HACEMOS POSIBLE LO IMPOSIBLE

DONA AQUÍ

Mario Molina: El legado de un científico defensor del planeta

El 7 de octubre de 2020, el mundo perdió a uno de los científicos más influyentes y admirados de la historia reciente: el mexicano José Mario Molina Pasquel Henríquez, ingeniero, químico, científico, profesor y activista mexicano, destacado por recibir el Premio Nobel de Química en 1995 por su investigación sobre la química atmosférica.

A cuatro años de su fallecimiento, su legado sigue vivo, no solo por sus contribuciones científicas, sino por su constante esfuerzo por impulsar políticas públicas que protejan el medio ambiente y mejoren la calidad de vida de las personas.

Mario Molina nació en la Ciudad de México en 1943, en una familia donde el conocimiento y la cultura siempre tuvieron un lugar primordial. Desde joven mostró un interés profundo por la ciencia, en especial por la química, lo que lo llevó a estudiar ingeniería química en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), lugar donde forjó los cimientos de su carrera científica.

Después de obtener su licenciatura, realizó estudios de posgrado en la Universidad de Friburgo, Alemania y de doctorado en la Universidad de California, Berkeley, en 1972.

Su gran descubrimiento fue durante la década de 1970, cuando en colaboración con el científico Sherwood Rowland, realizaron investigaciones que demostraron cómo los clorofluorocarburos (CFC), compuestos químicos utilizados en refrigerantes y aerosoles, dañaban la capa de ozono.

Este hallazgo fue crucial para entender los procesos químicos que provocaban el adelgazamiento de la capa de ozono, una de las principales barreras naturales contra la radiación ultravioleta del sol. Los efectos de la exposición a esta radiación son conocidos por aumentar el riesgo de cáncer de piel, así como impactar a la biodiversidad y a los ecosistemas.

El trabajo de Molina y Rowland alertó a la comunidad científica y a los gobiernos sobre los peligros de los CFC. Fue así que, en 1987 sus investigaciones condujeron a la implementación del Protocolo de Montreal, un tratado internacional que ha sido clave en la reducción de la producción y uso de estas sustancias, marcando un hito en los esfuerzos por proteger el medio ambiente global.

El impacto de su trabajo fue tan significativo que, en 1995, Mario Molina, junto a Rowland y Paul J. Crutzen, recibieron el Premio Nobel de Química, siendo reconocidos por su contribución a la ciencia y por la influencia positiva que tuvieron en las políticas ambientales mundiales.

Además de su éxito como investigador, Molina fue un firme defensor de la educación y la investigación científica. Por ello, a lo largo de su carrera, ocupó diversos cargos académicos en instituciones de renombre.

Fue profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) entre 1989 y 2004, y en la Universidad de California en San Diego (UCSD), donde trabajó en el Departamento de Química y Bioquímica, así como en el Instituto de Oceanografía Scripps. También fue profesor en la UNAM, el Instituto de Tecnología de California (Caltech) y la Universidad de California en Irvine.

En México, su influencia fue igualmente profunda. Desde 2005, presidió el Centro Mario Molina para el Desarrollo Estratégico de Políticas Públicas, un centro de investigación dedicado a analizar y promover políticas ambientales, especialmente en el ámbito del cambio climático, la calidad del aire y la transición hacia energías más limpias.

Este centro fue clave en la elaboración de estudios sobre los efectos de la contaminación en la Ciudad de México, así como en la implementación de estrategias para mejorar la calidad del aire, que actualmente continúan influyendo en las políticas gubernamentales.

A lo largo de su vida, Mario Molina siempre abogó por un enfoque multidisciplinario para resolver los problemas ambientales. Para él, la ciencia debía ser el motor para la toma de decisiones y el desarrollo de soluciones que beneficiaran a la humanidad. En varias ocasiones destacó la importancia de invertir en ciencia y tecnología como una herramienta esencial para el progreso social y económico, y criticó la falta de apoyo en muchos países, incluido México, hacia la investigación científica.

El legado de Molina no solo se manifiesta en sus descubrimientos y en las políticas que ayudó a crear, sino también en la inspiración que dejó para futuras generaciones de científicos, activistas y ciudadanos comprometidos con el cuidado del planeta.

Su trabajo ha sido un referente para quienes buscan respuestas ante los desafíos del cambio climático y la degradación ambiental. Su figura continúa siendo un símbolo de integridad, pasión y responsabilidad hacia el futuro del planeta.

Fuente: Facultad de Química, UNAM | Divulgación de la Ciencia, UNAM

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba
Cerrar
Browse Tags