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Fundación UNAM

Valeria Souza Saldívar

La UNAM y yo: el espíritu del puma que llevo dentro

Soy totalmente Puma. Esto no quiere decir que sepa gran cosa de futbol, pero defiendo con ferocidad felina a la UNAM, que es mi casa, y también es la casa de todos los mexicanos y la Universidad del país. Para mí, la UNAM es el corazón que palpita en la nación, el espíritu que nos habita como país y el cerebro que nos mueve a mejores futuros.

Algunos pensarán que esto suena exagerado, pero basta con describir su tamaño en 2020: 356 mil estudiantes a todos los niveles, 41 mil académicos, un millón 50 mil participantes en educación continua, más 2 millones 500 mil asistentes a las actividades artísticas y culturales al año (http://www.estadistica.unam.mx/numeralia/); eso sin agregar los millones de exalumnos que pasaron por sus aulas y nunca pierden su espíritu puma, porque la UNAM nos deja siempre una lealtad a toda prueba. A estos números hay que agregar que la UNAM es para todos, ya que es gratuita, por lo que su papel como motor social es innegable, y al ser autónoma sus designios no dependen del Presidente en turno ni de partidos políticos, sino de la Junta de Gobierno y del Consejo Universitario. Por otra parte, el carácter nacional se reafirma al tener dependencias en 32 estados y al tener a los investigadores de la UNAM haciendo trabajo de campo en todo el país. Asimismo, la huella de la UNAM en el mundo es indudable, ya que sus egresados forman parte de muchos centros de investigación y de universidades en el mundo, esto y la productividad de sus investigadores y sus académicos la hacen, sin duda, una de las mejores universidades de Latinoamérica.

¿Cómo es esto de que la huella puma se queda tatuada en nuestro corazón? Yo no sabía que esto me iba a pasar cuando ingresé, en noviembre 1978, a la Facultad de Ciencias en Ciudad Universitaria a estudiar Biología. Cuando hice mi examen de ingreso estaba pensando en un buen lugar para volverme científica y no imaginé todo lo demás que me iba a dar la Facultad. Lo primero que me regaló fue amigos entrañables que todavía conservo, pero eso de alguna manera era de esperarse; lo que no sospechaba es que la Facultad también me iba a instruir en el fino arte de amar a mi país y a conocerlo. Éramos una generación grande y diversa, mis amigos venían de todos lados y compartíamos no sólo la experiencia de aprender, sino también la experiencia política de opinar en las asambleas, debatir y discutir qué era lo mejor para todos. Este aprendizaje “integral” me hizo, sin duda, sensible a las necesidades de los demás, y al enorme mosaico que nos conforma como nación. Mis maestros eran variados, unos extraordinarios y otros no tanto. Pero eso no era tan relevante, como lo fue el enorme aporte al conocimiento que me daban constantemente mis compañeros; discutíamos sin parar los artículos científicos que leíamos para las clases y el gozo de aprender era un ejercicio de comunidad.

La Facultad sin duda me dio los años más felices de mi vida. Ahí, como parte de mi equipo de trabajo, conocí al amor de mi vida, mi compañero y esposo, Luis Eguiarte; seguimos siendo equipo de trabajo 40 años después, ya que juntos estudiamos en la UNAM la licenciatura y el doctorado, y actualmente compartimos dos maravillosos hijos, así como un laboratorio de investigación en la UNAM, en el que tenemos alrededor de 30 alumnos de licenciatura y posgrado que hacen sus tesis con nosotros.

