé mis estudios de maestría y doctorado en la Universidad de California en Berkeley, en donde tuve la fortuna de coincidir e iniciar una larga y estrecha amistad de años con Mario Molina, Carlos Mena Brito y Enrique Bazúa, grupo al que se unieron posteriormente Raúl Carvajal, Ernesto Valdés y Eduardo Saucedo, también egresados de la Facultad de Química, así como Joaquín Curiel, de la Facultad de Ciencias. La sólida preparación que todos nosotros habíamos recibido en la UNAM nos permitió concluir con éxito nuestros estudios de posgrado.

Aún antes de haber concluido el doctorado me incorporé a la Facultad como profesor del posgrado, impartiendo clases a los alumnos de la maestría de ingeniería química durante los veranos. Una vez concluido el doctorado, me incorporé como profesor de carrera de la Facultad de Química, a la cual tuve el privilegio de dirigir durante dos periodos consecutivos y a la que sigo estrechamente vinculado como exalumno, como profesor jubilado y como miembro de su patronato.

Mis años de vida universitaria como profesor y como funcionario me permitieron interactuar estrechamente con un gran número de miembros destacados de mi profesión, tanto del sector público como del sector privado, así como involucrarme en la actividad gremial. Esto me abrió múltiples oportunidades para combinar y complementar mi carrera universitaria con la del servicio público e incursionar en diferentes posiciones de responsabilidad académica en la propia UNAM (director de División Académica en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Zaragoza, secretario General y director de la Facultad de Química, secretario General y rector de la UNAM), e intercalar dichas responsabilidades universitarias con otras en el sector público (director Técnico del sector petroquímico del Grupo Somex, secretario General de la Comisión Petroquímica Mexicana, director General del Sector Químico y Petroquímico de la Industria Paraestatal en la Secretaría de Energía, Minas e Industria Paraestatal, director General del Instituto Mexicano del Petróleo, subsecretario de Política Energética y Planeación Tecnológica y subsecretario de Hidrocarburos en la Secretaría de Energía y, finalmente, por dos periodos consecutivos, comisionado de la Comisión Reguladora de Energía). Cabe mencionar que en todos estos puestos fui comisionado por la UNAM, sin goce de sueldo en mi plaza académica, pero sin dejar de formar parte de su personal docente.

Una de mis experiencias más enriquecedoras como director de la Facultad fue la exitosa campaña financiera que emprendimos con apoyo de un extraordinario grupo de exalumnos, encabezados por el Ing. Benito Bucay, un muy querido profesor de la Facultad y en aquellos años presidente del Grupo Resistol, la cual tuvo como punto de partida una iniciativa de mi antecesor en la dirección, el Dr. Javier Padilla. Los fondos recaudados nos permitieron recuperar y restaurar las instalaciones de nuestra vieja escuela en Tacuba y ampliar el laboratorio de cómputo, equipar el laboratorio de tecnología farmacéutica, instalar una sala de estudio y, con los fondos aparejados que nos aportaron la Rectoría y el gobierno federal, la construcción del nuevo conjunto E de la Facultad.

Otra grata experiencia fue la conformación del Patronato de la Facultad de Química, con apoyo de otros dos muy queridos profesores de la Facultad, el Dr. José Luis Mateos y el Ing. Othón Canales, quien fue su presidente fundador. El patronato, a lo largo de todos estos años, ha jugado y sigue jugando un importante papel, brindando apoyo a la Facultad en sus esfuerzos de vinculación con el sector productivo, así como en la obtención de fondos complementarios al presupuesto universitario para financiar sus proyectos estratégicos.

Estas exitosas experiencias, al igual que otras similares en otras dependencias universitarias, sirvieron de inspiración al Dr. José Sarukhán para impulsar la conformación de la Fundación UNAM, esta extraordinaria institución que tanto ha apoyado a la Universidad Nacional Autónoma de México en la consecución de sus tres objetivos básicos: docencia, investigación y difusión de la cultura, fortaleciéndola mediante aportaciones de carácter económico, social o moral y coadyuvando con ella en sus tareas de enlace con los sectores público, privado y social.

Tuve el privilegio, como secretario General, junto con el Dr. Salvador Malo, secretario Administrativo, y la Dra. Rosa María Seco, coordinadora de Asesores de la Rectoría, de participar en la definición e implementación de los primeros proyectos que fueron respaldados por la Fundación UNAM y que tuvieron un rotundo éxito: el programa de becas a estudiantes destacados de bajos recursos, el programa de apoyo a estudiantes de licenciatura para estancias de estudios en el extranjero y el programa de laboratorios de cómputo Fundación UNAM, que permitió en poco tiempo dotar de equipos de cómputo, con acceso abierto para todos los estudiantes, a todas las escuelas y facultades de la UNAM, así como a todas las instituciones del sector salud que son sede de nuestros programas de posgrado. Hoy resulta muy gratificante saber que, a la fecha, los distintos programas de becas de la Fundación UNAM han beneficiado a más de 730 mil estudiantes.

Antes de concluir esta breve nota, no quiero dejar pasar la oportunidad de dirigirme a todos nuestros egresados para exhortarlos a que contribuyan, en la medida de sus posibilidades, a la extraordinaria labor que realiza día con día la Fundación UNAM en apoyo de los programas estratégicos de nuestra Universidad y en beneficio de sus estudiantes, particularmente de aquellos de menores recursos, para quienes la beca que les otorga la Fundación es un apoyo invaluable que les permite cursar y concluir sus estudios en condiciones más favorables.

Exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México y excomisionado de la Comisión Reguladora de Energía

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