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Martha Susana Solano Moctezuma

Reflexiones

Esta mañana, ante un hermoso amanecer, pensé que gozar de un espléndido día a mi avanzada edad es ser afortunada y luego reflexioné en que siempre lo he sido.
Soy licenciada en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Mi nombre es Martha Solano de Ruano y soy donante de la Fundación UNAM porque estoy convencida de que es la forma de retribuir en una pequeña escala todos los grandes beneficios que mi esposo y yo obtuvimos de esta Universidad.
Nací en México, en la capital, en el seno de una familia muy estable donde siempre hubo amor y respeto, lo que me permitió visualizar desde la infancia y la juventud mi vida adulta. Mis sueños se encaminaron a lograr una formación universitaria.
Desde muy pequeña supe que la Universidad –así se decía en mi familia como si fuera la única– era lo mejor para un futuro promisorio. Fue un hermano de mi madre quien me inculcó un gran respeto por la UNAM. Se llamó Francisco Moctezuma, en su juventud luchó por la autonomía y toda su vida se dedicó a la docencia en nuestra institución, en el campo de las artes, incluyendo el arte plumario, donde destacó con la réplica del Penacho de Moctezuma que se encuentra en el Museo de Antropología e Historia. Cuando ingresé a la UNAM, mi tío, el más universitario de todos, me felicitó; pero cuando empecé a dar clases en la Escuela de Economía se emocionó verdaderamente, como que sintió que estaba dejando un legado a través mío y fue muy emotivo; recuerdo su semblante de profunda emoción, esa imagen la tengo muy presente.
Así fue como en una inolvidable primavera entré a la Universidad Nacional Autónoma de México como estudiante de la Escuela Nacional de Economía. Era 1954, fue la primera generación en la Ciudad Universitaria y sentí que tenía frente a mí la oportunidad, y por tanto el deber, de aprovechar lo que esta prestigiada Universidad me ofrecía.
Fue un poco aleatorio entrar a la Escuela de Economía, porque en nuestra época había muy poca información sobre instrucción vocacional, entonces veníamos casi con ojos cerrados a ver por dónde iba a ser nuestro camino en el futuro. Así, me acerqué a la Facultad de Derecho, a la Facultad de Filosofía y Letras y, por último, a la Escuela de Economía –en aquella época era sólo Escuela, no era Facultad–, y viendo los planes de estudio de las distintas carreras de estas tres escuelas, decidí entrar a la Escuela de Economía; me convenció mucho su plan de estudios. Y fue así como tuve la fortuna de ser inscrita en la primera generación de Ciudad Universitaria. Entonces estaba el campus universitario totalmente nuevo, hermoso; convidaba a una relación estrecha entre todos los que estábamos inaugurando en esa época la Ciudad Universitaria, que eran sólo los estudiantes del primer curso de cada Facultad o Escuela, así es que éramos pocos relativamente. Al estar en el campus de CU recién construido, la verdad me sentía como soñada, porque antes había ido a inscribirme a la Escuela de Economía que estaba en el área universitaria del Centro, en la calle de Cuba, en una casa viejísima, todo oscuro, y llegar aquí y ver todo nuevo, con árboles, hermosísimo, fue un cambio muy radical.
Mi impresión fue que tenía el deber de aprovechar profundamente lo que me ofrecía esta institución tan noble, de la cual ya había yo tenido antecedentes en mi familia, pues desde pequeña oía que para progresar había que estudiar; y para estudiar en este México nuestro, no había otra más que la Universidad, como se decía en mi casa: la Universidad era sólo esta, aunque obviamente había otras, pero para mí esta era la Universidad. Y entonces vine a inscribirme y terminé mis estudios y con esto tuve una base muy importante, no sólo de conocimientos, sino sobre todo de los aspectos humanistas que conlleva estar en esta Universidad, en cualquiera de sus escuelas, en cualquiera de sus ramas del conocimiento.
El mayor reto que enfrenté al ingresar a la UNAM fue adaptarme, pues hasta la preparatoria estuve en una escuela privada; pero fue muy fácil, debido a los sentimientos que yo tenía, a las emociones que me brindaban todos los días; así que no me costó trabajo adaptarme, y mis profesores, mis compañeros, todos hacíamos una verdadera familia que gozaba de una casa nueva.
