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Fundación UNAM

Horacio Rubio Monteverde

Trece años al frente del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias

Mi larga y entrañable relación con la UNAM comenzó a los 15 años, cuando ingresé a la Preparatoria No. 1, en la que yo creo fue su mejor época a nivel académico. Destacaban en la rama de ciencias los maestros de Zoología, Química y Física, esta última materia impartida por un excelente maestro de apellido Posadas, clase a la cual se me dificultaba llegar porque empezaba a las 7 de la mañana. En primero de preparatoria, empecé a trabajar en el Instituto Mexicano del Seguro Social, lo que me daba cierta tranquilidad económica, permitiendo ayudar a mi familia.

Como recuerdo de mis años de preparatoria traigo a la memoria a varios de mis compañeros, Rafael Costero, distinguido astrónomo de la UNAM; Nuria de Buen, reconocida veterinaria; Oscar Velasco, otro gran médico; Octavio Novaro Peñalosa, director del Instituto de Física, Premio a la Investigación Científica; Alejandro Carrillo Castro, distinguido funcionario público con quien he desarrollado una relación fraterna de más de 50 años.

La Facultad de Medicina en la Ciudad Universitaria de la UNAM me dio la oportunidad de apasionarme por materias como Anatomía y Embriología, las cuales requirieron de tiempo y esfuerzo especial para poder cursarlas. Recuerdo que para acreditar anatomía me dediqué a estudiar sin descanso en el Testue, libro en francés en el cual también estudiaron mi abuelo y mi padre. En segundo año me gustaban las materias de Fisiología y Anatomía topográfica, que se aprendía por regiones del cuerpo; había que disecar cadáveres; una de las zonas que me tocó fue la cara posterior del muslo y ahí aprendí a ver el nervio ciático y las venas y arterias. En ese tiempo trabajé como enfermero general en el Departamento de Traumatología y Ortopedia del IMSS, en el turno de la noche, hasta que terminé la carrera. Supe que como apodo me decían El fémur, por ser muy alto, y tenía un amigo muy chiquito al que le decíamos El astrágalo.

Al concluir mis estudios universitarios y titularme en febrero de 1965 con la tesis “Fisiología respiratoria post cirugía pulmonar”, que me dirigió mi padre, contaba ya con un grupo de amigos con quienes hasta la fecha conservo una relación fraternal: José Luis Ramírez Arias, Rafael Sánchez Fontan, Alfredo Espinoza Morett, Carlos Meuregh y Alfonso Borja, entre otros.

Una parte de la especialidad en Neumología la realicé en Roma, Italia (1966), en el Instituto Carlo Forlanini, especializado en tuberculosis, al que fuimos enviados un grupo de médicos por el Dr. Miguel Jiménez, entonces director del Hospital de Huipulco. Después de estos estudios en Italia regresé a México para continuar la especialidad de Neumología y pude trabajar en el Sanatorio de Huipulco. Para 1968 concluí el tercer año de la especialización, en medio del movimiento estudiantil que tuvo un impacto relevante en nuestro país.

En 1971, el Sanatorio de Huipulco fue reconocido como institución benemérita y como el primero especializado en Neumología y en haber formado neumólogos en México. Ahí trabajé como médico adscrito al Pabellón 4, cuando el jefe de Servicio era mi padre, el Dr. Horacio Rubio Palacios. De 1971 a 1976 tuve la oportunidad de desempeñar el cargo de jefe de Enseñanza e Investigación; mi prioridad siempre fue activar la educación médica continua y el acercamiento entre el personal médico a través del conocimiento.

En 1980 fui nombrado director General del Instituto Nacional de Enfermedades Pulmonares y después de elaborar un profundo diagnóstico administrativo, presenté un nuevo modelo de operación que llevó a la descentralización del Instituto, contando con la asesoría y apoyo del Dr. Alejandro Carrillo Castro y sus colaboradores en la Secretaría de la Presidencia. Esta propuesta fue enviada a la Coordinación de los Servicios de Salud, en cuyo frente se encontraba el Dr. Guillermo Soberón Acevedo, quien apoyó el proyecto que fue aprobado por el entonces secretario de Salubridad y Asistencia, Dr. Mario Calles López Negrete. En enero de 1982 se publicó el decreto de creación del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER) por el presidente José López Portillo, modificando su estructura para convertirlo en un organismo público descentralizado. En 1983 fui ratificado como director General del Instituto y fui reelecto en 1988 para un segundo periodo, el cual finalizó en 1993.

