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Luis Álvarez Icaza

Hace unas semanas participé en la ceremonia para reconocer a los trabajadores administrativos de la Universidad Nacional Autónoma de México que cumplieron veinticinco y cincuenta años de antigüedad. Cuando entregábamos a los trabajadores los diplomas y medallas por los cincuenta años, pude atestiguar y compartir la emoción con la que todos ellos los recibieron. Pensé entonces que tengo ahora casi cuarenta años de trabajar en la Universidad y casi cincuenta de estar en ella, si cuento desde el año en que ingresé a la Preparatoria 6 para hacer mi bachillerato, y que, en efecto, la UNAM es mi casa. No puedo evitar iniciar estas líneas diciendo que es en la UNAM donde obtuve mi certificado de bachillerato, mi título de ingeniero y mi grado de maestría, y también que fue a través de una beca de esta institución que realicé mis estudios de doctorado.

Toda mi actividad académica ha estado relacionada con la UNAM. Pero creo que hay más, mucho más. La Universidad ha sido el sitio donde he encontrado mis amores perdurables y a la mayoría de mis más entrañables amigos. En ella también aprendí del arte de la política: a escuchar, a diseñar estrategias, a buscar aliados, a negociar, a conceder, pero, sobre todo, a respetar profundamente las distintas visiones de la vida, esos pequeños universos que todos llevamos a cuestas. La UNAM ha sido para mí el espacio para la creatividad y la imaginación, pero también el de las batallas con la burocracia y el de la resignación frente a los límites de las instituciones. Nuestra Máxima Casa de Estudios, asimismo, me ha permitido compartir los esfuerzos solidarios de quienes quieren mejorarla, pero también observar consternado los de la mezquindad y la estulticia de quienes la destruyen, aunque sea inadvertidamente.

La Universidad me ha brindado sus aulas para encontrarme cada semestre con jóvenes maravillosos a los que tengo el privilegio de acompañar en sus procesos para entender y crear su propia visión de cada materia y que me salpican, sin saberlo, un poco de su vital energía. La UNAM me ha proporcionado un piso firme para buscar en libertad la orientación de mi trabajo, para plasmar en él, desde la trinchera de la Ingeniería, mis preocupaciones por un futuro mejor para México. También me ha ayudado a construir los laboratorios donde puedo ensayar los prototipos de todas mis ocurrencias. Y, de la misma forma, me ha invitado a experimentar el columpio de las emociones deportivas que siguen a los éxitos y fracasos de los Pumas; me ha ofrecido sus recintos para disfrutar cine, música, danza y teatro; y me ha abierto sus museos para deslumbrarme con el arte.

La Universidad de la Nación me ha dado la seguridad de un trabajo estable y de una vida digna, así como la posibilidad de pensar en una vejez tranquila. Es por todo esto que yo soy uno de esos millones de pedacitos que cada día forman una “UNAM y yo”. Es también por esto que para mí la UNAM es la mejor institución que hemos podido crear en este nuestro México querido.

P.S.: Felicidades a Fundación UNAM por sus treinta años de apoyo continuo.

Secretario Administrativo de la UNAM

Fuente: www.eluniversal.com.mx

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