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Fundación UNAM

Ranier Gutiérrez

El optimismo desde un punto de vista de un optimista: La UNAM y yo

Me han pedido compartir algunas de mis experiencias durante mi paso por nuestra Máxima Casa de Estudios y la importancia que tuvo en mi vida, tanto personal como profesional, así que con nostalgia desempolvé mi anecdotario mental para remembrar mi pasado:

Mi relación con la UNAM empezó con una carta, aún recuerdo al cartero entregarme en persona “La Carta”. La abrí con desesperación y nerviosismo, no lo podía creer, corrí a comprar el periódico, después le conté con desborde de alegría a mi padrino mi aceptación a la Máxima Casa de Estudios del país. No el “Padrino” de Mario Puzo (aquel que manda a sus hijos a estudiar al extranjero con dinero de la mafia) no, ese no, sino mi padrino, un hombre común y mi ejemplo de vida, quien empezó a estudiar con su primera hija la primaria, que pasó de ser un albañil a un abogado graduado por la UNAM y primera generación del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Oriente. Aún yo no lo sabía, pero para un joven con gran precariedad y una austeridad franciscana obligatoria, entrar a la UNAM sería uno de los logros más importantes de mi vida.

En el CCH Oriente, y a mis relucientes 15 años por ahí de 1992, fue el periodo de mi vida con menos clases, cuatro horas diarias, pero donde más aprendí. En el CCH desarrollé el hábito de lectura, asistí a conciertos de rock y de ópera. En pocas palabras, me enseñó la libertad que deriva el descubrir el arte de aprender a aprender. Pero aún más aleccionador, ahí en mi salón de clases encontré el amor y a mi compañera de vida. A los 17 años fuimos padres de un hermoso hijo, que le dio sentido y dirección a mi vida. Cuando las prioridades son claras, no hay tiempo para vanidades, por lo que seguí la máxima primum vivere, deinde philosophari. Desde entonces, trabajé y estudié. Mi firme convicción desde niño era convertirme en abogado, como mi padrino, pero después de tomar una clase introductoria a la psicología  noté que el profesor no llevaba corbata y decidí aventurarme a lo desconocido.

Por pase automático  fui aceptado en la Facultad de Psicología en la imponente Ciudad Universitaria. Aún recuerdo aquel edificio pintado de rojo de la Facultad que desentonaba con sus alrededores, pero que lo distinguía. Aunque no fui dotado de las habilidades de Funes el memorioso de Borges, al hacer el recuento de la Facultad disfruté mucho la clase de Psicología Conductual impartida por el Dr. Gustavo Bachá Méndez. Sin embargo, la gran broma del destino ocurrió, como suele pasar, un día en el que perdía el tiempo esperando mi siguiente clase. Escuché a compañeros hablar de un profesor que iba a realizar una “cirugía en el cerebro de un roedor” y necesitaba ayuda. Así conocí el Instituto de Fisiología Celular (IFC) de la UNAM y, por primera vez, entré a un laboratorio. El laboratorio del aprendizaje y la memoria gustativa, dirigido por el Dr. Federico Bermúdez Rattoni, fue un parteaguas para mí. Era un lugar donde la gente se dedicaba a generar conocimiento y ¡se ganaban la vida pensando!

El reto principal fue leer artículos científicos, en inglés para ser preciso. Intenté inscribirme al Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras (CELE) de la UNAM, pero me rechazaron. Tenían la política de aceptar sólo alumnos con algún dominio previo del idioma, qué paradoja. El hombre está atrapado a su época y a sus herramientas tecnológicas del momento, así que ni hablar, tomé un diccionario de bolsillo inglés-español y empecé lentamente a traducir palabra por palabra. Mi primer artículo leído, de no más de cinco  páginas, me tomó casi una semana terminarlo, pero poco a poco las palabras se fueron repitiendo y empezaban a cobrar sentido, de repente las ideas aparecieron, la lectura se aceleraba, cuando menos me di cuenta se me abrió todo un universo de conocimiento con el idioma inglés. Fue maravilloso.