Durante los 10 años de mi gestión en el INER se consiguieron importantes avances, entre los cuales cabría destacar el Programa contra el Tabaquismo (1986); la edición del libro Del Sanatorio de Huipulco al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias. Cincuenta años (1986); de 1987 a 1992 egresaron 170 neumólogos, 22 otorrinos, y en cirugía neumológica, 10 profesionistas; el primer trasplante de pulmón realizado en América Latina (1989); la inauguración de la nueva Unidad de Investigación (1993), entre otros. Se recibieron más de 75 premios y menciones honoríficas, como el Premio de Investigación “Miguel Otero”; siete medallas Gabino Barreda de la UNAM; Premio Nacional de Administración Pública y la designación de la Regencia para México del American College of Chest Physicians.

Durante ese periodo ingresé a la Academia Nacional de Medicina, en la sesión solemne del 28 de junio de 1989, y presenté mi trabajo de ingreso: “Principales alteraciones respiratorias tempranas, secundarias al tabaquismo”, que fue comentado por el Dr. Octavio Rivero Serrano.

Dejé la Dirección del INER el 30 de junio de 1993 para asumir el cargo de director del Hospital General “Dr. Manuel Gea González” el 23 de febrero de 1994, institución que experimentó grandes avances en materia de asistencia, enseñanza e investigación. La Universidad Nacional Autónoma de México reconoció al hospital como un importante centro académico de educación médica continua al que asistían estudiantes de la Facultad de Medicina. Me tocó en suerte celebrar otro cincuentenario del Hospital Gea González en 1997 con la edición del libro escrito por el Dr. Enrique Cárdenas de la Peña, distinguido historiador.

Posteriormente regresé a Roma como ministro de Cooperación en la Embajada de México, en donde laboré de 1999 a febrero de 2001, periodo en el que se logró el convenio de trabajo entre la Academia Nacional de Medicina de México y la Academia de Medicina Italiana.

De 2001 a 2004 fui designado vocal Ejecutivo contra el Tabaquismo, en el Consejo Nacional Contra las Adicciones (CONADIC), de la Secretaría de Salud, y también fui asesor Médico y Social de la Secretaría General del IMSS.

De 2009 a 2011 participé como coordinador de Seminario de Medicina y Salud en la UNAM, como miembro del Comité en la Facultad de Medicina. A partir de febrero de 2011 me desempeñé como director de Atención Médica de la Dirección General de Servicios Médicos de la Facultad de Medicina de la UNAM, hasta mi jubilación en el presente año. Esta unidad tiene como objetivo brindar atención médica preventiva y curativa adecuada en los 25 centros de Preparatoria y CCH, así como la impartición de seminarios y organización de clínicas para la atención de patologías como las adicciones, obesidad y depresión, entre otras.

Durante los últimos 20 años he tenido la gran satisfacción de pertenecer como asociado a la Fundación UNAM, a través de la cual he tenido la posibilidad de apoyar proyectos de investigación científica, docencia, difusión cultural, becas nutricionales para estudiantes de bajos recursos, y también he participado en programas de Radio UNAM para difundir temas de salud respiratoria.

Puedo decir por ello que, gracias a lo que recibí de la UNAM, a lo largo de mi vida he podido trabajar orgullosamente en instituciones que me brindaron la oportunidad de servir a mi país desde diferentes frentes: en el campo de la medicina, atención médica a pacientes; en la administración pública, al frente de proyectos de investigación y de educación en hospitales; y como maestro en la Facultad de Medicina, en donde he cumplido honrosos 50 años de servicios académicos, por los cuales me fue otorgado un reconocimiento al Mérito Universitario. En todo este tiempo nunca he dejado de estar vinculado a mi querida alma mater, la Universidad Nacional Autónoma de México.

Ex director General del INER y del Hospital Manuel Gea González

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