De la misma forma, al provenir de una escuela privada, el nivel socioeconómico de las alumnas era más o menos como el mío, que era clase media, no clase media-alta, sino lo que en esa época se entendía como clase media, ahora hay muchas interpretaciones, pero bueno. Entonces, al llegar aquí, hubo un cambio. Por otro lado, yo venía de escuela sólo para mujeres, entonces en la Universidad –que ya obviamente era mixta– tener a compañeros hombres era una novedad para mí. El nivel socioeconómico cambiaba, había de todo y eso me gustó mucho y me dio una idea un poquito más clara de la sociedad en la que vivía, porque, aislada en la familia y en una escuela privada, tienes una visión parcial y en la UNAM se amplía el conocimiento de la misma sociedad a la que perteneces.
A la Universidad le agradezco sobre todo las ideas de tipo social que inculcó en mí porque esas, insisto, perduran para siempre y creo que ahora me ayudan a entender un poco mejor lo que está pasando en nuestro país, lo que pasa en el mundo. Y, aunque ya en esta etapa de la vida está uno consciente de que sus actividades están limitadas y que no se tienen los ímpetus para seguir dando clases, para seguir actuando, yo siento que lo que aquí adquirí me ha servido inclusive para mi vejez; como que me ha dado fortaleza para afrontar la vejez, que no es fácil.
Ahora bien, debo decir que en aquella época estudiar siendo mujer era un reto, pero en mi casa, donde fuimos cuatro hermanas, mis padres nos inculcaron un principio básico de vida: que deberíamos enfocar todos nuestros esfuerzos a lograr ser personas independientes, que no pensáramos nunca en el matrimonio como un medio para que alguien nos sostenga, no. Siempre nos inculcaron “ustedes deben ser independientes económicamente, no importa si tienen un marido con muchos recursos o un marido pobre, el que sea, ustedes deben tener sus propios recursos”. Esas eran unas ideas muy avanzadas para la época, a pesar de que mis padres eran muy conservadores en muchos otros aspectos; fue algo que yo oí continuamente como recomendación de ellos hacia nosotras.
Entre mis hermanas, yo fui la única universitaria, debido a que venía de una familia donde todas las mujeres fueron secretarias. Mi madre y sus hermanas fueron alumnas de la primera escuela de secretarias en México, todavía en la época porfiriana. Entonces, a pesar de que, insisto, mis padres eran conservadores, sobre todo mi madre y su familia, tenían la educación como algo importante y el trabajo de la mujer también. Mi madre trabajó como secretaria, sus hermanas también, la hermana de mi padre también, todas de la misma escuela; ¡mi madre casada trabajó!, cosa inusitada totalmente, y a nosotras eso nos inculcaron: que deberíamos ser unas personas independientes. Eso lo lograron mis hermanas, que ya me precedieron, que ya no están con nosotros, lo lograron con estudios básicamente sólo de secretarias; mientras que a mí sí me interesó –no sé cómo ni por qué– tener una educación universitaria.
Mi amor por la Universidad se gestó en la propia licenciatura. Tan es así que casi saliendo de la escuela empecé a dar clases aquí, primero como profesora adjunta y ya después como titular. Eso fue muy interesante para mí porque yo tenía bastante timidez y tuve que hacer un gran esfuerzo para enfrentarme a los alumnos, de modo que fue parte muy importante de mi desarrollo personal y fue una plataforma para seguir adelante. Como profesora participé en algunos ciclos escolares dando clases de Teoría Monetaria y del Crédito y de Teoría Económica en mi Escuela y también de Teoría Económica en la Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico Nacional.
Al final de la licenciatura, empecé a trabajar en Nacional Financiera muy pronto, en áreas de análisis económico, y ahí estuve durante treinta años. Nacional Financiera era el agente financiero del Gobierno Federal para la contratación de la deuda externa y en el área de Estudios Financieros, donde yo participaba, se elaboraban las estadísticas y el análisis de los préstamos internacionales. El tema de mi tesis de licenciatura fue el financiamiento externo de México, que el jurado premió con mención honorífica. Al mismo tiempo, el título de licenciada en Economía por la UNAM me permitió acceder a una beca en el extranjero y eso amplió mucho mi panorama profesional: me permitió estar en Francia, en estudios de planeación económica, que estaban de moda en la época; entonces ese fue un agregado a lo que yo había obtenido aquí en la Universidad.
