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Fundación UNAM

Los murales de la facultad de derecho

La UNAM además de formar a sus estudiantes de acuerdo con la carrera que elijan, tiene el compromiso social de convertir a sus alumnos en ciudadanos al dotarlos de una cultura amplia en artes, literatura y cultura en general. Esta cultura será el complemento de la capacidad técnica del ejercicio profesional.

La Ley Orgánica de la Universidad Nacional establece tres obligaciones:

  1. Transmitir el conocimiento mediante la enseñanza
  2. Crear nuevo conocimiento por medio de la investigación
  3. Acercar los beneficios de la cultura a las más amplias capas de la población que sea posible

Una cuarta misión que no está establecida en la ley pero que desde su creación y particularmente en los últimos tiempos es fundamental es ser conciencia crítica de la nación y cumplir con ese único compromiso.

Desde la concepción misma de Ciudad Universitaria se asumió la decisión de continuar con la labor realizada en los recintos históricos del antiguo barrio universitario de plasmar la historia de México y de forma crítica los problemas sociales del país, misión hecha por muralistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco, Roberto Montenegro, David Alfaro Siqueiro, entre otros.

En el nuevo espacio edificado única y exclusivamente para la educación superior; esta intención se trasladó del interior de los edificios al exterior de ellos y los nuevos recintos llenaron sus muros exteriores con pinturas que han sido y son orgullo de México y admiración del mundo. Muchas dependencias en su interior contaron con obras de pintores mexicanos, los más impactantes fueron: el Estadio Olímpico, la Biblioteca Central, las facultades de Medicina y de Ciencias.

Entre los años 2000 y 2008 la Facultad de Derecho se planteó la necesidad de acercar la vida cultural a los alumnos y enriquecer el acervo artístico de la dependencia, que para ese momento sólo contaba con un mural, instalado en la década de 1990 en el entonces nuevo edificio de la biblioteca y debido al pincel de Sofía Bassi. Dentro de la política cultural se puso especial interés en continuar con la tradición de reconocer los méritos de los profesores de la propia Facultad con dos preseas altamente valoradas por los docentes la Prima de Leyes Instituta, para docentes, y la Lex, para aquellos que publicaran libros jurídicos y, al mismo tiempo, establecer premios para los alumnos que participaban en los concursos nacionales o internacionales y que por su esfuerzo obtenían los primeros lugares; además de establecer una distinción denominada Isidro Fabela, para aquellos extranjeros que hubieran hecho una labor importante en favor del derecho y la justicia, y así fueron recibidos en la Facultad personajes como José Saramago, Friedrich Katz, Baltasar Garzón o Ernesto Cardenal.

En materia artística se hizo una labor intensa para poder instalar en los muros de los salones de la Facultad obras de pintores mexicanos.

El primero de los murales fue el de Sofía Bassi, el cual fue ubicado en el edificio de la flamante Biblioteca Antonio Caso. Es un mural surrealista, como toda la obra de esa autora, que se llama “Sabiduría es paz”, en el que se plasma la idea que se puede llegar a la paz por medio del conocimiento; en ella destaca la frase de Benito Juárez “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

Tal vez la obra más importante por tamaño y por la vida azarosa que tuvo es el mural pintado por Pablo O´Higgins para los Talleres Gráficos de la Nación en el edificio que estaba en la Plaza de la Ciudadela. Fue pintado en 1937 y una vez que los talleres salieron de ese espacio la pintura fue desprendida de los muros llevada al taller de restauración del Instituto Nacional de Bellas Artes, donde permaneció prácticamente olvidado por casi 50 años hasta que el Gobierno organizó una exposición itinerante de arte mexicano en la que se incluyó un fragmento de la obra. Una vez terminada la muestra, regresó a las bodegas de Bellas Artes y volvió a dormir en paz y olvido. En 1985 se produjo un terremoto en la Ciudad de México que afectó muchísimos edificios, entre otros el Archivo General de Notarías que corría riesgo serio de derrumbarse. Hubo que adaptar rápidamente nuevas instalaciones dónde ubicar el que quizá es el archivo más importante de América. En el nuevo edificio adaptado para este fin había un amplio vestíbulo en el que se pensó que podía colocarse la obra de O’Higgins. Se llegó a un acuerdo entre el Gobierno del Distrito Federal y el Instituto Nacional de Bellas Artes, este último restauraría los murales con cargo al Gobierno de la Ciudad de México y a cambio se firmaría un contrato de comodato por 99 años. Los murales quedaron instalados, pero como pasa muchas veces al cambio de sexenio las nuevas autoridades pensaron en deshacerse de ellos y fueron regresadas a las bodegas de Bellas Artes. En 2004 se logró un nuevo acuerdo esta vez entre Bellas Artes y la Universidad Nacional Autónoma de México para que por 99 años el mural pasara a las instalaciones de la Facultad de Derecho y fueran colocados en el edificio de posgrado.

O´Higgins, a pesar de ser fundamentalmente un pintor de caballete, tiene tres o cuatro murales verdaderamente extraordinarios: uno fuera de la Ciudad de México, otro en el mercado Abelardo L. Rodríguez y este de la Facultad de Derecho. La mayor parte del mural está instalado en el auditorio para honrar la memoria del extraordinario profesor que fue Antonio Martínez Báez lleva su nombre. Cuando se entra al recinto se tiene la impresión de ingresar o una capilla medieval rodeado de santos y ángeles laicos que protegen al trabajo y a los obreros.

El mural se puede analizar desde varios puntos de vista, dos fundamentales. Uno de ellos es el mensaje político e ideológico. Representa la defensa de los derechos obreros y hay una crítica a los líderes corruptos, en particular a Luis N. Morones, líder protegido por el general Plutarco Elías Calles, que pretendió anular el derecho de huelga y fue expulsado por Lázaro Cárdenas junto con el expresidente cuando se dio el rompimiento entre ambos; en el mural aparece su figura.

El otro análisis, es respecto a su calidad técnica y artística, que hace gala de sus mayores y mejores capacidades estéticas dejando una obra emblemática a la entrada del edificio. Quizás es el fragmento mayor, el cual estaba colocado en el piso de la escalera y servía de plafón al vestíbulo, así como dos pequeñas porciones que representan el interés de los capitalistas por el dinero y la carabina revolucionaria de defensa de los obreros ambos en el mundo en el Auditorio Eduardo García Máynez.

 

Fuente: Gaceta UNAM 

 

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