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Rafael Cortés Déciga

Convicción y movilidad social

Mi primer encuentro con la UNAM fue al llevarme la grata sorpresa de tener un lugar en la Preparatoria 9 Pedro de Alba. De la emoción, el primer día me equivoqué de grupo, me integré con nuevos compañeros que al siguiente día ya no vería. Durante mi educación media superior conocí a grandes amigos; a algunos de ellos aún los conservo y procuro. Sin saberlo, empezaba un reto de cara a una gran institución que me forjaría como persona. Mi padre había estudiado en la misma preparatoria y se mostraba contento. Él no tuvo la fortuna de terminar, pero me apoyó para lograrlo. Vengo de una familia en la que pocos terminaron estudios antes de mí por falta de apoyo y oportunidades. Sólo mi abuelo estaba titulado y fue el faro que motivó mi andar.

Al concluir la preparatoria realicé exámenes para otras universidades, sin embargo, la sangre Puma ya circulaba en mis venas. Opté por entrar a la Facultad de Economía, aunque en un principio quise permutar a Arquitectura. No obstante, la primera semana de clases en Economía fue decisiva para mí: algo me dijo que mi camino eran las ciencias sociales.

La pluralidad del plan de estudios, como un abanico de posibilidades ante mí, me provocó una gran pasión por mi carrera. Me di cuenta de que podría entender las relaciones socioeconómicas entre las personas; que hay niveles macro que nos involucran a todos en el mundo, así como niveles micro sobre el comportamiento de empresas e individuos, basados en algo tan abstracto, pero tan incidente, como lo es la oferta y la demanda.

También aprendí que en la sociedad existen grandes desigualdades, principalmente a causa de la falta de oportunidades y dotaciones iniciales. Comprendí que el salario mínimo no alcanza ni para el mínimo de subsistencia y que esta suerte es compartida por muchos mexicanos. Fue entonces cuando caí en cuenta de que era afortunado por el simple hecho de contar no sólo con mi familia, sino con el apoyo de todos los mexicanos, pues gracias a sus impuestos tuve acceso a la oportunidad que otros no tienen; y que la educación pública y gratuita es uno de los principales pilares de la movilidad social, pero, al mismo tiempo, es una gran responsabilidad moral con mi país.

Tuve dificultades para concluir mis estudios en tiempo y forma, como muchos en la UNAM, no por falta de compromiso, sino por la necesidad de incorporarme a la fuerza laboral. También, debo confesar que fue por la necedad de devolver a mi Alma Mater una aportación que valiera la pena e intentar honrar el costo social de mi educación.

Si miramos hacia otros lugares, la educación gratuita no es opción o la educación implica un mayor costo de vida a la ya precaria situación del hogar, por ejemplo, en países como Estados Unidos, donde le preguntas a un joven “¿qué carrera piensas estudiar?” y su respuesta es “no sé si estudie la universidad, no quiero esclavizarme a una deuda que no sé si algún día podré pagar”. Una sociedad sin acceso gratuito a una educación universitaria, o al menos asequible, creo que deriva en una sociedad en decadencia.

La UNAM, sin duda, es una máquina de lograr sueños para muchos que, al igual que yo, quizás no hubieran tenido mayores expectativas en un mundo vorazmente competitivo. Estaré agradecido siempre con mi Alma Mater, profesores y colegas, así como con la gran labor de la Fundación UNAM por apoyar esos sueños y promover la investigación de calidad en favor del bienestar de la sociedad y de su inclusión financiera.

Por mi raza –y por los que de otra forma no tendrían oportunidades– hablará el espíritu.

Economista y ganador del 3.er lugar del Premio Educación Financiera Fundación UNAM-BBVA 2020-2021, 2.a edición

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