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Fundación UNAM

Alma mater floreat, quae noseducavit

Arcadi artist y Antonia Llorens in memoriam 

 Durante casi seis años, al inicio de este siglo, encabecé la Dirección General de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México. En el ámbito profesional, esos años fueron especialmente felices y proficuos para mí, y desde entonces celebré que el rector en ese momento, Juan Ramón de la Fuente —rector magnificus donde los haya habido— me brindara  su confianza y su respaldo por igual. Procuré corresponderle con esmero en mi labor y, a la postre, con mi amistad. Trabajé con ahínco para que la Universidad desempeñara un papel relevante en la promoción y la difusión de la música, atendiendo a criterios cualitativos sin menoscabo de la diversidad que se predica naturalmente de una institución que busca la universalidad; así, hubo de mi parte una búsqueda de ciertos equilibrios en la programación que dieran cuenta de la vanguardia y la tradición, de lo nacional y lo extranjero, de lo concerniente   en especial a la comunidad universitaria y a la sociedad en general, etcétera. Cuando dejé el cargo de director general de Música de la UNAM, asumí la Presidencia del Consejo Nacional  para la Cultura y las Artes y, en alguna ceremonia pública en el Antiguo Colegio de San  Ildefonso, el rector De la Fuente dijo, con generosidad y buen humor, que la Universidad “me había prestado al gobierno federal”, y dio a entender a propios y extraños, para mi alegría, que   la Universidad se había convertido en mi casa, a la que podría volver desde luego.

Cuando mi querido amigo Alejandro Carrillo Castro me invitó a redactar estas líneas, pensé una y otra vez en todo lo que la Universidad significa para mí, y me resultó difícil —si no es que imposible— ofrecer a los lectores un artículo que mantuviera una rigurosa y fría objetividad al referirme a una institución de veras entrañable; en consecuencia renuncié a elaborar un texto  que pusiera distancia entre mis reflexiones y mis vivencias.

Mi padre, Sergio Vela Treviño, me inculcó el respeto por la Universidad, su madre nutricia. Ya a muy temprana edad solía acudir con mis padres a los conciertos de Eduardo Mata con la Orquesta Filarmónica de la UNAM, aún antes de la construcción de la Sala Nezahualcóyotl, que después frecuenté con asiduidad, a partir de su temporada inaugural. A esta serie de recuerdos musicales debo añadir, desde mi temprana juventud, un cúmulo de visitas, solo o acompañado,  a la Biblioteca Nacional y a los recintos del Centro Cultural Universitario, que fueron decisivas para mi formación estética.

Tengo para mí que las contradicciones son inevitables en la vida de los hombres, y cuando terminé el bachillerato, opté por inscribirme en la Escuela Libre de Derecho, y no en la UNAM.   La razón de esta decisión, sin embargo, es tan sencilla como comprensible: mi padre impartía   su cátedra en aquella y quise ser su discípulo en las aulas de una escuela surgida de una escisión, en 1912, en el seno de la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Con todo, solía visitar Ciudad Universitaria —aunque no fuera mi campus— para respirar un aire más puro, para caminar con más libertad y para ver el mundo con mayor perspectiva. Asimismo acudía a seminarios, mesas redondas y clases magistrales y, de cuando en cuando, entraba abierta o subrepticiamente a algunas cátedras de profesores eminentes en muy variadas ramas del saber. Esos hábitos, ciertamente benéficos, los he conservado desde entonces. Por lo demás, a lo largo de mi vida profesional, he impartido cursos y conferencias de muy diversa índole, y   entre mis actividades académicas más gratificantes cuento siempre las que he llevado a cabo, como expositor invitado en tales y cuales circunstancias, en laUNAM.

En el transcurso de los años acrecía sin cesar mi admiración por la Universidad y sólo llegué a lamentar que en mi propio currículo no hubiera vínculos formales con la UNAM. Esta circunstancia fue corregida a la postre, aun de manera parcial (y, por lo tanto, imperfecta): fui admitido en la primera generación del Doctorado en Musicología de la Facultad de Música, si bien —por equis, ye y zeta— hasta ahora no he presentado la tesis para obtener el grado correspondiente.

Reflexionar significa, etimológicamente, “volver atrás”. Mi memoria vuelve al momento en que Juan Ramón de la Fuente me hizo saber que la Universidad era mi casa. Por tales o cuales motivos que no vienen a cuento ahora —pero que fueron ciertamente ajenos a mi voluntad—,  no volví a trabajar en tan querida casa, pero estreché con ella otros lazos perdurables: desde  los tiempos de mi gestión en la Dirección General de Música entablé una relación profesional y de pertenencia con la Orquesta Sinfónica de Minería, cuerpo musical de primer nivel, sostenido por una institución de derecho privado que, asumes, mantiene un vínculo consustancial con la Universidad. En rigor, considero que la colaboración entre la UNAM (“una corporación pública —organismo descentralizado del Estado— dotada de plena capacidad jurídica”, según dice su Ley Orgánica) y las instituciones de derecho privado, entre las que puede destacarse la Fundación UNAM, es idónea para que la Universidad fructifique más y de mejor manera, y para potenciar los logros alcanzados a lo largo de las generaciones.

De nuevo vuelvo hacia atrás la mirada. Por mi naturaleza crítica me resulta ineludible subrayar las contradicciones que abundan en la historia de la Universidad. No deja de sorprenderme que casi nadie aclare que el lema de la UNAM, que tiene una molesta apariencia racista, se refiere    a la supuesta “raza cósmica” iberoamericana postulada por Vasconcelos quien, por cierto, tuvo una marcada simpatía por el régimen nazi. Tampoco paso por alto que la paulatina decadencia del Centro de la Ciudad de México comenzó con el abandono del antiguo barrio universitario, al ser erigida la estupenda Ciudad Universitaria. Se trata de cuestiones quizá irresolubles, como la polémica sobre el escritorio de Vasconcelos, que se han disputado en términos más o menos amigables la Secretaría de Educación Pública y la Universidad Nacional Autónoma de México,    y que fue analizada por el siempre íntegro y sensato Gabriel Zaid en su formidable artículo “Historia de un escritorio”, donde trata con hondura la tensión que ha prevalecido entre ambas instituciones, sobre todo por un viejo afán hegemónico de la UNAM (el artículo puede hallarse   en el siguiente enlace:https://www.letraslibres.com/mexico/historia-un-escritorio).

El admirado Arnoldo Kraus, en un bellísimo artículo, “Nostalgia”, de reciente publicación en EL UNIVERSAL  (https://www.eluniversal.com.mx/opinion/arnoldo-kraus/nostalgia)   enseña que la nostalgia implica regreso y dolor. En este tiempo se antoja ineludible hacer una defensa  de la autonomía universitaria y de la calidad de la enseñanza, la investigación y la difusión cultural a cargo de la Universidad. También es pertinente reconocerla como la heredera de una institución académica temprana, de mediados del XVI, la Real y Pontificia Universidad de  México, cuando comenzaba a acrisolarse la identidad mestiza, híbrida y compleja, de la nación mexicana. Y si bien Goethe enseña (a través de Mefistófeles) que los enemigos del hombre son la esperanza y el temor, hago votos para que el espíritu crítico y la libertad prevalezcan en la Universidad, para beneficio común, contra viento y marea.

Director de Ópera