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Fundación UNAM

Gerardo García Luna

De cuando Narciso se enamoró de su reflejo en las trajineras

La grandeza de la Universidad radica en la transformación de la realidad social de quienes hemos tenido el privilegio de ser a partir de sus aulas.

Daban sus últimos estertores los años 80, década que su contemporaneidad fue anodina y poco valorada por quienes éramos los sujetos históricos definidos como perfectos representantes de la Generación X. Yo recibía en mi casa el tan esperado resultado del examen de admisión a la UNAM, el cual se había retrasado por algún paro asociado a un hecho histórico en turno, realidad lamentablemente cíclica en la institución. Un papelillo amarillo que me decía que había sido admitido y que me presentara en la ventanilla de servicios escolares de la entonces Escuela Nacional de Artes Plásticas a celebrar mi inscripción. Recuerdo el entusiasmo que me iluminaba la cara y aumentaba el pulso en mi yugular. Era un logro íntimo y personal, pero no ajeno a querellas y defensas fieras… Primero personal, pues en esa edad estaba en la disyuntiva de estudiar arte dramático o diseño gráfico. Y en caso segundo con el seno familiar, que en legítima preocupación de mi futuro, me cuestionaban: “¿Cómo dices que se llama la carrera?”, ya entrados en confianza y en franco reclamo: “¿Quieres decir que todo tu esfuerzo y excelencia académica la concluirás haciendo dibujitos?”

¡Y sí! Es que la verdad sí era alumno de excelencia, cualidad que me había permitido gozar de beca de aprovechamiento en dos instituciones privadas para cursar la licenciatura. Es decir, que a mis padres les parecía que yo estaba desperdiciando la vida en dos escenarios, primero al decidir estudiar una pseudoprofesión dedicada a hacer dibujitos y, segundo, optar por la universidad pública sobre las prestigiadas y siempre estables universidades particulares. Así que el primer gran aprendizaje que me dio la UNAM fue asumir las consecuencias de mi decisión y de mi criterio. Los argumentos de fondo que convencieron a mi familia de mi elección las fundamenté en la vocación y la gratitud.

De la primera puedo decir que era el estudiar en la que sabía –y no estaba errado– era la institución nacional más prestigiosa para estudiar artes. Era la ENAP, heredera de la Academia de San Carlos. Cuna de José María Velasco, Saturnino Herrán, Diego Rivera, Fermín Revueltas y toda una pléyade de mujeres y hombres que son referentes incuestionables de la dimensión visual de esta nación. De manera más cotidiana pero igualmente trascendente, una comunidad que abordaba a la disciplina del diseño gráfico como un quehacer orientado a la comunicación gráfica catalizadora de cultura y de desarrollo social. El diseño en esa década tuvo un boom; era una profesión que se puso de moda y que, gracias al crecimiento del lenguaje publicitario, de la aparición de MTV y de una eclosión de la industria simbólica se mostraba como una profesión del futuro… Más allá de las hipérboles asociadas a esa optimista y banal visión de diseño comercial, lo cierto es que hoy en plena segunda década del siglo XXI, TODO ES DISEÑO.

Del segundo fundamento que convenció de mi grata equivocación a los que me querían, es decir, la gratitud, ésta obedecía a que mi formación de bachiller, ésta desarrollada al seno del Centro Universitario México (CUM), preparatoria incorporada a la UNAM y conducida por los hermanos maristas, había sido posible gracias a una beca de aprovechamiento académico otorgada ni más ni menos que por la UNAM. De los discípulos de Marcelino Champagnat aprendí el pensamiento crítico, el amor a la lectura y la vocación de servicio. Esas bases me fueron dadas de manera desinteresada por la UNAM, era lógico que al concluir el privilegio que me había otorgado la Máxima Casa de Estudios de la nación, yo buscase seguir abrevando de ella y quisiera formarme en el seno de las alas de un águila y un cóndor.

Fue así que una vez que salí airoso del debate y tuve la anuencia familiar para estudiar en la ENAP, cuál sería mi sorpresa –el lector debe leer: mi crasa ignorancia– cuando leí con detenimiento la ubicación de mi plantel universitario caí en cuenta que ésta no se encontraba en la magnífica Ciudad Universitaria, sino en la demarcación política de Xochimilco. Entorno semiurbano que ocasionalmente conocía por pasear en trajinera a mi tío que radica en Texas o cuando mi madre compraba plantas. Y sin conocer los rumbos tomé mi ruta 59 de la extinta ruta 100, me extravié por la deportiva Xochimilco y después de cierto andar crucé la reja de lo que a partir de ese momento se convirtió en mi segundo hogar. De esta dislocación geográfica, la Universidad me volvió a dar enseñanza. Primero, que uno debe informarse de todo lo relativo a su orientación vocacional y su licenciatura; segundo, que la UNAM es infinitamente mucho más que ciudad universitaria, que su radio de influencia e impacto social abarca a toda la nación e incluso allende fronteras. Y finalmente me confirmó que la grandeza de la Universidad azul y oro radica en la transformación de la realidad social de quienes hemos tenido el privilegio de ser a partir de sus aulas. Que la consciencia de clase, que el compromiso con la comunidad y el reto de innovar son consustanciales a ese reflejo de uno, que es el conocimiento y que en mi caso se dio como Narciso idealista que se reflejó en lacustres regiones de la trajinera y la chinampa.

Director de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM.

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