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Fundación UNAM

Hugo Delgado Granados

El cariño por la UNAM nace, crece se alimenta y nunca desaparece

Nací en el seno de una familia de comerciantes. Junto con mis hermanos participé aportando a la economía familiar.
Cultivé la lectura, mi favorita, la novela, sobre todo si tenía que ver con viajes. Mi favorito fue Julio Verne, leí sus novelas con avidez, pero me gustaban también los relatos de expediciones a lugares remotos.

En la secundaria me imaginé ingresando a la UNAM, mis hermanos mayores ya habían ingresado, nuestros padres siempre nos impulsaron a estudiar. Esperé varios meses para ingresar a la Preparatoria 7,  pues en mi camino se atravesó la primera huelga larga que conocí de la UNAM.

A los 16 años comencé a excursionar con mis amigos de la prepa. Comencé con caminatas domingueras, con el tiempo me aficioné más al montañismo y comencé a escalar paredes de roca y a subir montañas nevadas con quienes me instruyeron en el uso del piolet y crampones para poder llegar a las cumbres de nuestras montañas más altas.

Todavía estaba en la prepa cuando subí por primera vez a la cumbre del Popocatépetl. Por azares del destino subí solo a la cumbre de ese gran volcán. Cuando me vi en la cumbre, llegué a un mundo desconocido, distinto, era diferente a todo lo conocido. Ante mí se abría ese espacio inmenso que era el cráter. Al asomarme, la imagen era embelesadora. Una gran oquedad de 400 metros de profundidad desde el Labio Superior y de 700 metros de diámetro promedio. Al fondo se veía un pequeño lago color turquesa y pequeñas volutas de vapor de agua se elevaban desde zonas amarillentas alrededor del lago. Esos vapores llegaban a la orilla del cráter con el olor inconfundible del azufre, que picaba en la nariz e irritaba los ojos. Mi enamoramiento por la montaña se selló, con los colores y olores volcánicos.

Así fue como decidí estudiar una carrera que me alejara de los sitios cerrados y permitiera la libertad de los espacios abiertos, con el aire prístino de las montañas, la inmensidad de los mares y la soledad de los desiertos.

La UNAM me brindó la oportunidad para cubrir mis sueños de montañista, de aventura y ciencia: debía estudiar Ciencias de la Tierra. Opté por las opciones que me ofreció la carrera de Ingeniero Geólogo. Ingresé a la Facultad de Ingeniería y cada materia que cursaba me resultaba fascinante. En la carrera, mientras más leía y aprendía de minerales, fósiles, rocas, fracturas, fallas terrestres, sedimentación, metamorfismo, magmatismo y otros temas de las Ciencias de la Tierra, más me compenetraba en un mundo de aventura que jamás había soñado. Una aventura intelectual que solamente la UNAM podría haberme ofrecido.

Y así, aprendiendo los fundamentos de la carrera, me topé con amigos que practicaban el montañismo como yo, me invitaron a unirme al Grupo de Montañismo de la UNAM y ahí encontré una de las facetas más generosas de nuestra Universidad. En el deporte universitario aprendí disciplina y la búsqueda de la excelencia que me valieron para formar parte del equipo representativo del deporte de alta montaña. Si mis padres me habían enseñado el tesoro del trabajo y el esfuerzo, el deporte me enseñó la disciplina y la satisfacción de alcanzar las metas trazadas.
El deporte me enseñó que, para alcanzar las metas, con buena preparación y planeación, se puede lograr cualquier cumbre.

Mi paso por el Grupo de Montañismo es un tesoro que jamás olvidaré. Participé en la primera expedición mexicana al Himalaya y en la segunda también. Recorrer Nepal para llegar al monte Kangchenjunga y luego Paquistán, para estar en el K2, eran el sueño inalcanzable de mis lecturas de viajes de aventuras. Gracias a la UNAM pude estar ahí, aprendiendo glaciología y geología.