Yo creo que todas las metas que he tenido tanto en lo personal como en profesional no hubieran sido alcanzadas sin la Universidad, o cuando menos todo sería de otra manera, es decir, lo que percibí aquí me ha servido para todo el resto de mi vida: me ha servido de plataforma para el desarrollo profesional y para el desarrollo personal también porque creo que yo sería una persona diferente si no hubiera sembrado aquí la semilla de los frutos que he conseguido ahora.
La UNAM es la base, es el principio, realmente repercutió a lo largo de toda mi vida profesional, porque insisto en que no sólo influye en los aspectos técnicos de un aprendizaje, sino sobre todo en los aspectos humanos, ese es un renglón que el resto de las universidades no tiene. Yo creo que solamente aquí y en el IPN, donde también di clases, es donde hay ese enfoque humanista que se requiere para el desarrollo profesional de cualquier persona, sobre todo en un país como este.
Es precisamente ese enfoque humanista el que nos convenció a mi esposo y a mí de regresar a la Universidad un poco de lo que nos dio. Y esa historia comienza cuando nuestras vidas se encontraron. A mi esposo, Marco Antonio Ruano –un ferviente universitario que arribó a la Ciudad de México procedente de su natal Guerrero y encontró en la UNAM, desde la Prepa 1 y hasta la Facultad de Comercio y Administración, el medio para realizar sus sueños de desarrollo profesional– lo conocí mientras yo trabajaba en Nacional Financiera y él, como contador público, trabajaba para un despacho de contadores que hacía la auditoría externa de Nacional Financiera; ahí nos conocimos y cuando empezamos a platicar nos dimos cuenta de que éramos de la misma generación, pues –aunque él me llevaba cuatro años de edad y había estudiado tres años de Medicina pero no le gustó, cambió de carrera y estudió Comercio– también le tocó la inauguración de Ciudad Universitaria. Y así empezamos a platicar de nuestros antecedentes universitarios sin habernos conocido aquí. Él también siempre estuvo muy agradecido con la Universidad por las oportunidades que tuvo, primero cuando trataba de ser médico –y que no prosperó– y luego cuando tuvo la oportunidad de cambiarse de carrera y desarrollarse profesionalmente con base en lo que aquí había estudiado.
Después, en los últimos tiempos de nuestra vida de casados, empezó a tener mucho la inquietud sobre cómo podríamos contribuir aunque sea un poquito de todo lo que habíamos cosechado con los conocimientos que adquirimos aquí y fue cuando me encomendó, ya en sus últimos días, que no perdiera de vista esa meta que quería que cumpliera yo en nombre de él también de ayudar un poco a estudiantes que seguramente llegan a la Universidad con la ilusión que llegamos nosotros, para que no se vean frustrados sus propósitos por problemas socioeconómicos tan evidentes que seguimos padeciendo en este país. Creemos que, aunque sea un poco, estos jóvenes que se inscriben, que vienen con esta esperanza, deberían poder oír: “oye, hay alguien que te quiere ayudar un poco, aunque sea para tus pasajes, para tus tenis, para qué se yo”. Esa fue la idea.
Realmente, platicamos muchas veces sobre ese deseo de retribuir porque estuvimos muy cerca del estado de Guerrero –como ya mencioné, él era guerrerense, por lo que ya jubilados estuvimos no viviendo continuamente pero sí yendo con mucha frecuencia al estado– y, al ser uno de los más pobres, en esos largos periodos que estuve por allá aprendí más que en mi escritorio de Nacional Financiera de lo que estaba pasando en México, me abrió los ojos en muchas cosas o me hizo coincidir datos y estadísticas que ya conocía con la realidad. Desde entonces empezamos a elucubrar cómo ayudar un poco a los jóvenes que quieren desarrollarse, a los jóvenes que quieren aprender, a los jóvenes que cuando logran sus metas no van solos sino que llevan a sus familias y a su vida futura muchos beneficios que de otra manera no tendrían.
