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J. Eugenio Barrios Ordoñez

Mi vida universitaria

Estadio Azteca, cientos de candidatos o quizás algunos miles, sentados, separados unos de otros, en absoluto silencio, recibiendo instrucciones por el sonido local para iniciar nuestro examen de admisión a la UNAM. Primer día de clases en la Facultad de Química, materias, horarios, materiales de laboratorio, libros, la infaltable calculadora científica, bata, nuevos compañeros, el inicio de una nueva etapa.


Primer día de entrenamiento con los Cóndores, campos de práctica y gimnasio, donde pasaría los siguientes años todas las tardes, antes y después de clases. Seleccionado Puma, orgullosamente de cabello desteñido. Quema del burro en la explanada de Rectoría, júbilo estudiantil. Clásico Poli-Universidad, Estadio Olímpico a reventar, “goyas” y “huélums” ensordecedores. Maestros enseñando por amor a su Universidad, compartiendo su experiencia y conocimiento, formando profesionistas, pero sobre todo personas.


En particular recuerdo a don Aníbal Bascuñán, chileno exiliado –vergüenza de la dictadura, ejemplo de México–, quien ante mi dilema entre jugar o estudiar, sabiamente me convidó a no dejar el deporte. Horas y horas de laboratorios, batas blancas deambulando en el gran aparador del edificio B, recientemente disfrazado de tabla periódica. Estudio, trabajos en equipo, exámenes retadores, materias y materias que aprobar, y el sueño recurrente de alguna época en el que me enteraba que aún me faltaba alguna ingeniería que cursar. Quema de batas, celebraciones de juegos ganados y algunos perdidos también. Camino a clases y regreso a casa con amaneceres y anocheceres, que como gran telón descubren y ocultan el paisaje Estadio-Rectoría-Biblioteca, patrimonio que compartimos con la humanidad. Amigos, amigas, novia, compañeros de vida que quedaron reconocidos para siempre como generación, en química, en arquitectura, ingeniería, medicina, ciencias y en el futbol. Huelgas interminables, con asambleas infinitas.


Mi examen profesional, con porras de familiares y amigos, y en el que me enteré de que “la torta amarilla” –refiriéndose al concentrado de óxido de uranio– no era amarilla y donde mi seguridad se escurrió en el pizarrón al borrar con mi mano sudorosa una ecuación. Regreso a Ciudad Universitaria, con maestría bajo el brazo, al Instituto de Ingeniería: la Universidad como gran centro de investigación. Desarrollo de proyectos, de conocimiento, convivencia con investigadores, docentes, funcionarios y trabajadores. Otro examen de admisión, ahora de mis hijas –ya no en el Azteca–, la espera, la angustia y finalmente su ingreso a mi Universidad. Su primer día de clases, el examen profesional por Zoom de la mayor y la frustración por el inicio virtual de cursos de la menor: la Universidad sin universidad. Sus intercambios con universidades en el extranjero, su reconocimiento internacional. Los conciertos de mi esposa en el Centro Cultural Universitario, los sábados o domingos de OFUNAM, cine, teatro, danza.
Mi reciente ceremonia y diploma de reconocimiento por los treinta años de haber egresado como ingeniero químico de la Facultad, los discursos emotivos de los mismos maestros muchos años después, la emoción de volver a estar. Todo esto es la Universidad, toda una vida de experiencias en las aulas, los campos, la investigación y la difusión de la cultura que forman universitarias y universitarios; que me han hecho lo que soy, lo que ahora somos como familia, lo que aspiramos ser como sociedad.


Enhorabuena por estos treinta años de Fundación UNAM haciendo crecer la familia universitaria.
Director Área Agua
Fundación Gonzalo Río Arronte

Fuente: www.eluniversal.com.mx

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