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Fundación UNAM

Recordando a los que ya se fueron

Hablar de la muerte no es cosa fácil. En algunas regiones del mundo es un asunto de absoluto respeto. Para otras, razón de temor y hasta tabú.

A pesar de ello, hay culturas que la miran de una manera diferente. En Colombia, por ejemplo, existe una tribu llamada Wayuu, quienes entierran a sus muertos dos veces. Mientras que en Indonesia, la tribu Toraja despide con ceremonias suntuosas a sus difuntos. Sin embargo, pocos países poseen una visión tan espiritual sobre la muerte como la que se tiene en México.

Reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por su sigla en inglés) como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, el Día de Muertos, posee un sincretismo muy particular.

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Su origen combina los rituales indígenas y las tradiciones católicas traídas al continente Americano por los españoles.

La celebración ocurre durante los días 1 y 2 de noviembre, tiempo en el que la creencia popular señala que las almas de los difuntos regresan al mundo terrenal para visitar y convivir con sus familias.

Para recibirlos, sus seres queridos preparan ofrendas con las bebidas y alimentos que más les gustaban en vida. Incluso, para las ánimas de los niños, colocan dulces y juguetes.

Si bien, es una tradición que se lleva a cabo en todo el país, existen sitios donde su práctica se ha vuelto emblemática. Por ejemplo, la región lacustre del estado de Michoacán, en especial en la Isla de Janitzio, recibe a miles de visitantes cada año, quienes admiran la paciente espera de los pobladores al pie de los altares repletos de flores.

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Otro sitio representativo, es San Andrés Mixquic, poblado ubicado al sur del Distrito Federal, donde el cementerio se llena de luz y música en honor a los que ya han partido.

Por un par de días, la muerte rompe su cotidianidad para ser representada por una elegante Catrina; así como por el pan y las calaveritas de azúcar que adornan los altares.

Rodeada de una combinación de solemnidad e ironía, para los mexicanos el culto a los muertos, lejos de significar ausencia, busca ser una extensión de la vida misma.

Tal como lo escribiera Jorge Luis Borges, “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”.

Autor: Fundación UNAM

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