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Teotihuacán: Un tesoro arqueológico

La zona arqueológica de Teotihuacán se ha convertido en un símbolo icónico del mundo prehispánico a nivel internacional. Este tesoro arqueológico fue abierto al público el 13 de septiembre de 1910, convirtiéndose en uno de los sitios más visitados en México.

La región de Teotihuacán es una de las zonas más exploradas de Mesoamérica, además de ser el primer lugar del país declarado tesoro del Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1987.

Con una extensión de 264 hectáreas para los visitantes, el lugar consta de La Ciudadela, el Templo de la Serpiente Emplumada, la Calzada de los Muertos, la Pirámide del Sol, la Pirámide de la Luna, los dos conjuntos habitacionales de Yayahuala y Zacualael, el Palacio de Quetzalpapálotl y las pinturas murales de Tetitla, Atetelco, Tepantitla y La Ventilla.

En náhuatl, Teōtihuácān significa “lugar donde fueron hechos los dioses” o “ciudad de los dioses” y fue empleado por los mexicas una vez que la cultura teotihuacana ya había caído en el olvido. Situada a poco más de 40 kilómetros de Ciudad de México, fue una de metrópoli que llegó a albergar un aproximado de 125 mil habitantes.

Los datos que se tienen sobre los habitantes previo a su construcción son pocos; algunos estudios sugieren que los orígenes de Teotihuacán están relacionados con las erupciones de los volcanes Xitle y Popocatépetl y que posterior a diversos terremotos y nubes de ceniza, los pobladores de Cuicuilco se vieron obligados a desplazarse a otros asentamientos hasta dar con el valle de Teotihuacán, que les ofreció un lugar con agua potable, tierras fértiles para cultivar maíz y conexiones con las principales rutas comerciales de Mesoamérica.

Gracias a ello, diversos comerciantes surtieron a la ciudad con algodón, piedras verdes, plumas de aves exóticas y mica, artículos que sirvieron para engrandecer y embellecer los templos, vestimentas, esculturas, pinturas y cerámicas estucadas que mostraban el poder de la ciudad y de sus dioses.

A pesar de que no se tiene mucha información sobre la vida cotidiana de los habitantes, se descubrió que a finales del siglo IV y principios del V, muchos de ellos se dedicaron a la agricultura, a la cerámica, a la talla de piedra (lapidaria) y de la obsidiana, un vidrio volcánico que se convirtió en el producto más valioso que exportó Teotihuacán a diferentes regiones.

Mediante algunos estudios, se conoce que a la Pirámide de la Luna se le asocia con un tipo de ofrenda que incluía sacrificios humanos, así como a la presencia de animales como el jaguar, la serpiente y el águila en los murales que representaban su creencia religiosa.

La excavación más antigua que se conoce hasta ahora fue en 1675, a cargo de Carlos Sigüenza y Góngora, en la que se encontró la parte superior de la estructura adosada de la Pirámide de la Luna, sin embargo, no fue hasta que en 1865 el ingeniero Ramón Almaráz en colaboración con la Comisión Científica de Pachuca, realizaron el levantamiento topográfico y plasmaron las coordenadas geográficas de toda la zona arqueológica.

En 1885, durante el mandato del ex presidente Porfirio Díaz, se creó la Inspección General de Monumentos y al frente de la organización estuvo Leopoldo Batres, quien se encargó del cuidado y conservación de los monumentos arqueológicos en todo el país, emprendiendo formalmente las investigaciones en Teotihuacán hasta 1886. En el proceso se descubrieron los murales de “Teopancaxco”, “La Agricultura” y el que él mismo nombró como “Los Subterráneos”.

Fue así que por orden presidencial en 1905 se inició la exploración de la Pirámide del Sol, con la finalidad de abrirla al público en 1910 y celebrar el Centenario de la Independencia Mexicana; por lo que Batres adquirió los terrenos donde se ubica la zona, así como los adyacentes para formar el espacio de la primera zona arqueológica de México.

Durante 2017 y 2018, expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) e investigadores de la UNAM descubrieron un túnel a 8 metros de profundidad y 15 metros de diámetro que conecta a la Plaza y a la Pirámide de la Luna.

El INAH precisó que en este estudio se contó con la colaboración de un equipo de expertos de la UNAM; entre ellos el Dr. Andrés Tejero, Gerardo Cifuentes, Alejandro García, Esteban Hernández y René Chávez de la Facultad de Ingeniería y del Instituto de Geofísica de la UNAM, quienes a través de un comunicado explicaron que se practicó una tomografía de resistividad eléctrica no invasiva.

Los expertos sugieren que estos hallazgos pueden confirmar que los teotihuacanos buscaron reproducir el mismo patrón de túneles asociados a sus grandes monumentos, cuya función debió ser ejemplificar el inframundo en la antigua metrópoli.

“El impacto histórico de este descubrimiento abre la discusión sobre el significado simbólico de esta zona y sus orígenes en la planificación urbana de Teotihuacán”, detallaron los investigadores para el Journal of Archaeological Science.

Actualmente ya se han encontrado cuevas y túneles debajo de la Pirámide del Sol y las pirámides de Quetzalcóatl, que probablemente también fueron dedicadas a ceremonias religiosas sobre el más allá, la fertilidad y la creación de la humanidad.

Fuente: UNAM Global | Instituto Nacional de Antropología e Historia | National Geographic

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