Luego de incursionar en el Himalaya, en las Rocallosas y en los Andes, después de haber sido ayudante de instructor, instructor y entrenador en la Dirección General de Actividades Deportivas, terminé mi carrera.

Después de trabajar como ingeniero geólogo un par de años, volví a la academia. A los 25 años comencé a dar clases de Geología Física en la Facultad de Ingeniería y en 1983 ingresé al Instituto de Geografía como técnico académico con el Dr. José Lugo Hubp, quien, como yo, había sido montañista y debido a mi experiencia caminando sobre glaciares y escalando montañas me impulsó a iniciar estudios de glaciología. Así que inicié una línea de investigación en la que había todo por hacer.

En 1984 ingresé al Instituto de Geofísica, donde, además de realizar estudios de Paleomagnetismo y Vulcanología, continué trabajando el tema de los glaciares.

Pero la vida tiene sus sorpresas y oportunidades, después de estudios de posgrado en la Facultad de Ciencias de la UNAM, se presentó la oportunidad de estudiar maestría y doctorado con el apoyo de una beca del gobierno japonés.
En la maestría me enfoqué al estudio de secuencias volcano-estratigráficas del noreste del Japón y en el doctorado a estudiar las relaciones volcano-tectónicas que se producen en procesos de apertura continental.

En 1991 regresé como investigador a mi entrañable Instituto de Geofísica, para construir una carrera científica, cultivando mis mayores sueños académicos: la investigación en Vulcanología y Glaciología. En 1990, un amigo poblano me trajo a Japón una fotografía del Popocatépetl y noté que la actividad fumarólica del volcán había aumentado. A principios de 1993 subí a su cumbre para notar que, efectivamente, había un aumento notorio en la actividad fumarólica. Junto con mi colega, el Dr. Claus Siebe, abordé el estudio del volcán desde diferentes facetas.
Adopté en 1994 el estudio remoto de los gases volcánicos, usando la espectroscopía de correlación.

Tocó en suerte descubrir que, en 1994, el Popocatépetl era el mayor emisor de dióxido de azufre del mundo, algo que atrajo la atención de vulcanólogos de todas partes. Desde entonces, el Popocatépetl se convirtió en un laboratorio natural para probar todo tipo de técnicas remotas de estudio de gases y otros procesos, como la deformación.

Al retomar los estudios de volcano-estratigrafía pude contribuir a la elaboración de los mapas de peligros del volcán Popocatépetl, que permitieron a las autoridades de Protección Civil establecer protocolos de evacuación en caso de un incremento de la actividad eruptiva. Asimismo, los estudios remotos de gases, junto con otras fuentes de información científica y en el seno de un Comité Científico Asesor, permiten dar seguimiento a la actividad volcánica.

Al retomar los estudios glaciológicos en 1995 se pudo tener una idea de los posibles efectos de su fusión y la formación de flujos potencialmente peligrosos para las poblaciones cercanas. Con el tiempo, estos estudios, extendidos a las otras montañas nevadas, han permitido evaluar riesgos potenciales y a la vez han arrojado información acerca de la desaparición de los glaciares mexicanos, como consecuencia del cambio climático.

Es así como unos sueños de aventura se convirtieron en realidades científicas que continúan y que se transmiten a las nuevas generaciones en beneficio de un país cuya realidad geológica lo requiere. Hoy en día, con el honor de ser el director del Instituto de Geofísica, procuro devolver a la UNAM algo de lo que generosamente me regaló, a través del trabajo y compromiso institucional.

La UNAM me ayudo en todo momento a alimentar mis sueños, a consolidarlos y me ha permitido a través de la realización de ellos, ayudarla a cumplir su compromiso con la sociedad. Ciencia y deporte son una combinación poderosa y agradezco a la UNAM la oportunidad de soñar, pero sobre todo, de abrazar sus principios fundamentales de desarrollo de conocimiento y su diseminación en la sociedad. Objetivos en los que coincidimos completamente con la Fundación UNAM.

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