Así me la pasé algunos años, entre la Facultad, trabajando (de cocinero en restaurantes) y en mis ratos libres en el laboratorio. Como es evidente, pronto me di cuenta de que estaba parado en una bomba de tiempo, por lo que dejé el laboratorio. Después de un año, me sentía atrapado, derrotado, finalmente la vida me había ganado. Me encontraba en un círculo vicioso: el trabajo y el laboratorio eran actividades incompatibles, no podía servir a dos amos. No sabía cómo escapar, pero como es de esperarse, hasta en la tumba mi madre me salvó. La muerte de mi madre fue un punto de quiebre. Al morir me dejó una herencia 10,000 pesos, no era mucho, pero fue el pretexto perfecto para darle un vuelco a mi vida.

Decidí dejar el trabajo y regresar al laboratorio. Me jugué el todo por el todo y di el salto de fe de Kierkegaard. Me aventé como Butes de cabeza hacia el mar para escuchar el canto de las sirenas y sobreviví. En ese momento decidí convertirme en un científico. Tuve la suerte y el apoyo de mi tutor, quien  me dio la beca de ayudante de investigador de  SNI III (Sistema Nacional de Investigadores), suficiente para terminar la licenciatura e inscribirme al doctorado en Ciencias Biomédicas en el IFC UNAM, donde obtuve la beca de doctorado del Conacyt y desde entonces empezó un gran círculo virtuoso en mi vida. Sin saberlo, me volví a sacar la “lotería” ,o mejor dicho la “rifa”, dos veces en la vida.

Me gané una beca de la IBRO (International Brain Research Organization) para visitar Brasil. Ahí tuve la fortuna de conocer al profesor Sid A. Simon y al Dr. Miguel A. Nicolelis, profesores invitados al evento. El primero, experto en el sistema gustativo y, el segundo, pionero en la interacción cerebro-máquina. Fue tanto mi entusiasmo que me invitaron a su laboratorio en Duke University, Estados Unidos, donde realicé mis estudios de posdoctorado. Estudiar en el extranjero, con todos los gastos pagados por Duke y a mis 23 años  fue una experiencia única. Conocer otra cultura te hace ver las cosas de manera distinta, te libera. No obstante, yo siempre quise regresar a mi país y hacer ciencia de primer mundo, no conozco otra clase de ciencia, con un enfoque de retribución social porque, para mí, la ciencia siempre ha tenido ese fin. Así que a mis 28 años regresé a México y establecí el Laboratorio de Neurobiología del Apetito en el Departamento de Farmacología del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav). Me llena de orgullo contar que mis estudiantes han (o están) estudiado en universidades en el extranjero como Yale University, Columbia University, Princeton University, etc. No rehúyo a los problemas, pero soy, en esencia, un optimista sobre el futuro a pesar de la pandemia y la inminente crisis, porque sé que la vocación científica del hombre es imparable y porque podemos contar con la UNAM, la Fundación UNAM y con los centros de investigación del país como el Cinvestav, para que en el futuro cercano más jóvenes nos puedan contar sus historias, pero un efecto inconmensurable de hacer ciencia desde México es precisamente esto, ayudar a más jóvenes a perseguir sus sueños. ¿Qué bien (o mal) le puede traer esto al país? Eso sólo el tiempo lo dirá.

Dado que el futuro siempre es más fácil en retrospectiva, hoy puedo decir, de forma figurativa por supuesto, que el ejemplo de mi padrino y la fortaleza de nuestras instituciones académicas fue lo que me permitió estudiar en el extranjero. Termino mi reflexión pensando que, aunque la vida quiso que fuera un ignorante, no me dio la gana.

¡Gracias UNAM por haber sido mi balsa de escape!

Jefe del Departamento de Farmacología, del CINVESTAV
Premio de la Academia Mexicana de Ciencias 2017

4 thoughts

  1. Wow!! René Gutiérrez, eres un ejemplo de vida para tantos jovenes Mexicanos!!! Gracias por tu compartir y tus ganas de luchar por lo que quieres dia a dia, no cabe duda que seguiras cosechando más exitos!!
    Y comparto contigo, haber estudiado en la UNAM, es la mayor dicha del mundo y nos llena de compromiso compartir nuestro conocimiento con la sociedad entera!!!
    Goya, Goya….Univerdidad!!!

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