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Artemisa Téllez Martínez

La UNAM ha sido parte de mi vida desde que nací. Recuerdo estar sentada sobre la cama de mis padres envuelta en una toallita azul y oro, y que mi papá me hiciera una fotografía llamándome “la universitaria”.

Vivíamos en una colonia al sur de la Ciudad de México y visitábamos el CCU con la misma frecuencia que Coyoacán o el bazar del sábado. Hacíamos pícnics detrás del muro de la Nezahualcóyotl para poder escuchar los conciertos al aire libre o almorzábamos en la cafetería, en ese entonces baratísima, que se encontraba sobre el espejo de agua de la explanada. Cada vez que estuvimos en el campus platiqué con mamá de sus años en Filos o me imaginé a mí misma sacando libros de las bibliotecas, actuando en las obras que ahí se presentaban o yendo sola al cineclub. Nunca concebí otra posibilidad más que, llegado el momento, yo misma estudiaría y enseñaría en la UNAM.

Siempre fui buena estudiante. Obtuve una beca de excelencia en segundo de primaria y la conservé por varios años. Cuando cumplí trece las monjas del colegio en el que estudiaba me la condicionaron por “mala conducta” y fue la primera vez que tuve miedo de que mi sueño pudiese truncarse. La siguiente fue cinco años más tarde, el domingo en que se publicaron los resultados del examen de admisión. Mamá estaba despierta desde muy temprano, caminaba por la sala de la casa como león enjaulado. Papá y ella fueron varias veces al puesto de periódicos a ver si ya había abierto y yo seguía sudando debajo de las sábanas haciéndome la dormida. Miedo, miedo enorme: todo lo que había hecho en mi vida era para llegar a ese momento. Sonó el teléfono, era una compañera que llamaba para felicitarme y que la felicitara: fuimos las únicas de nuestra escuela en aprobar el examen. No tuvimos que comprar el periódico, a su llamada siguieron la del director y la subdirectora. Recuerdo esos días como los más felices y a estos se sumaron muchos más: la inscripción, el ingreso, las primeras y maravillosas clases en el Colegio de Hispánicas con Federico Álvarez, Graciela Cándano, Huberto Bátiz, Eugenia Revueltas, Patrick Johansson…

En la Facultad de Filosofía y Letras hice montones de amigos, presenté mi primer libro, publiqué en una antología, me enamoré por vez primera (y segunda y tercera), hice una revista literaria y realicé mis sueños infantiles de participar en una obra, sacar libros de la biblioteca e ir al cineclub sola.

Hubo más ocasiones en que pensé que no lo lograría: la huelga del 99, la muerte de mi madre cuando estaba yo apenas en tercer semestre, los varios años que tardé en graduarme por no tener el espacio adecuado para sentarme a escribir una tesis; sin embargo, la puerta permanecía abierta: no se acumulaban cuotas, penalizaciones ni deudas, así que pude sobreponerme y regresar. Lo digo siempre: sin la UNAM, estudiar una carrera no hubiese sido posible para mí. Su sola existencia garantizó a lo largo de toda mi vida que eso fuera no sólo viable, sino orgánico. Años después pude hacer una maestría en Letras Mexicanas y fue la Universidad misma la que me apoyó con una beca en efectivo que permitió que por primera vez me dedicara de lleno a estudiar. La Fundación UNAM apoya a miles de estudiantes a nivel superior y medio superior para que puedan continuar o complementar su formación académica.

Como profesora de la División de Educación Continua de mi Facultad fui invitada hace algunos años a impartir para la Fundación algunos de los cursos de Literatura Mexicana que yo misma diseñé y que considero muy necesarios para completar el programa de estudios de mi carrera. En ellos nos enfocamos en las aportaciones literarias de mujeres cuentistas mexicanas y latinoamericanas que frecuentemente no son estudiadas o que al menos no forman parte del currículo de Hispánicas. El espacio de reflexión y libertad que la Fundación nos brinda posibilita que lxs estudiantes (en su mayoría maestrxs de preparatoria) tengan el conocimiento, las herramientas y el material para impartir cursos de literatura diversos e inclusivos, y también para ser agentes del cambio que quisieran ver en el canon. Durante los años de la pandemia, las clases de la Fundación no se detuvieron, gracias a eso pudimos llegar a estudiantes del interior de la república, expatriadxs, chicanxs, extranjerxs y la vocación de servicio comunitario de FUNAM se expandió de formas inesperadas.

Me siento honrada de ser hoy una de las portavoces de lo que la universidad pública y gratuita da a nuestro país y de formar parte del cuerpo docente de esta Fundación, que modela futuros y cambia vidas, y que, en algunos casos como el de mi familia y el mío, puede inclusive hacer que los sueños se cumplan.

Profesora y tallerista en Educación Continua (FFyL) y Fundación UNAM

Fuente: www.eluniversal.com.mx

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