Salvo los dos años de posdoctorado en la Universidad de California en Irvine (1990-1992), y nueve meses en Michigan State University (1992-1993), nuestra formación es 100% puma. Debo de decir con enorme orgullo que al llegar a California al laboratorio del Dr. Richard Lenski, mi formación puma me había preparado de forma extraordinaria; había adquirido una visión crítica hacia los problemas científicos nuevos a los que me enfrentaba en el posdoc, razón por la cual Luis y yo (Luis estaba con el Dr. Michael Clegg en la Universidad de California en Riverside), tuvimos un posdoc muy exitoso. En este periodo también hicimos amigos y colegas de toda la vida, además de trabajar con asesores extraordinarios, y pudimos criar a nuestro primer hijo con la beca que la UNAM nos otorgó. Cuando nos contrató a los dos el entonces Centro de Ecología en 1993, no lo podíamos creer y estábamos muy emocionados; regresábamos a casa, a la UNAM, a México.

Montar nuestro laboratorio no fue fácil, porque teníamos dos niños chiquitos; nuestra segunda hija, María, acababa de nacer en Michigan, y Felipe, el primogénito, nació a medio doctorado, y tenía cinco años cuando regresamos. Pero nada es imposible y logramos poner a funcionar el laboratorio gracias al buen equipo que hacemos los dos, y al espíritu indomable que nos dio nuestra universidad.

Durante la huelga de la UNAM tuvimos nuestro primer sabático, y ahí me ofrecieron trabajo en Michigan; sin embargo, ni lo consideré: mi casa, la UNAM, nos necesitaba de regreso.
Ahora, con más de 30 años de antigüedad como maestros de la UNAM, puedo decir que no hay nada más gratificante que dar clases y formar a nuevos mexicanos; y no ha sido sólo respecto al conocimiento biológico, sino, aún mas importante, en la ética profesional, el amor y corresponsabilidad a nuestro país. Cuando se recibe un alumno y hace el juramento profesional, lo hace a la patria y a la sociedad; después de levantar el brazo derecho y jurar poner todo su empeño para hacer el bien a la nación, viene la porra puma, la goya, lo que me hace lagrimear de emoción cada vez.

La Fundación UNAM es un ejemplo de lo que ese juramento significa: un hacer bien a la sociedad, un cumplir con nuestro deber profesional con todas nuestras fuerzas y todo nuestro amor al país. Surge como asociación civil en 1993 (el mismo año que ingresamos como investigadores Luis y yo) para apoyar a los estudiantes de escasos recursos; las donaciones de los ex alumnos se canalizan a programas diversos que fomentan la docencia, investigación y cultura, así como también enlazando a los estudiantes con las empresas y la sociedad; y lo más importante, esta Fundación otorga becas para que aquellos que lo necesiten, no tengan que trabajar mientras estudian. Todo esto permite que la UNAM sea más diversa, más inclusiva, más Universidad Nacional Autónoma de México.

Ahora el país nos necesita y, como universitarios, tenemos mucho que dar a una sociedad en crisis por la pandemia. No sólo es que la UNAM es un centro de conocimiento y de balance político, es un lugar donde las decisiones son razonadas y los experimentos necesarios son hechos para entender al virus que nos aqueja, o la crisis económica que requiere de nuevos modelos, también están los miles de médicos y enfermeras que están en la línea de batalla, los químicos y biotecnólogos preparando nuevas maneras de detección, los biomédicos pensando en vacunas… en fin, todo nuestro conocimiento está, todos los días, al servicio a la nación, y si no, que la nación nos lo demande.

Investigadora Titular C
Instituto de Ecología, UNAM

2 thoughts

  1. Bravisimo!!! A grandes formadores como la Dra. Valeria Souza y su esposo!! Es verdad todo lo que expresa en su artículo. Yo también estudié en la UNAM y su huella quedó desde entonces en mi pecho!! Me llena de orgullo y compromiso pertenecer a la UNAM!! Y retribuir a la sociedad Mexicana todo lo aprendido aqui, para hacer de México un mejor país todos los días!! Goya,Goya UNIVERSIDAD!!!

  2. Muy inspirador su comentario doctora Souza y manifiesta el mismo orgullo que sentimos quienes hemos pasado por sus aulas.
    En lo particular ingresé a la ENP en 1974 y terminé mi especialidad en 1987.
    Desde entonces radico en BC pero, como usted lo expresa, llevo lo puma en el corazón.

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