Debo decir que originalmente teníamos la idea él y yo de hacer una propia fundación, pero luego entendimos que iba a ser muy complicado y quizá no se iban a lograr los beneficios que se obtienen con una institución que ya está hecha para eso. Entonces, sí nos acercamos en vida de él a la Fundación, pero muy por afuera, simplemente tuvimos información que hay en todos lados, pero no nos acercamos personalmente a hacerlo. Y cuando él no estuvo pensé que, si con él me iba a ser difícil organizar una fundación, yo sola lo iba a ser mucho más, implicaría más problemas y tendría resultados muy difíciles de prever. Entonces, hice a un lado esa idea y dije: “no, tengo que acudir a la organización que está para ello”. Y, con la ayuda de mi querida amiga Gabriela Castilla, lo hice. Ella me ayudó a acercarme a la Fundación UNAM, donde hemos sido recibidas de manera muy cordial, de manera muy afectiva y que nos confirma, o me confirma a mí, que escogí el lugar adecuado para nuestros propósitos.
Desde las primeras conversaciones que tuvimos con su directora y con sus funcionarios de primer nivel que nos atendieron, me convencí de que estaba haciendo lo correcto. Lo que a mí me gustó mucho es la autonomía presupuestal que tiene la Fundación porque eso implica una gran estabilidad en su organización, en su desarrollo, porque no depende de factores de orden administrativo o hasta político. Por eso yo considero que tiene una gran solidez y que entonces es apta para los proyectos de personas que ya estamos, como yo, en la última etapa de la vida, que ya no vamos a poder quizá darle continuidad a un proyecto; sin duda, la Fundación sí lo puede hacer en nuestro nombre.
Desde mi perspectiva, la gran importancia de FUNAM para la Universidad y para su comunidad estudiantil radica en que tiene un conocimiento muy amplio, sobre todo, del nivel socioeconómico de los alumnos y además de toda la enorme gama de conocimientos que ofrece la Universidad, lo cual influye directamente en los programas que tiene disponibles. En la Fundación UNAM me di cuenta de que tienen ideas muy precisas para apoyar y para colaborar con estudiantes de los cuales conocen no sólo su nivel socioeconómico sino también sus aspiraciones de acuerdo al área que han escogido para desarrollarse. Entonces, a los donantes nos hacen una exposición muy precisa de los distintos tipos de ayuda y ya cada quien de acuerdo con sus preferencias, totalmente personales, totalmente emotivas quizá, puede escoger.
Yo creo que FUNAM tiene un gran reto: seguir por el camino que ya ha trazado, por supuesto ampliando las metas, lo cual es algo en lo que ha trabajado, como se ve en que, puesto que sintió que estaban un poco descuidadas las áreas de administración, de finanzas y todo esto, se está enfocando en reforzarlas y en incorporar nuevas áreas. Así, yo considero que esa es la mejor forma de seguir, es decir, debido a que ya tiene un camino muy bien hecho, lo importante será reforzarlo y seguir adelante con la misma dirección.
Para finalizar, me gustaría extender una felicitación a la Fundación porque con el breve acercamiento que he tenido con ella se confirma la idea de que las personas que la dirigen son muy comprometidas con la Universidad y con las metas propias de ésta y, por ende, con las metas de los estudiantes. Creo que se ha logrado una organización muy sólida, muy independiente, con un manejo transparente de los recursos que administra, que da confianza; y, precisamente, le debe dar confianza a la propia Universidad el contar con ese apoyo que es tan importante para los estudiantes. En cuanto a los donantes, pienso que sentimos que nos han comprendido o que han entendido lo que nosotros tratamos de lograr a través de estas acciones. Es evidente la experiencia y sensibilidad con las que pone en contacto a los posibles beneficiarios con los donantes. En nombre propio y en el de mi esposo, agradezco a la FUNAM la atención y el experimentado apoyo que me ha brindado para cumplir cabalmente mis deseos.
Mis más sinceras felicitaciones para la Fundación UNAM por treinta años de servicio social tan importante en nuestro medio. ¡Felicidades!
Profesora de la UNAM y donante de la Fundación UNAM

Fuente: www.eluniversal.com.mx

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