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Fundación UNAM

Entrevista a Daniel Manzano

El Dr. Daniel Manzano Águila tiene una expresión afable, su presencia invita a pensar en Carlos Marx y en los años 60, sin embargo, al hablar con él, nos revela un pensamiento atento a los avances tecnológicos actuales, a los desafíos laborales de siglo XXI y sobre todo, a aquellos cambios que están relacionados con el desarrollo de las opciones que se ofrecen en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y las necesidades de sus egresados al incorporarse en el mundo laboral de hoy en día.

Con una larga experiencia de vida, nos habla sobre su llegada a la ciudad de México y su encuentro con la UNAM. “Yo no nací en el DF, vengo de provincia, nací en la mera sierra de Jalisco, en un rancho que se llamaba El Rodeo, en Tapalpa, así que soy de Tapalpa, Jalisco”. A los cinco o seis años, en compañía de su madre y sus hermanos, se mudó a la Ciudad de México. “Mi madre nos trajo a México, yo ya sabía leer, aprendí a leer y escribir de manera autodidacta, con la ayuda de mi madre y el apoyo de revistas y libros que mi padre tenía en casa. Siempre ha sido así, mi vida ha sido guiada por la curiosidad, investigar y experimentar por mi cuenta.”

“Estudié en una escuela primaria llamada Diego Rivera que estaba muy cerca del terreno que era la Universidad, en los años 60. Sin saberlo, desde ese momento ya tenía contacto con la UNAM, que acababan de trasladar a ese territorio todavía agreste que era el Pedregal. Con mis compañeros invadíamos esos espacios y nos poníamos a investigar qué era lo que había ahí.”

Su carácter está marcado por sus deberes familiares. “Crecí con una gran responsabilidad con la familia, respetar a la gente, ayudar a los otros. Nosotros solo vivíamos con mi madre, éramos seis hermanos y teníamos que llevar dinero para mantener la casa. Desde los nueve años trabajé como asistente de panadero, en un taller mecánico; trabajaba en las mañanas en todo lo que se podía y por las tardes iba a la escuela.”

Profesores y habilidades innatas, por primera vez escucha el nombre de la Academia de San Carlos. “Al terminar mis estudios de primaria, en el sexto año, tuve una maestra que nos enseñaba dibujo, me gustaba mucho dibujar… hacer paisajes, era un gusto, lo hacía por satisfacción propia. En ese momento no lo tomé como proyecto de vida. Al ingresa a la secundaria me inscribí en el Taller de Artes Plásticas, comencé a conocer técnicas pictóricas y artísticas. Me introdujo en el área de las artes de manera formal. Lo que más me impresionó fue el trabajo del profesor de artes plásticas que impartía el taller, que hacía grabados en linóleo, me gustó muchísimo. Cuando le pregunté dónde había aprendido, me dijo que lo había hecho en la Academia de San Carlos. Surgió la duda por saber qué era San Carlos, que existía un lugar donde se enseñaba a hacer eso. Lo que más desarrollé en ese momento fue el trabajo en óleo. Yo mismo me compraba mis bastidores, y hacía reproducciones de la obra de Diego Rivera. Sin embargo, no tenía la intención de estudiar Artes Plásticas.”

“Cuando terminé mis estudios de secundaria, estudié el bachillerato en el Instituto Politécnico Nacional, pero verdaderamente las únicas materias que había acreditado después de un año, eran las de dibujo, me gustaban las cosas manuales, pero me di cuenta que no era  el camino correcto para seguir con mis estudios.”

Una disyuntiva y nuevamente el destino le presenta la Academia de San Carlos. “Al no seguir en la vocacional, conseguí un trabajo como ayudante de topógrafo, como a los 16 o 17 años, trazaba planos, etc. Viajaba al centro para reunirme con la cuadrilla con la que trabajaba. Por casualidad, al viajar rumbo a mi trabajo desde mi casa, me di cuenta que el transporte pasaba precisamente al frente de la Academia de San Carlos, de esa manera la descubrí, por casualidad, nadie me dijo donde estaba. Un día fui a ver qué era lo que había. En el año 67, sin haber terminado el bachillerato, me inscribí en San Carlos a una carrera técnica que se llamaba Dibujo Publicitario, cuyo antecedente era una escuela que Diego Rivera había hecho en los años treinta, cursos nocturnos para obreros, cursos de carteles y letras. Tomé dibujo publicitario pensando que era solo dibujo.”

Ideales juveniles. El movimiento estudiantil del 68. “En aquel momento trabajaba para mantener mis estudios, así que totalmente me sentí identificado con el movimiento estudiantil. La Academia de San Carlos fue de las escuelas más combativas, teníamos una imprenta. Aquí viví todo ese movimiento. Hacíamos carteles en apoyo a las manifestaciones, a los ideales del momento. Los soldados se metieron a destruirla. Pese a todo, yo seguía trabajando por la mañana y en la tarde iba a la escuela.”

Una crisis vital. “En 1969 dejé la escuela, por un sentimiento de desasosiego al término del movimiento. En ese momento había un desequilibrio por todo lo que había ocurrido, fue tan fuerte que muchos quedamos afectados. Sin embargo, seguí formándome en escuelas libres, tomando pintura y dibujo, sin un sistema escolarizado fijo; practicando, conociendo. Así me encontré por un año.”

Nuevos panoramas y muchos alicientes. “Cuando regreso a incorporarme nuevamente a la carrera de Dibujo Publicitario en San Carlos, los maestros y compañeros se habían trasladado a un edificio en Tacuba. Se había incorporado a un recién formado departamento que se llamaba Departamento de Comunicación Gráfica.  En el edificio que había sido la Facultad de Química. Para ese momento yo quería estudiar Artes Plásticas ya, pero tuve que terminar Dibujo Publicitario, que de ser una carrera técnica se valida como Licenciatura. Al no haber concluido el bachillerato, se me dio la oportunidad de obtenerlo y terminar la Licenciatura al mismo tiempo. Así que hice el examen de admisión al Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur para obtener mi certificado de bachillerato.”

“Como estudiante del CCH, gané un concurso por hacer el logotipo de Colegio de Ciencias y Humanidades, que fue su emblema durante muchos años. Estudiaba al mismo tiempo el bachillerato, la Licenciatura y trabajaba para ganarme la vida.  De 7 a 10 de la mañana asistía al CCH,  después al trabajo, y en la noche iba a Tacuba a terminar Dibujo Publicitario. Realmente jamás me preocupé por lo complicado de las cosas, mi gusto por el dibujo me impulsaba. Además conocí mucha gente que me inspiraba, sobre todo en La Casa del Lago, maestros con los que trabajaba los fines de semana. Deseaba ser profesor, quería dar clases. Mis maestros me decían: `Hasta que no termines la licenciatura no podrás dar clases, solo así podrás ser profesor’, en especial Gerardo Portillo que era el coordinador.”

12 thoughts

  1. La obra como artista plástico del maestro Manzano también es muy interesante, deberían de tocar ese punto o realizar alguna presentación de la misma. Saludos.

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  5. Como muchas historias de triunfo en la UNAM ésta se encuentra construida desde el esfuerzo. Un abrazo para el maestro Manzano de espíritu incansable.

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