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María Isabel Álvarez Icaza Longoria

Un encuentro afortunado, mi vida en la UNAM

Es mucho el tiempo e innumerables los agradecimientos que me unen con la Universidad Nacional Autónoma de México. Mi historia se remonta a mi adolescencia, cuando –como otros cien mil jóvenes más–, con la certeza de que conseguiría un lugar en ella, realicé el examen en el Estadio Azteca para entrar al bachillerato. Egresada de una secundaria pública con un sistema punitivo y estricto, mi ingreso al CCH Sur significó una liberación y un cambio determinante en mi vida. No solamente fue una escuela donde se respiraba libertad y camaradería, en un ambiente natural y arquitectónico muy agradable, sino que en sus aulas y explanadas había una concientización política –que ya traía de casa– y una visión crítica de la realidad nacional y mundial de los años ochenta, cuando los jóvenes y adultos sí teníamos la esperanza de que el país cambiara.

            Después vino la toma del camino a seguir con los estudios universitarios hacia la Antropología. Como la UNAM no contaba con esa licenciatura, me fui a la ENAH. En el propedéutico, la proyección del Códice Mendoza con veinte proyectores sincronizados para un ejercicio didáctico de la lectura de su lámina 1 causó en mí un impacto y una fascinación por los códices. Decidí entonces estudiar Etnohistoria, lo que me permitió tener bases firmes por una formación multidisciplinaria –historia, antropología, lingüística, arqueología, paleografía–. Ahí tuve la fortuna de tener grandes maestros que eran investigadores y profesores de la UNAM: Carlos Martínez Marín, Carmen León Cáceres y Tomás Pérez, quienes influyeron en mi formación profesional de manera decisiva.

Más adelante, se conjugaron mi interés por el arte y la historia de los pueblos indígenas de Mesoamérica en la decisión de enfocar mi estudio en los códices pictográficos, bajo la guía de mi maestro Pablo Escalante, en su seminario del Instituto de Investigaciones Estéticas, de nuestra Máxima Casa de Estudios.

Regresé entonces como estudiante a la UNAM –a la que le debo mi formación como historiadora del arte– a cursar la maestría y el doctorado, donde tuve el privilegio de tomar clases con Rita Eder, Jaime Cuadriello, Cuauhtémoc Medina, Juana Gutiérrez, Renato González, Diana Magaloni, Angélica Velázquez y Alessandra Russo.

También, gracias a la confianza de Pablo Escalante y al impulso de la Universidad a la investigación, colaboré en un proyecto PAPIIT en el que pude seguir desarrollando mis estudios sobre códices, organizando actividades académicas, estableciendo diálogos con otros académicos y coordinando un libro colectivo; todo lo cual derivó en nuevos proyectos interdisciplinarios de escala internacional.

            Ya como académica, mi desarrollo profesional se enriqueció enormemente con la docencia, las prácticas de campo, la dirección o asesoría de tesis en los tres niveles y la participación en cuerpos colegiados y en diversas comisiones en los posgrados de Estudios Mesoamericanos, Historia del Arte y Antropología, lo que me permitió crecer y ampliar mis horizontes.

            Más tarde, desde finales de 2016, tuve la fortuna de ser invitada a un proyecto curatorial sobre arte indígena mesoamericano dirigido por Teresa Uriarte, coordinadora en ese tiempo de Difusión Cultural, quien tenía ese encargo del rector Enrique Graue. Después de no pocas dificultades y gracias a la incansable labor de Lucía Sánchez de Bustamante, todo un equipo de trabajo y la ayuda de cuarenta y cinco investigadores, logramos con tenaz empeño, finalmente, abrir al público en noviembre de 2021 Xaltilolli, memorias, artes, resistencias, una propuesta expositiva crítica sobre el arte indígena y de comunidades del continente americano, y sobre Tlatelolco, desde sus primeros tiempos hasta nuestros días (CCUT, UNAM).

Ahora, como investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas, tengo el enorme privilegio de dedicarme a la investigación, la docencia y la difusión del maravilloso arte indígena en sus diferentes facetas y transformaciones. Estoy comprometida con la responsabilidad y el deber que tengo de devolverle a la sociedad mexicana lo que, a través de la UNAM, he recibido de ella. La Fundación UNAM es una aliada importante en ese esfuerzo colectivo para cumplir con esas esenciales misiones, para valorar nuestro pasado y presente.

Investigadora asociada C en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM

Fuente: www.eluniversal.com.mx

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